viernes, 10 de agosto de 2012

Séptimo y último capítulo de Días Contados

Miércoles.

    La oscuridad se cernía sobre la ciudad mientras Paula ascendía por las precarias escaleras escavadas en la tierra. Salpicando el lugar podían verse los asalmonados haces de luz que derramaban las pocas farolas del Parque Forestal de La Bastida, pero aquella iluminación artificial no era, ni en sueños, suficiente.
    Lucas la condujo hasta la parte de arriba, junto a la carretera, sin quitarle los ojos de encima. Caminaba tras ella, con la mirada fija en su espalda pero sin dejar de vigilar también su propia retaguardia.
    Paula permaneció en silencio durante todo el trayecto: pensando y repitiéndose las premisas que Carlos le había dado por teléfono aquel mismo día: «conserva la calma, actúa como si continuaras confiando en él. Es imprescindible que no sospeche o nos encontraremos en graves problemas. No te preocupes, no hará nada hasta que no esté completamente seguro de que estoy presente, pero si lo haces bien, todo terminará antes de que te des cuenta». Pero aún con aquellas palabras resonando en su mente, le fue imposible reprimirse a la hora de echar un vistazo allá donde oía un mínimo ruido, buscando evidencias de la presencia de su salvador. «Estaremos preparados», le había prometido. Pero a aquellas alturas comenzaba a dudar a quién se refería: si a un grupo de operaciones o únicamente a ellos dos.
    Se apoyó en un lateral de las mesas de madera del merendero, calculando que quizá pudiera servirle de parapeto, metiéndose debajo en caso de problemas, y se cruzó de brazos, arrebujándose en su abrigo, buscando el calor que la ayudara a templar los nervios, sin conseguirlo. «¡Qué tontería!», se dijo, como si un resfriado fuera lo peor que pudiera pasarle.
    —No te preocupes —dijo Lucas sacándola de su ensimismamiento—, vendrá.
    Prefirió no decir nada para evitar que pudiera encontrar algo en su voz que la delatara y se limitó a asentir antes de volver a hundir la cabeza, sumiendo su rostro en la sombra. ¿Por qué demonios se había prestado a aquello? Simplemente podría haber denunciado lo sucedido, solicitando protección policial.
     Los faros de un vehículo que circulaba a gran velocidad, abrieron una brecha en la noche e iniciaron un incesante retumbar en su pecho. Sin embargo, pasó de largo, antes de que llegara al infarto. No podía saber, de ninguna forma, cómo terminaría todo pero tampoco imaginar cómo empezaría. Supuso que Carlos había preferido no decirle nada que pusiera en peligro la operación, pero la espera y la ignorancia le suponían también un letal tormento.
     Pasada una buena media hora sin que ocurriera ningún contratiempo, Lucas decidió cambiar de posición y se lo hizo saber sin necesidad de mediar palabra, limitándose a hacerle un gesto con la cabeza para que se pusiera en movimiento. Arrastrando los pasos, cruzaron la carretera y pronto estuvieron caminando por un lugar aún más oscuro que el primero, adentrándose en el camino que terminaba en el monasterio de San Jerónimo de la Murtra. ¿Sería allí donde había decidido terminar con ella? Desde luego sería mucho más sencillo esconder su cadáver.
     Recorrido el primer tramo, llegaron a una zona desbrozada de matorrales, apenas salpicada por un puñado de pinos, cuando un sonido, que jamás había oído en la vida real pero que reconoció al instante por las películas de acción, se abrió paso a través del silencio nocturno.
    —Deja el arma en el suelo y retírate —oyó la voz de Carlos.
     Su corazón volvió a adquirir protagonismo tanto en su pecho como en sus oídos.
    —Eres un estúpido, chico —respondió Lucas—, no tienes ninguna posibilidad. Te tengo encañonado desde hace un buen rato, mucho antes de que amartillaras tu pistola.
     Paula se giró entonces para verificar las palabras de Lucas y asintió hacia Carlos. Tras su larga gabardina y bajo su brazo, Lucas sostenía algo alargado y metálico. Sólo entonces el joven policía la miró brevemente antes de hablarle.
     —Ocúltate tras ese árbol.
     —Sí, Paula, hazlo —respondió Lucas—. No quiero que salgas herida y este cabrón tampoco quiere que una bala perdida estropee lo que tiene pensado hacer contigo. Pero no lo hagas ahí, donde puede encontrarte, aprovecha la oscuridad y refúgiate en algún sito más alejado.
     Aunque en un primer momento creyó que no podría moverse, porque sus músculos se resistirían a cumplir con la orden, logró salir de su parálisis y correr con torpeza hasta el lugar indicado por Carlos. Momento que aprovechó Lucas para girarse lentamente hasta mirar de frente a su adversario.
     —Deja ya de representar el papel de salvador. Paula ya sabe la verdad —dijo Carlos sin dejar de apuntarlo.
     —No, Paula sabe lo que a ti te interesa que ella crea. ¡Pero te ha engañado! —gritó hacia ella—. Imaginé que intentarías algo así, pero me ha sido imposible evitarlo. Además era la única manera de traerte hasta mí, la única manera de proteger a Paula. ¡Todo lo que te ha contado es mentira! ¡Él es el asesino!
    —¡Miente! ¡No le creas!
    —¡Piénsalo, Paula! ¿Cómo os conocisteis? Él fue quién lo orquestó todo para que aquella noche tu camino coincidiera con el suyo. Lo había calculado todo desde el principio, pactándolo de antemano con el asaltante, por eso logró escapar, lo tenía todo previsto.
    —Otra mentira, Paula. Sabes que no estaba solo y no fue a mí a quién se le escapó ese tipo, sino a mi compañero.
    —Alguien a quien compró, sin duda —rebatió—. Después estuvo siguiéndote, igual que yo. Se las ingenió para hablar contigo en ese local al que acudiste con tus amigas. Fue tras de ti cuando te marchaste, pero únicamente te alcanzó cuando te encontrabas lejos de los ojos de quienes te quieren y podrían dar una descripción en caso de que te ocurriera algo.
    —Ya te expliqué la verdad de lo que pasó, Paula. No le creas.
    —Intenté alertarte de que te seguía cuando corrías en el paseo del río. Organicé a algunos de mis hombres para que te obligaran a girarte y le vieras. ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas los empujones?
Sí, lo recordaba y si era sincera consigo misma, Carlos había dado respuestas a mucho de lo sucedido pero no a aquel episodio en concreto.
    —¿Crees que si yo fuera el asesino habría descubierto mi plan a otros? —añadió Lucas.
    —Sabes que tiene conocidos entre las fuerzas de seguridad.
    —¿Conocidos? Pertenezco a la DAI, el departamento de asuntos internos de los Mossos d’Escuadra. Llevamos tiempo tras Carlos, pero no podíamos hacer nada contra él hasta tener pruebas. Quizá mi error ha sido no decírtelo, pero no podía dejar que pusieras en riesgo esta operación, sin embargo he hecho todo cuanto ha estado en mi mano para protegerte. Jamás has estado sola del todo.
    —Miente, Paula. Está usando la historia real pero no es él el poli bueno y lo sabes.
    No sabía qué pensar. Por un lado Carlos le había explicado una realidad muy parecida pero era cierto que había alguna brecha como la mencionada por Lucas. Por otra parte si aquella operación era tan secreta, también era loable que Lucas no hablara acerca de ella. ¿A quién creer? Muchas veces en su vida se había encontrado en una disyuntiva similar pero nunca en la que se jugase la propia vida.
    —Vamos Paula —volvió a oír a Lucas—, si te equivocas, también Encarna estará en peligro.
    ¡Lo sabía! Lucas sabía que Carlos había involucrado a su amiga en todo aquello y sin embargo había acudido a su puerta aquella mañana.
    —Dijiste que tendrías que cambiar tus planes cuando…
    —Sí, en caso contrario Encarna hubiera muerto antes que tú —respondió Lucas sin dejar de apuntar a Carlos en ningún momento—. Si yo fuera quién crees que soy, ¿habría ido hoy a buscarte siendo consciente de meterme en una encerrona?
    —¿Cómo puedo saber que dices la verdad? ¿Cómo sé que no le has hecho nada ya?
Lucas sacó entonces un teléfono móvil del bolsillo de su gabardina y se lo lanzó a la mujer.
    —¡Llámala!
    Pero ese pequeño desliz sirvió a Carlos para apretar el gatillo, acertando a Lucas en el hombro del brazo con el que sostenía su arma. La fuerza del impacto hizo que el hombre se tambaleara hacia atrás quedando a varios metros de donde había caído la pistola. Carlos se acercó hasta él, sin dejar de encañonarlo.
     —¡Vamos, Paula, ya puedes salir! ¡Estás a salvo!
     —¡No! ¡No lo hagas! ¡Márchate! ¡Vete! ¡Encontrarás a los míos rodeando el perímetro! —gritó Lucas.
     Apretó el teléfono de Lucas entre los dedos, decidiendo si debía llamar a Encarna para verificar la historia, sintiéndose completamente estúpida a merced de circunstancias que le era imposible controlar.
     —¡Es mentira, Paula! ¡Continúa mintiendo porque cree que aún tiene alguna posibilidad!
    —Ése es su juego, Paula. Le gusta jugar con sus víctimas, hacerles creer que pueden confiar en él. ¡Mírame por el amor de Dios! ¡Estoy desarmado! ¿Por qué habría de pedirte que huyas?
    —¡Cállate, maldito hijo de puta! —espetó Carlos golpeándolo con la pistola en la sien.
    Sus dedos volaron sobre el teclado del móvil marcando el 088 justo cuando la siguiente detonación rasgó el silencio en la oscuridad. Las astillas del tronco tras al que se ocultaba saltaron muy cerca de ella. Se le congeló el aliento en la garganta mientras oía la voz de la policía al otro lado del teléfono.
    —¡Ayúdenme…! ¡Por favor…! —balbució a la carrera.
     Un nuevo disparo resonó en la noche y le siguió el sonido sordo de un cuerpo al caer. Las fuertes manos de un hombre la sujetaron por los brazos desde atrás y gritó aterrorizada, creyendo que sería lo último que saliera de su garganta antes de morir.
     —Tranquila, señorita. Ya terminó todo.


     —Acompáñeme.
     Siguió al policía por el pasillo hasta que se detuvo junto a una de las puertas. Éste se hizo a un lado a la vez que giraba el pomo para dejarla entrar. Al otro lado del escritorio encontró algo parecido al eco de una sonrisa. Miró los ojos del hombre y sólo leyó comprensión en ellos.
      —Siéntese, por favor —dijo él—. Celebro ver que se encuentra bien —añadió mientras acompañaba sus movimientos con la mirada y dejaba sobre la mesa los documentos que había sostenido entre las manos.
      No le fue difícil ver su nombre impreso bajo en el visor de la carpeta.
     —Aún tengo pesadillas.
     —Es normal, está todo muy reciente. Pero si se deja aconsejar desaparecerán muy pronto.
     —Después de lo ocurrido es difícil confiar en alguien. Ni siquiera me fío de mi misma.
     El hombre asintió mientras movía ligeramente el flexo y la luz incidió en el pequeño letrerito que descansaba sobre la superficie donde rezaba su nombre y el cargo de responsable del equipo de psicólogos que daban apoyo a las víctimas.
     —¿Cómo está él?
     —Recuperándose.
     —¿Podría ir a verle?
     —Es mejor que no lo haga. Al menos no de momento.
     —Creo que debería pedirle perdón —confesó Paula.
     —No debe sentirse responsable por lo ocurrido. No fue culpa suya.
     —Creí todo cuanto ese asesino me dijo. Sus ojos… Sus expresiones…
     —Era un buen actor, como la mayoría de los psicópatas.
     —No confié en él.
     —Contaba con ello. Quienes forman parte de una operación como ésta saben lo que se juegan y calculan todas las variables posibles. Además, conocía a su rival, eso le permitió obligarlo a hacer un movimiento que no estaba en sus planes. Lo puso contra las cuerdas.
     —Salió herido.
     —Pero usted está sana y salva. Esa es su recompensa. La de todo el cuerpo de policía, en realidad. Ese tipo ya no podrá hacer daño a nadie más.
     —¿Podría hacerle llegar esto? —preguntó extrayendo un sobre de su bolso y tendiéndoselo—. Sólo son unas letras para… Ya sabe…
     —Claro —respondió, recogiéndolo con una media sonrisa—. Le alegrará saber que se encuentra bien.
     —Gracias.
     —Bien, creo que por hoy es suficiente pero espero verla por aquí la semana que viene para evaluar su mejora.
     —Por supuesto —dijo poniéndose en pie—. Gracias de nuevo.
    Regresó sobre sus pasos hasta la puerta, pero antes de salir no pudo menos que volver la vista hasta el pequeño sobre blanco que reposaba a un lado del escritorio y las negras letras que componían el nombre de su destinatario: Lucas.