domingo, 26 de mayo de 2013

Loarre, nuestra Escocia en el Alto Aragón

Llevo mucho sin actualizar el blog. La última entrada que escribí fue dura y quizá esperaba tener algo lo suficientemente feliz que contar como para contrarrestrarla. Tal acontecimiento tuvo lugar el pasado fin de semana, del 17 al 19 de mayo, cuando acudí con toda mi familia al Fin de Semana Romántico de Loarre.
Siempre que acudo a algún evento literario, disfruto no solo de lo inherente de los actos, también lo hago reencontrando a grandes amigos/as. Pero además si todo esto se hace en un marco como es el Alto Aragón, es aún más maravilloso.
¿Qué decir de Loarre que no hayan dicho ya algunas de mis compañeras de letras en sus entradas blogueras? Creo que poco se puede añadir a no ser que incluya mis propias sensaciones.

Ya disfruté durante el camino, contemplando el cambiante paisaje al pasar de tierras catalanas a las aragonesas. Alguna que otra construcción sobre lejanas lomas llamaron mi atención aún sin saber nada sobre ellas. Recuerdo además que, una vez dejada atrás la ciudad de Huesca, los tres ocupantes del vehículo, mi marido, mi hijo y yo misma, comenzamos la incansable búsqueda del castillo del que tanto nos había hablado la organizadora del evento: María del Mar Giménez Cuello, primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Loarre y magnífica anfitriona. No obstante, no fue hasta que estuvimos convenientemente alojados en una preciosa y enorme casa rural, que pude gozar de su visión. Sólo puedo decir que verlo desde el pueblo, alzarse imponente e imperecedero sobre la piedra en la que termina la montaña, es sobrecogedor.


Con el avance de la tarde fueron llegando más invitados y asistentes al evento. Las risas, abrazos y besos llenaron de gozo nuestros corazones ávidos de darlos y recibirlos. A todos esto le sucedió la primera de las citas literarias que tuvo lugar en la luminosa sala de actos de la Casa Consistorial donde, además las integrantes del jurado tuvimos el enorme placer de entregar a Miguel Liesa, alcalde, algunos de nuestros libros dedicados a la villa para que formaran parte de su biblioteca pública. Después de tal acto fuimos conducidos hasta Santa Engracia, pueblo muy cercano a Loarre, donde nos agasajaron con una suculenta cena a base de ensalada variada y un delicioso cordero asado en Horno Árabe.

El sábado llegó la cita que, creo no equivocarme, casi todos esperábamos: la visita al castillo. Llegamos al Centro de Visitantes algo más tarde de lo convenido pues ya se sabe que mover a un grupo numeroso siempre trae retrasos. Aún así, Lorena Lucía Laguna, nos recibió con los brazos abiertos y su preciosa sonrisa.

Aunque el día amaneció nublado y nos acompañó la lluvia en numerosas ocasiones, no mermó ni un ápice nuestras ganas de conocer más sobre su historia. Pedro, el guía, hizo un gran trabajo. Durante dos horas nos acompañó por todas las estancias de tan magnánima construcción, ofreciéndonos explicaciones interesantes sobre la vida medieval, su arquitectura, anécdotas, etc., todo aderezado con humor inteligente. Si la contemplación del castillo desde el pueblo me pareció increíble, la visita no lo fue menos. Jamás imaginé lo grandioso que podía ser por dentro ni la cantidad de emociones que podía evocar.

El acto literario de la tarde lo llevamos a cabo en el mismo Centro de Visitantes, después de una magnífica comida con entrantes variados y pollo al chilindrón que lograron que más de uno (y de una) se chupara los dedos. Decir que las presentaciones de libros fueron amenas es quedarse corto. Además de conocer las buenísimas novedades literarias de varias compañeras, tuvieron lugar varios debates interesantes con la participación de los asistentes.

La noche, durante la cena de gala en la Hospedería de Loarre, nos trajo el fallo del Primer Premio de Novela Corta “Castillo de Loarre”. Cena a la que asistieron también las tres finalistas. Se abrieron las plicas, se entregaron premios tanto a la ganadora como al resto de las participantes y los miembros del jurado fuimos obsequiados con una preciosa placa que reproducía el hermoso castillo.

El domingo por la mañana nos esperaba una nueva excursión: la visita a los Mayos de Riglos, el castillo de Marcuello y la ermita de San Miguel. Si nunca habéis contemplado la planicie aragonesa desde el pre-pirineo, concretamente desde el mirador de las águilas, jamás os podréis hacer una idea de lo turbador que es darse cuenta de que no somos nada frente a la caprichosa belleza de la naturaleza. Allí, a vista de pájaro, no puedes menos que sentirte insignificante y caer en el completo asombro ante el portentoso paisaje que se abre frente a ti.

Creo que hablar sobre la despedida desmerecería en gran medida la intención de esta entrada, que no es otra que animaros a que acudáis el próximo año al Fin de Semana Romántico de Loarre. No os defraudará de ninguna de las maneras. Es imposible, pues el cariño de sus habitantes, la dedicación de los organizadores y la perfección absoluta de su entorno conseguirá deleitar vuestros sentidos y que olvidéis por completo la cruda realidad cotidiana.

sábado, 6 de octubre de 2012

In memoriam

La soledad es dura.
Si además se trata de amenizar con una infusión caliente para templar el frío otoñal, adquiere la cualidad de triste. La combinación resulta evocadora de momentos junto al fuego del hogar que solo sirven para torturar la mente y tornar la situación más insoportable si cabe. Atrás han quedado los días de sol y tirantes, jornadas en las que añoraba temperaturas bajas e incluso la lluvia.
Se percibe el invierno acercándose y, con él, la conclusión de un año más. Uno en el que he vivido peleando entre necesidades económicas, complicadas situaciones de salud en familiares y la muerte de uno muy querido: tú.
Hasta hoy, un mes y medio después, no he encontrado el valor para escribir sobre ello. No sé si ese hecho me ha ayudado o, por el contrario, ha empeorado el dolor y la pena. Para alguien que encuentra en las letras la manera de exorcizar los malos sentimientos y los miedos, así como las alegrías y las tristezas, no deja de ser raro. Pero así es como me he sentido en este caso: extraña.
Te he llorado sí, sobre todo después de enojarme al saber el camino que recorriste hasta llegar a tu final, por las veces que se te advirtió, por tu aislamiento y por mi falta de contacto. Ahora puedo confesártelo aunque no sin sentir el aguijón de la culpabilidad.
Es absurdo sentirla, pero también es irremediable. Tengo presente que, con toda probabilidad, no habría resuelto nada, pero la duda de si habría significado cierto cambio no se deja vencer. Me repito que jamás escuchaste a nadie. Rectifico: sí, lo hacías, pero no calaba en tu entendimiento. Los vícios, costumbres y esa tendencia tuya a vivir en el pasado te ensordecían.
Hace años hubiese repetido a quien preguntara que eras el ser más especial que conocía. Y lo fuiste. A día de hoy lo sigues siendo en mis recuerdos, aunque la parte racional y adulta de mi mente me dice que en realidad eras egoista y cobarde. Egoista por guardar tus verdaderos sentimientos bajo la llave de un hermetismo absoluto. Cobarde por disfrazarlos de despreocupación para no enfrentarlos. Te comportabas y definias como alguien totalmente independiente, que podías y querías arreglarlo todo por ti mismo. Sin embargo no cesabas en tus intentos por encontrar a alguien que lo hiciera contigo.
Fíjate que digo "hiciera" y no "compartiera". Ese fue tu error.
Te oí tantas veces hablar sobre planes futuros y, en cambio, jamás diste el paso definitivo para llevarlos a cabo. Te faltaron agallas para abandonar las herramientas que te servían para no dejar el pasado, para aferrarte a unos años de ocio, bailes, alcohol y desidia que no cuadraban de ninguna forma con tu presente. Sin duda eso fue lo que te impidió crecer.
Es más fácil cubrirse los ojos frente a la crudeza del enfado sincero, pero cariñoso, de alguien que te quiere. Las verdades acerca de uno mismo siempre son difíciles de asimilar.
En cualquier caso ahora somos los que te añoramos quienes debemos afrontar la realidad sin ti. Quienes tenemos que tragar el amargo nudo que se forma en la garganta cada vez que te recordamos.
Y son tantas cosas las que te convocan en el pensamiento y el corazón... Tantas las risas, tantas las travesuras, las confidencias, tantos los silencios...
No puedo acostumbrarme a tu ausencia. Una canción, un color, una poesía y muchos otros detalles de la vida cotidiana te traen hasta mi para torturarme con la idea de que ya no estás. No habrán más manchas de tu café en el mantel, ni las colillas producto de largas charlas, no habrán más cercos de vasos llenos de ginebra con coca-cola, ni la vibración de los altavoces a un volumen alocado. No escucharé tu risa divertida y contagiosa, ni compartiremos la hilaridad iniciada por un chiste que únicamente nosotros entendíamos. No habrán más lágrimas afloradas por alguna película de alquiler.
Solo las mías al echarte de menos...
Descansa en paz.

viernes, 10 de agosto de 2012

Séptimo y último capítulo de Días Contados

Miércoles.

    La oscuridad se cernía sobre la ciudad mientras Paula ascendía por las precarias escaleras escavadas en la tierra. Salpicando el lugar podían verse los asalmonados haces de luz que derramaban las pocas farolas del Parque Forestal de La Bastida, pero aquella iluminación artificial no era, ni en sueños, suficiente.
    Lucas la condujo hasta la parte de arriba, junto a la carretera, sin quitarle los ojos de encima. Caminaba tras ella, con la mirada fija en su espalda pero sin dejar de vigilar también su propia retaguardia.
    Paula permaneció en silencio durante todo el trayecto: pensando y repitiéndose las premisas que Carlos le había dado por teléfono aquel mismo día: «conserva la calma, actúa como si continuaras confiando en él. Es imprescindible que no sospeche o nos encontraremos en graves problemas. No te preocupes, no hará nada hasta que no esté completamente seguro de que estoy presente, pero si lo haces bien, todo terminará antes de que te des cuenta». Pero aún con aquellas palabras resonando en su mente, le fue imposible reprimirse a la hora de echar un vistazo allá donde oía un mínimo ruido, buscando evidencias de la presencia de su salvador. «Estaremos preparados», le había prometido. Pero a aquellas alturas comenzaba a dudar a quién se refería: si a un grupo de operaciones o únicamente a ellos dos.
    Se apoyó en un lateral de las mesas de madera del merendero, calculando que quizá pudiera servirle de parapeto, metiéndose debajo en caso de problemas, y se cruzó de brazos, arrebujándose en su abrigo, buscando el calor que la ayudara a templar los nervios, sin conseguirlo. «¡Qué tontería!», se dijo, como si un resfriado fuera lo peor que pudiera pasarle.
    —No te preocupes —dijo Lucas sacándola de su ensimismamiento—, vendrá.
    Prefirió no decir nada para evitar que pudiera encontrar algo en su voz que la delatara y se limitó a asentir antes de volver a hundir la cabeza, sumiendo su rostro en la sombra. ¿Por qué demonios se había prestado a aquello? Simplemente podría haber denunciado lo sucedido, solicitando protección policial.
     Los faros de un vehículo que circulaba a gran velocidad, abrieron una brecha en la noche e iniciaron un incesante retumbar en su pecho. Sin embargo, pasó de largo, antes de que llegara al infarto. No podía saber, de ninguna forma, cómo terminaría todo pero tampoco imaginar cómo empezaría. Supuso que Carlos había preferido no decirle nada que pusiera en peligro la operación, pero la espera y la ignorancia le suponían también un letal tormento.
     Pasada una buena media hora sin que ocurriera ningún contratiempo, Lucas decidió cambiar de posición y se lo hizo saber sin necesidad de mediar palabra, limitándose a hacerle un gesto con la cabeza para que se pusiera en movimiento. Arrastrando los pasos, cruzaron la carretera y pronto estuvieron caminando por un lugar aún más oscuro que el primero, adentrándose en el camino que terminaba en el monasterio de San Jerónimo de la Murtra. ¿Sería allí donde había decidido terminar con ella? Desde luego sería mucho más sencillo esconder su cadáver.
     Recorrido el primer tramo, llegaron a una zona desbrozada de matorrales, apenas salpicada por un puñado de pinos, cuando un sonido, que jamás había oído en la vida real pero que reconoció al instante por las películas de acción, se abrió paso a través del silencio nocturno.
    —Deja el arma en el suelo y retírate —oyó la voz de Carlos.
     Su corazón volvió a adquirir protagonismo tanto en su pecho como en sus oídos.
    —Eres un estúpido, chico —respondió Lucas—, no tienes ninguna posibilidad. Te tengo encañonado desde hace un buen rato, mucho antes de que amartillaras tu pistola.
     Paula se giró entonces para verificar las palabras de Lucas y asintió hacia Carlos. Tras su larga gabardina y bajo su brazo, Lucas sostenía algo alargado y metálico. Sólo entonces el joven policía la miró brevemente antes de hablarle.
     —Ocúltate tras ese árbol.
     —Sí, Paula, hazlo —respondió Lucas—. No quiero que salgas herida y este cabrón tampoco quiere que una bala perdida estropee lo que tiene pensado hacer contigo. Pero no lo hagas ahí, donde puede encontrarte, aprovecha la oscuridad y refúgiate en algún sito más alejado.
     Aunque en un primer momento creyó que no podría moverse, porque sus músculos se resistirían a cumplir con la orden, logró salir de su parálisis y correr con torpeza hasta el lugar indicado por Carlos. Momento que aprovechó Lucas para girarse lentamente hasta mirar de frente a su adversario.
     —Deja ya de representar el papel de salvador. Paula ya sabe la verdad —dijo Carlos sin dejar de apuntarlo.
     —No, Paula sabe lo que a ti te interesa que ella crea. ¡Pero te ha engañado! —gritó hacia ella—. Imaginé que intentarías algo así, pero me ha sido imposible evitarlo. Además era la única manera de traerte hasta mí, la única manera de proteger a Paula. ¡Todo lo que te ha contado es mentira! ¡Él es el asesino!
    —¡Miente! ¡No le creas!
    —¡Piénsalo, Paula! ¿Cómo os conocisteis? Él fue quién lo orquestó todo para que aquella noche tu camino coincidiera con el suyo. Lo había calculado todo desde el principio, pactándolo de antemano con el asaltante, por eso logró escapar, lo tenía todo previsto.
    —Otra mentira, Paula. Sabes que no estaba solo y no fue a mí a quién se le escapó ese tipo, sino a mi compañero.
    —Alguien a quien compró, sin duda —rebatió—. Después estuvo siguiéndote, igual que yo. Se las ingenió para hablar contigo en ese local al que acudiste con tus amigas. Fue tras de ti cuando te marchaste, pero únicamente te alcanzó cuando te encontrabas lejos de los ojos de quienes te quieren y podrían dar una descripción en caso de que te ocurriera algo.
    —Ya te expliqué la verdad de lo que pasó, Paula. No le creas.
    —Intenté alertarte de que te seguía cuando corrías en el paseo del río. Organicé a algunos de mis hombres para que te obligaran a girarte y le vieras. ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas los empujones?
Sí, lo recordaba y si era sincera consigo misma, Carlos había dado respuestas a mucho de lo sucedido pero no a aquel episodio en concreto.
    —¿Crees que si yo fuera el asesino habría descubierto mi plan a otros? —añadió Lucas.
    —Sabes que tiene conocidos entre las fuerzas de seguridad.
    —¿Conocidos? Pertenezco a la DAI, el departamento de asuntos internos de los Mossos d’Escuadra. Llevamos tiempo tras Carlos, pero no podíamos hacer nada contra él hasta tener pruebas. Quizá mi error ha sido no decírtelo, pero no podía dejar que pusieras en riesgo esta operación, sin embargo he hecho todo cuanto ha estado en mi mano para protegerte. Jamás has estado sola del todo.
    —Miente, Paula. Está usando la historia real pero no es él el poli bueno y lo sabes.
    No sabía qué pensar. Por un lado Carlos le había explicado una realidad muy parecida pero era cierto que había alguna brecha como la mencionada por Lucas. Por otra parte si aquella operación era tan secreta, también era loable que Lucas no hablara acerca de ella. ¿A quién creer? Muchas veces en su vida se había encontrado en una disyuntiva similar pero nunca en la que se jugase la propia vida.
    —Vamos Paula —volvió a oír a Lucas—, si te equivocas, también Encarna estará en peligro.
    ¡Lo sabía! Lucas sabía que Carlos había involucrado a su amiga en todo aquello y sin embargo había acudido a su puerta aquella mañana.
    —Dijiste que tendrías que cambiar tus planes cuando…
    —Sí, en caso contrario Encarna hubiera muerto antes que tú —respondió Lucas sin dejar de apuntar a Carlos en ningún momento—. Si yo fuera quién crees que soy, ¿habría ido hoy a buscarte siendo consciente de meterme en una encerrona?
    —¿Cómo puedo saber que dices la verdad? ¿Cómo sé que no le has hecho nada ya?
Lucas sacó entonces un teléfono móvil del bolsillo de su gabardina y se lo lanzó a la mujer.
    —¡Llámala!
    Pero ese pequeño desliz sirvió a Carlos para apretar el gatillo, acertando a Lucas en el hombro del brazo con el que sostenía su arma. La fuerza del impacto hizo que el hombre se tambaleara hacia atrás quedando a varios metros de donde había caído la pistola. Carlos se acercó hasta él, sin dejar de encañonarlo.
     —¡Vamos, Paula, ya puedes salir! ¡Estás a salvo!
     —¡No! ¡No lo hagas! ¡Márchate! ¡Vete! ¡Encontrarás a los míos rodeando el perímetro! —gritó Lucas.
     Apretó el teléfono de Lucas entre los dedos, decidiendo si debía llamar a Encarna para verificar la historia, sintiéndose completamente estúpida a merced de circunstancias que le era imposible controlar.
     —¡Es mentira, Paula! ¡Continúa mintiendo porque cree que aún tiene alguna posibilidad!
    —Ése es su juego, Paula. Le gusta jugar con sus víctimas, hacerles creer que pueden confiar en él. ¡Mírame por el amor de Dios! ¡Estoy desarmado! ¿Por qué habría de pedirte que huyas?
    —¡Cállate, maldito hijo de puta! —espetó Carlos golpeándolo con la pistola en la sien.
    Sus dedos volaron sobre el teclado del móvil marcando el 088 justo cuando la siguiente detonación rasgó el silencio en la oscuridad. Las astillas del tronco tras al que se ocultaba saltaron muy cerca de ella. Se le congeló el aliento en la garganta mientras oía la voz de la policía al otro lado del teléfono.
    —¡Ayúdenme…! ¡Por favor…! —balbució a la carrera.
     Un nuevo disparo resonó en la noche y le siguió el sonido sordo de un cuerpo al caer. Las fuertes manos de un hombre la sujetaron por los brazos desde atrás y gritó aterrorizada, creyendo que sería lo último que saliera de su garganta antes de morir.
     —Tranquila, señorita. Ya terminó todo.


     —Acompáñeme.
     Siguió al policía por el pasillo hasta que se detuvo junto a una de las puertas. Éste se hizo a un lado a la vez que giraba el pomo para dejarla entrar. Al otro lado del escritorio encontró algo parecido al eco de una sonrisa. Miró los ojos del hombre y sólo leyó comprensión en ellos.
      —Siéntese, por favor —dijo él—. Celebro ver que se encuentra bien —añadió mientras acompañaba sus movimientos con la mirada y dejaba sobre la mesa los documentos que había sostenido entre las manos.
      No le fue difícil ver su nombre impreso bajo en el visor de la carpeta.
     —Aún tengo pesadillas.
     —Es normal, está todo muy reciente. Pero si se deja aconsejar desaparecerán muy pronto.
     —Después de lo ocurrido es difícil confiar en alguien. Ni siquiera me fío de mi misma.
     El hombre asintió mientras movía ligeramente el flexo y la luz incidió en el pequeño letrerito que descansaba sobre la superficie donde rezaba su nombre y el cargo de responsable del equipo de psicólogos que daban apoyo a las víctimas.
     —¿Cómo está él?
     —Recuperándose.
     —¿Podría ir a verle?
     —Es mejor que no lo haga. Al menos no de momento.
     —Creo que debería pedirle perdón —confesó Paula.
     —No debe sentirse responsable por lo ocurrido. No fue culpa suya.
     —Creí todo cuanto ese asesino me dijo. Sus ojos… Sus expresiones…
     —Era un buen actor, como la mayoría de los psicópatas.
     —No confié en él.
     —Contaba con ello. Quienes forman parte de una operación como ésta saben lo que se juegan y calculan todas las variables posibles. Además, conocía a su rival, eso le permitió obligarlo a hacer un movimiento que no estaba en sus planes. Lo puso contra las cuerdas.
     —Salió herido.
     —Pero usted está sana y salva. Esa es su recompensa. La de todo el cuerpo de policía, en realidad. Ese tipo ya no podrá hacer daño a nadie más.
     —¿Podría hacerle llegar esto? —preguntó extrayendo un sobre de su bolso y tendiéndoselo—. Sólo son unas letras para… Ya sabe…
     —Claro —respondió, recogiéndolo con una media sonrisa—. Le alegrará saber que se encuentra bien.
     —Gracias.
     —Bien, creo que por hoy es suficiente pero espero verla por aquí la semana que viene para evaluar su mejora.
     —Por supuesto —dijo poniéndose en pie—. Gracias de nuevo.
    Regresó sobre sus pasos hasta la puerta, pero antes de salir no pudo menos que volver la vista hasta el pequeño sobre blanco que reposaba a un lado del escritorio y las negras letras que componían el nombre de su destinatario: Lucas.

sábado, 4 de agosto de 2012

Sexto capítulo de Días Contados

Sé que tenía que haberlo colgado ayer pero lo olvidé por completo. Entono el "mea culpa". Pero aquí está... El sexto y penúltimo capítulo del relato :D

Martes

    En otras circunstancias la advertencia de Lucas seguramente hubiese sido motivo de discusión y profunda indignación, sin embargo, después de lo acaecido en los últimos días, se tradujo en cierta tranquilidad. Saber que velaría por su seguridad incluso durante las horas que pasara fuera de casa consiguió que disfrutara de un completo y reparador descanso durante toda la noche.
    Tal como anunciara, lo encontró nada más abrir la puerta de casa, esperándola. No dijo palabra y se limitó a seguirla por las escaleras hasta llegar al exterior.
    —Espero que no hayas pasado ahí toda la noche —dijo, al notar cansancio en su rostro mientras caminaban.
    Lucas no respondió. Ni siquiera compuso gesto alguno del que pudiera extraer una respuesta.
    —Me sentiría mal si mi situación te estuviese privando del descanso —añadió pero su acompañante continuó en estoico silencio—. No eres muy hablador, ¿verdad? ¿A qué te dedicas? ¿Eres investigador privado o algo así? ¿O un poli de la secreta?
    Paula no pudo reprimir un ligero sobresalto cuando Lucas la miró de pronto con el ceño fruncido durante un breve instante, antes de volver la vista al frente y continuar andando. Quizá no le gustara responder preguntas, pensó, o acaso fuera posible que no pudiera hacerlo. ¿Quién sabía las órdenes que estuviese cumpliendo? En cualquier caso, si quería seguir en silencio, lo respetaría. Sentía que le debía al menos eso después de haber faltado a la petición de no hablar con nadie acerca de su intervención en el caso.
    La jornada laboral fue agotadora pero al menos recuperó el control de la situación. Pudo emplear los cinco sentidos en lo que estaba haciendo. Su jefe volvió a su acostumbrada actitud, ignorándola por completo. Algo que agradecer, sin duda. Trabajar con los ojos del jefe clavados en el cogote no era un buen augurio para su futuro laboral. Lo único que empañó brevemente la mañana fue la ausencia de Encarna. Al parecer su amiga había faltado al trabajo aquel día, alegando enfermedad. Mientras regresaba a casa, seguida por la silenciosa figura de Lucas, unos pasos por detrás, anotó que la llamaría nada más llegar.
    —¿Vas a continuar con la vigilancia? —preguntó a Lucas mientras buscaba sus llaves en el bolso.
    —Sólo hasta mañana. Te dije que tendría que cambiar de planes —respondió sin esconder la recriminación que merecía.
    Paula bajó los ojos avergonzada antes de entrar en casa. Cerró la puerta aún con la sensación de haberle faltado gravemente y apoyó la frente en la superficie de madera, preocupada por lo que pudiera significar ese cambio que había mencionado. Pero antes de que pudiera si quiera recuperarse, una mano se cerró fuertemente sobre su boca y se vio arrastrada hacia el interior del apartamento.
Mientras veía como sus talones resbalaban sobre las baldosas del suelo irremediablemente, todas las pesadillas sufridas durante las noches anteriores adquirieron una realidad pavorosa.
    —Shhh —oyó en su oído—. Tranquila, soy Carlos.
    Saber la identidad de quién se había atrevido a asaltarla en su propia casa aún la aterrorizó más. Su corazón latía a un ritmo frenético y las lágrimas empezaron a aflorar incontenibles. Allí, a pocos pasos, al otro lado de la puerta estaba su salvador, sólo necesitaba zafarse y llegar hasta ella. Intentó gritar pero el sello que formaban los dedos sobre sus labios se le antojó casi hermético, apenas dejó pasar un susurrante lamento. Forcejeó cuanto pudo pero Carlos se las arreglaba muy bien para evitar que escapara. Una masculina mano se cerraban en torno a sus muñecas, cual grillete de acero, y sintió como si le clavaran cristales en los hombros cuando el hombre tiró hacia atrás para intentar evitar las patadas que conseguía lanzarle. Todo su mundo se vino abajo cuando vio que entraban en su dormitorio, el lugar más alejado de la puerta que significaba su huída.
     Sintió el frío metal de unas esposas en la espalda, sustituyendo la mano que la mantenía presa, y cómo después, con más libertad de movimientos, se afanaba en aplicar una rápida mordaza. Cuando lo consiguió, solo tuvo que empujarla para hacerla caer sobre la cama.
    —Siento tener que hacerte pasar por esto, pero no puedo dejar que lo alertes.
Sus ojos estaban tan inundados que apenas lograba verlo con claridad. Tembló al sentir el peso de Carlos sobre el colchón al sentarse.
    —Joder, esto está resultando ser más complicado de lo que debería —dijo para sí mismo mientras enterraba el rostro entre las manos, en un gesto de agotamiento.
Aprovechando que Carlos no la miraba, Paula intentó recular despacio para no alertarlo, pero el enredo de las sábanas se lo impidió y se maldijo mil veces por no habérsela dejado hecha. Sólo podía probar una cosa más: levantar las piernas para tomar impulso e intentar realizar una voltereta sobre la cama. Si conseguía poner los pies en el otro lado quizá tuviera una oportunidad. Pero Carlos supo al instante lo que pretendía y le aprisionó las rodillas bajo el peso de sus muslos, sentándose a horcajadas sobre ella.
    —Te ha engañado, Paula. No debes confiar en él.
    Carlos comprobó que fruncía el ceño. Su rostro mostraba el pánico que debía estar sintiendo en aquel momento y se odió por ello. Pero era la única manera de mantenerla a salvo, se dijo para aquietar su espíritu.
    Paula se sirvió de aquel momento de vacilación en su captor para elevar la mitad superior de su cuerpo con extraordinaria rapidez e incrustó la frente sobre el puente de la nariz de Carlos con toda la potencia que pudo reunir. El hombre perdió el norte por un instante, inclinando el cuerpo ligeramente hacia la derecha, ventaja que Paula utilizó para alzar una rodilla y encajarla en la entrepierna. Con la adrenalina inundando sus venas consiguió levantarse y alcanzar el salón. Sus pies llegaron incluso a recorrer la mitad del pasillo en cuyo final estaba la puerta de salida.
     Gritó cuando Carlos la sujetó por el pelo, un grito que apenas duró una milésima de segundo ahogado de nuevo por aquella odiosa mano, y tuvo que echar el cuerpo hacia atrás para evitar el dolor. Cazada otra vez, desanduvieron el camino y pronto se encontró en el punto de partida, sentada sobre su cama.
    —Basta —dijo cuando intentó volver a levantarse colocando una pierna sobre las suyas para inmovilizarla.
    Una gota de sangre manaba de la pequeña brecha que había logrado hacerle en el hueso de la nariz y no pudo menos que sentir un lejano eco de satisfacción. Comprendió que Carlos había entendido aquella muestra de absurdo orgullo pero, para su completo asombro, el hombre sólo evidenció algo semejante a la aflicción.
    —No voy a hacerte daño. Te quitaré las esposas y la mordaza cuando esté seguro de que no vas a intentar escapar. Lucas no es tu salvador. No es el salvador de nadie. Está loco y puede ser muy peligroso. Llevamos bastante tiempo tras él, pero es escurridizo como una jodida anguila —hizo una pausa, comprobando que Paula giraba el rostro resistiéndose absurdamente a escucharle—. Lleva tiempo actuando tanto en Santa Coloma como en las ciudades colindantes. Aún no ha matado a nadie pero sí que ha provocado situaciones que podían haber terminado muy mal. Algunos de mis compañeros han comenzado a llamarlo “el azote de los polis”.
     Carlos la miró un segundo antes de continuar: ella seguía empeñada en clavar sus ojos en algún punto entre las sábanas. Trató de hacerle cambiar de parecer tomándola por el mentón para obligarla a que lo enfrentara, pero Paula se deshizo de sus dedos con un furioso gesto.
    —Supongo que se las ha ingeniado para hacerte creer que él es el bueno de la película. En realidad no le resulta difícil hacerse pasar por alguien de las fuerzas de seguridad. Sabemos que perteneció a ellas y que las abandonó cuando murió su hija. Corre el rumor de que la joven perdió la vida a causa de la negligencia de un policía y, desde entonces, se dedica a hacerle pagar a todo agente cualquier desliz en los protocolos que debemos cumplir. Por eso es tan difícil atraparlo, conoce a la perfección cada procedimiento, cómo trabajamos. Me ha resultado muy difícil lograr separarte de él el tiempo suficiente para mantener tus movimientos bajo control. Gracias a Dios tienes a gente que se preocupa mucho por ti.
     «Gente que se preocupa por ti». ¿Encarna? El día anterior su amiga se había comportado de una forma muy extraña, como si…
Paula se moría de ganas de realizar la pregunta que pugnaba por emerger de entre sus labios. Por fin volteó la cabeza con la incógnita reflejada en los ojos. El hombre entendió y su rostro se relajó visiblemente.
    —Si me prometes que no gritarás te quitaré la mordaza, ¿de acuerdo?
    Ella asintió. Carlos cambió ligeramente de postura, liberando las piernas de la mujer.
    —Está bien —dijo al comprobar que no se movía.
    Sólo entonces manipuló el nudo tras su cabeza y Paula se vio libre de aquella tortura.
    —¿Lo sabe Encarna? —inquirió.
    —Sí. Gracias a ella conseguí entrar en tu casa y colocar algunas escuchas —aclaró mientras también soltaba las esposas—. El día que nos vimos por primera vez, cuando te atracaron, regresé al mercado para intentar obtener de ese modo tu declaración y presentar el atestado correspondiente. Fue entonces cuando lo vi allí, vigilándote — Paula asintió mientras pasaba las manos alrededor de la piel enrojecida de sus muñecas—. Lo reconocí al instante a pesar de esas gafas de sol que llevaba, pero no podía arriesgarme a alertarlo, eso lo hubiera hecho huir. Era importante actuar con inteligencia y capturarlo de una vez por todas. Aunque tengo que reconocer que he cometido alguna que otra torpeza. En mi defensa diré que todo era por tu bien.
     —Pero no tiene nada contra mí. Yo no he hecho nada.
    —No. Y yo tampoco, en realidad. Pero es un enfermo mental y tú eras su modo de “castigarme”. El azar tiene a veces un humor de perros.
    —Imagino que nuestro encuentro en el bar, la noche de la despedida, no fue fortuito.
    —No. No lo fue. Desde el principio supe que tenía que mantenerte vigilada pero tampoco podía hacerlo de una forma convencional. Tengo que pedirte perdón otra vez por lo sucedido entonces. No fue mi intención hacértelo pasar mal pero tenía que retrasar tu llegada a casa para conseguir que un compañero colocara algunas escuchas y cámaras en tu apartamento. Los nervios me hicieron errar y actué como un novato… —resopló incómodo—. No conseguimos nada y además estropeé cualquier posibilidad de llevarte a mi terreno. Tuve esa certeza justo al día siguiente, cuando te seguimos hasta el paseo del rio. La noche que limpiabas la portería, sabía que Lucas estaba allí. Quería hacerte salir del edificio pero sabía que no me resultaría nada fácil. Para entonces Lucas ya sabía que yo había descubierto sus planes pero jugaba a su favor el que me temieras. Con mi torpeza él había ganado tu confianza, así que jugué mi última carta: tu amiga Encarna. Ella sí consiguió retenerte fuera  tiempo más que suficiente, a ti y a él siguiéndote.
    —Pero él te golpeó y…
    —Sí, lo hizo. Pero logré escapar aprovechando su necesidad de calmarte y asegurarte que todo estaba bien. Me libré por los pelos —añadió con gravedad.
    —¿Y qué vamos a hacer? —Paula continuaba retorciéndose las manos con ansiedad.
    —Obligarlo a que cometa un error, ahora cuento contigo. Pero, no debe sospechar que conoces la verdad. ¿Podrás hacerlo?
    —Yo también cometí un error —confesó—.  Ahora asegura que tendrá que cambiar sus planes, ha mencionado algo de mañana.
    —Tranquila, estamos preparados —aseguró, palmeándole los dedos suavemente.