DÍAS CONTADOS


DÍAS CONTADOS






Jueves

   «Nunca pasa nada, hasta que pasa.» Esa era la frase preferida de su padre y la primera que le cruzó la mente en el momento en que se produjo el encontronazo. Después el miedo eliminó cualquier pensamiento racional. Con medio cuerpo tirado en el suelo, colgando prácticamente de la tira del bolso, al que se aferraba con tesón, su cerebro sólo tenía como objetivo evitar el robo sin pensar en que, quizá, esa circunstancia derivaría en más problemas.
 —¡Socorro! ¡Ayúdenme!
    Miró a su alrededor, sin dejar de forcejear con el ladrón que tiraba y tiraba con saña hasta el punto de conseguir que su cuerpo se deslizara por la acera varios centímetros. De pronto sucedió algo que derribó al criminal, haciéndole caer de bruces contra el duro suelo. Giró el rostro: un hombre vestido de uniforme intentaba saltar sobre ella para alcanzar al ratero que se recuperaba con rapidez y emprendía la huida. Otro agente, salido de la nada, corrió tras él.
 —¿Se encuentra bien, señora?
    Paula levantó la vista; un policía le tendía la mano para ayudarla a levantarse. La aceptó y, mientras componía sus ropas, carraspeó, intentando ganar tiempo para ordenar sus caóticos pensamientos y templar los nervios.
 —Sí. Supongo que sí —se escuchó decir—. Gracias.
 —No hay de qué. Es nuestro deber. Sólo lamentamos no haber llegado antes para evitarle este mal trago.
    Justo cuando terminaba de decir esas palabras, el compañero del policía apareció en la oscuridad de la noche negando con la cabeza.
 —¿Ha conseguido verlo? ¿Podría reconocerlo u ofrecer una descripción?
 —Lo siento pero no. Todo ha sucedido muy deprisa y…
 —No pasa nada. La llevaremos a un hospital para que le hagan un reconocimiento.
    Paula miró alternativamente a uno y otro. ¿Un hospital? No. Ni soñarlo. Su jefe jamás entendería, ni razonaría de ningún modo, que llegara tarde por algo que, al fin y al cabo, no había llegado a pasar.
 —No —respondió con premura—. No es necesario. Debo irme. Tengo que ir al trabajo si no quiero perderlo. Lo siento, debo marcharme.
 —Pero… —replicó el otro.
 —No ha pasado nada —dijo ella—. Ustedes han conseguido que ese… Que no me robara.
 —Sin embargo, señora. Tenemos que dar parte de cuanto ha ocurrido —intentó de nuevo.
 —Vamos, Jordi. Ya has oído a la señora. No quiere problemas.
 —Pero Carlos…
    Observó cómo ambos se miraban, entendiéndose sin mediar palabra.
 —Está bien —claudicó el tal Jordi.
 —Vamos. La acompañaremos.

   La mañana en el Mercado del Sagarra transcurrió como cualquier otra, sin embargo aún tenía los nervios a flor de piel y el espíritu inquieto: situación que la hizo errar en varias ocasiones sirviendo peras en lugar de manzanas, ganándose con ello una mirada reprobadora del jefe y unas risitas de las clientas que quitaron hierro al asunto.
   Sabía que algunas compañeras estarían esperándola en la entrada principal del edificio para ir juntas a almorzar, como cada día. Llegaba tarde, comprobó. Apretó el paso por el alargado edificio, sorteando amas de casa y carros de la compra, sin dejar de mirar el rostro de cada hombre con el que se cruzaba. Probablemente las chicas ya se hubieran ido, pero sabía dónde encontrarlas.
   Al llegar al exterior, no pudo evitar echar un vistazo hacia atrás: los puestos de hortalizas y plantas se encontraban apostados contra la pared lateral de estuco y ladrillo visto; la cerámica vidriada con la que se componía el rótulo, en verde y blanco, brillaba con los rayos de sol; y el bullicio normal de la calle que, a aquella hora, se convertía en la banda sonora habitual. Todo estaba como siempre.
   Giró a la izquierda, tomando la calle Sant Josep y se dirigió hacia la cafetería. Las compañeras celebraron su llegada con saludos y recriminaciones debido al retraso.
—¡Ya era hora!
—¡Eh! No sé de qué os quejáis. No me habéis esperado —tomó asiento.
—¿Qué te ha pasado esta mañana? Me asusté cuando te vi llegar acompañada de unos polis —preguntó María directa al grano.
—Intentaron robarme el bolso. Un tirón.
—¡Joder! —Encarna la miró con los ojos muy abiertos.
—Pero no lo consiguió. Esos dos policías lo impidieron.
—¡Y menudos tíos! —María miró a Lola mientras se mordía el labio cómicamente.
—Si son cómo ése ya me conformo —añadió Lola gesticulando disimuladamente hacia la calle.
   Encarna hizo como que recolocaba la chaqueta sobre la silla para poder echar un vistazo.
—¡Eh! Tú no mires que es pecado —rió.
—Oye chata, que vaya a casarme no significa que no pueda disfrutar del panorama.
   Paula rió y aprovechó el momento de pedir un bocadillo y un refresco para mirar también hacia el exterior. Allí, un hombre extremadamente alto, con una larga gabardina marrón y gafas de sol, parecía estar apoyado en la pared de enfrente esperando algo. Sin embargo, Paula tuvo la irracional sensación de que la miraba directamente.
—Gracias —dijo a la dueña del bar mientras ésta servía.
   Atacó la comida con ganas antes de volver a girarse. El tipo seguía allí, inmóvil mientras el ligero aire de principios de primavera arremolinaba los bajos de su abrigo.
—¿Quién será? Jamás lo he visto por aquí.
—A saber —comentó Encarna.
—Tiene pinta de agente secreto.
—Agente Machomán, para servirla —rieron.
—Bueno, ¿qué? Supongo que tu hermana ya lo tiene todo preparado para mañana —dijo Paula llamando la atención de ambas amigas para que apartaran la mirada del misterioso hombre de la gabardina. Ya había tenido suficiente aventura aquella mañana.
—Hum —Encarna asintió mientras tragaba—. Sí. No para de dar el coñazo repitiendo “ya verás”. Pero no suelta prenda.
—Lo pasaremos en grande —auguró Lola.
—Seguro que sí.
—Mañana os llamará para deciros la hora a la que quedaremos.
—Genial.
—Niñas, id terminando que llegaréis tarde —les advirtió la mujer del bar.
—¡Gracias!
   Cinco minutos más tarde, las tres salieron del local. El extraño tipo, objeto del regocijo de Lola y Encarna, había desaparecido. Paula respiró, algo más tranquila.  Se despidió de ellas con un rápido «hasta luego» y se internó de nuevo en el Mercado, olvidándose de volver la vista.
Quizá, si lo hubiera hecho, habría comprobado que el hombre de la gabardina no se marchó, sólo cambió de lugar para poder observarla sin ser visto.

Viernes

    Dejó el bolso y un par de bolsas con alimentos sobre el mármol de la cocina antes de dirigirse a la habitación, sin poder evitar que sus ojos se deslizaran sobre la chapa que indicaba el turno en la limpieza de la escalera. «Joder», pensó, lo había olvidado. Cuando las cosas se decidían a torcerse lo hacían del todo. El fin de semana se auguraba mortal de necesidad, empezando por esa misma noche. Y gracias a Dios que el jefe había accedido a cambiar esa tarde por un día de sus vacaciones.
    Se quitó las zapatillas, pisándose los talones, y caminó descalza los dos pasos que quedaban hasta el borde de la cama para dejarse caer de bruces sobre ella. La noche anterior no pudo conciliar el sueño hasta bien pasadas las dos de la madrugada, debido a los nervios acumulados, y ahora le pasaba factura. Como si haber sido víctima de un intento de robo no fuera suficiente. Dejó que su cuerpo se relajara y pronto comenzó a sentir los primeros síntomas de la modorra, pero fueron interrumpidos por un fuerte gruñido del estómago. ¿Qué necesidad satisfacer primero? Sin encontrar las fuerzas para moverse, levantó ligeramente la cabeza, echando un breve vistazo al reloj: las cuatro de la tarde.
Haciendo de tripas corazón, reunió las pocas energías que le quedaban y regresó hasta la cocina para prepararse algo. Llevó la bandeja hasta el pequeño salón y encendió el televisor cambiando de canal hasta dar con una película que comenzaba en ese instante, mientras atacaba unas lonchas de embutido.
    No se dio cuenta de que se había quedado dormida hasta que despertó. Sobre su regazo aún descansaba la bandeja con algunas migas de pan y la pantalla mostraba a Clint Eastwood en lugar de a Clive Owen. ¡Las seis y media! Habían quedado a las ocho en la Plaza de la Vila y tenía unos buenos veinte minutos caminando desde su casa, eso le dejaba una hora para arreglarse. Debía espabilar. Se levantó de un brinco y llevó los restos del frugal tentempié al fregadero.
    Prefirió no pensar en el estado en que se encontraría al día siguiente a esa misma hora. La hermana de Encarna se había autoproclamado organizadora de la despedida de soltera y era más que evidente que esa chiquilla no tenía ni idea de lo que suponía salir un viernes noche para alguien que trabajaba con sus horarios. Ni siquiera Encarna supo que estaba todo preparado hasta que no fue demasiado tarde para realizar cambios que no supusieran perder dinero o días del preciado mes de vacaciones. Preparó sobre la cama la ropa que previamente tenía planeado ponerse y se encaminó al aseo.


    «Prueba superada», pensó con una sonrisa y el estómago lleno por la divertida cena de despedida, amenizada por un par de picantes cómicos y postres eróticos.
 —Una copa y dejo que os marchéis —había dicho la hermana de Encarna a quienes, como ella, debían trabajar al día siguiente.
    Consultó el reloj: pasaban dos horas de la media noche. Bien, aún podía permitirse treinta minutos más que, sumados a los veinte que tardaría en llegar a casa, se convertirían en casi una hora. Pero bueno, no importaba, un día era un día.
    Caminaron en grupo hasta un local en la calle San Carlos, entre risas, chistes y pequeños gritos de emoción, absortas en su pequeño mundo hasta que Lola se le acercó.
—No mires ahora, pero creo que tu agente secreto Machomán viene por ahí detrás. ¿Te estará vigilando?
—Tonterías —respondió aunque le fue imposible evitar sentir cierta inquietud—. Seguro que es un vecino de la ciudad que ha salido a tomar algo. Es lo que la gente hace los viernes: salir a divertirse.
—¿Y si es el mismo que intentó robarte ayer?
—No lo es. Era más bajo.
—¿Ocurre algo chicas? —preguntó Encarna acercándose a ellas.
—Nada —respondió Paula rápidamente para evitar que Lola le amargara la fiesta con estupideces—. Cotilleamos —añadió encogiéndose de hombros.
    Al llegar al local algunas eligieron ocupar las mesas de la terraza. Paula le confió el bolso a María para poder ir al baño. Traspasó las puertas de cristal y entró en el agradable y moderno ambiente. Se abrió paso entre los que disfrutaban de un rato de ocio con amigos para poder llegar hasta el pasillo.
—¡Hola! —alguien le rozó el brazo, llamando su atención.
    Era un hombre, moreno y bien parecido que, apoyado en la barra, la miraba como si se conociesen. El entendió la mirada cargada de duda que acudió a sus ojos y se acercó.
—Soy Carlos. El poli.
—Ah, hola. Sin el uniforme no te había reconocido.
—¿Tomas algo?
—Estoy con unas amigas ahí afuera. Iba al baño.
—Oh, bien, de acuerdo. Hay cosas que no pueden esperar —dijo levantando las manos hasta el pecho mostrándole las palmas.
    Al regresar del aseo, observó que Carlos se había desplazado hasta apoyarse en el cristal de una de las puertas. Paula le sonrió amistosamente al pasar antes de reunirse de nuevo con el resto de mujeres.
—¿De qué me suena? —le preguntó Maria realizando un gesto hacia él mientras le devolvía el bolso.
    Carlos movió graciosamente los dedos saludando de nuevo desde el interior al notar que protagonizaba la conversación.
—Es uno de los polis de ayer.
—Sí, es cierto —dijo abriendo mucho los ojos—. Qué casualidad encontraros aquí.
—Esta noche parece estar llena de ellas —dijo ausente.
—Bueno, aprovecha la oportunidad, chata. Charla un rato con él. No todos los días puede ir una bien acompañada a casa —dijo antes de sentarse para entrometerse en la conversación que mantenían en la mesa contigua.
    Paula lanzó una huidiza mirada hacia el lugar donde estaba Carlos, pero este debía haber vuelto a moverse pues no lo encontró. Buscó entonces a Encarna y Lola; charlaban animadamente con otras dos chicas y un hombre que parecía conocerlas. Todas estaban ya acomodadas y completamente concentradas en las distintas conversaciones que se mantenían en las mesas. Se le hacía cuesta arriba elegir una para meterse en ella, pedir la copa, tomarla… Estaba segura que, después, aún le costaría más abandonar la silla para encaminarse a casa. Echó un ojo al reloj y decidió que quizá fuera el mejor momento para retirarse.
    Discutió brevemente con Encarna, defendiendo la marcha y alzándose vencedora.
—Venga, te veré mañana, pero sólo tú tendrás ojeras —le dijo antes de besarla en la mejilla—. Diviértete.
    Levantó una mano al resto de amigas a modo de despedida e inició el camino a casa. Llevaría recorrido la mitad del trayecto cuando unos pasos a la carrera la alertaron y se giró con brusquedad, preparada para derribar a quien intentara atacarla.
—¡Eh! ¡Qué genio! —exclamó Carlos advirtiendo la determinación en su rostro.
—Lo siento. Pensé que…
—No importa, es perfectamente comprensible. Disculpa tú que me acerque de este modo, pero no me has dicho tu nombre aún.
—Paula. Me llamo Paula.
—Bien, Paula. Te acompañaré.
—No es necesario.
—Insisto. Una mujer tan atractiva no debe caminar sola a estas horas de la noche, si un agente de la ley puede evitarlo.
    Dejó que se saliera con la suya y, durante los diez minutos restantes, Carlos no paró de hablar sobre lo divino y lo humano, como si se conocieran desde siempre. No es que le cayera mal, admitía que había sido muy galante y educado, sin embargo no lograba quitarse de encima cierta incomodidad. Mientras él seguía inmerso en su monólogo, Paula se limitó a asentir de ver en cuando, pensando el mejor modo de deshacerse de él antes de llegar a casa, sin parecer grosera o desagradecida. No lo consiguió.
—Hemos llegado —anunció.
—Bien, supongo que aquí termina mi cometido.
—Sí, pero te lo agradezco mucho.
—¿Tanto como para ofrecer una recompensa al valeroso héroe?
    Paula levantó las cejas sorprendida.
—¿Cómo?
—¿Qué tal un café? —propuso levantando la mirada hacia el edificio, dando a entender que podían tomarlo en su casa.
—Lo siento pero es tarde y tengo que madrugar, quizá en otra ocasión.
—Bien, comprendo —dijo bajando la mirada y metiendo las manos en los bolsillos, mostrándose decepcionado—. ¿Y un beso? —añadió un segundo después mirándola con una sonrisa torcida, desmintiendo así su fingido pesar.
    Sus ojos brillaron con inusitada intensidad. Paula ya no pudo ocultar su aprensión y buscó la llave rápidamente en el bolso, sin perder de vista los movimientos de Carlos.
—No tengo por costumbre besar a desconocidos —respondió tratando de ganar tiempo. «¿Dónde se había metido la maldita llave?»
    Su mano se cerró en torno a ellas en el momento en que Carlos la sujetó por el brazo con fuerza para obligarla a acercarse violentamente. En su rostro ya no quedaba nada de la cortesía demostrada sólo unos segundos antes.
—¡Suéltame! —exigió ella lanzando la rodilla hacia la entrepierna del hombre.
    El golpe fue certero y pronto se encontró libre y resollando en el interior de la portería.
—¡Paula! —la llamó desde afuera.
    Hizo oídos sordos y subió corriendo las escaleras, encerrándose en la seguridad de su casa. Sin atreverse a encender las luces, caminó temerosa hasta acercarse a la ventana. Carlos había desaparecido y se permitió soltar el aire que había estado reteniendo hasta ese momento.
    Únicamente las sombras eran dueñas de la calle a esas horas y, al final de la de Paula, podía adivinarse una: alargada y oscura, arcana, como la que proyectaría un tipo alto vestido con gabardina.

Sábado.

    Si la noche anterior había pasado miedo, no fue ni comparable a lo que sufrió a la mañana siguiente. Tanto que ni siquiera el cansancio, producido por la falta de sueño que trajo lo ocurrido, hizo mella en su voluntad por escudriñar cada uno de los rincones, recovecos y esquinas que encontró de camino al Mercado. Mientras avanzaba a paso inseguro, sujetó el bolso con una mano, apretándolo contra el pecho, y mantuvo la otra dentro cerrada en torno a un pequeño cuchillo de cocina, al tiempo que se maldecía mil veces por no haberse rendido al impulso de llamar para excusarse argumentando un tremendo malestar. Al fin y al cabo no era del todo mentira, pero su jodida conciencia se lo impidió. Las calles en las que de día siempre podía encontrarse a algún transeúnte, fuera la hora que fuese, de noche estaban envueltas por el silencio y la oscuridad más densa. Ni siquiera las pocas farolas que componían el alumbrado, conseguían mitigar al aspecto lóbrego que presentaban. O quizá fuera simplemente sus ojos los que quisieron verlas de esa forma. En cualquier caso, no logró sacudirse de encima aquella maldita sensación que le erizó la piel y aceleró el pulso durante todo el trayecto.
    Después, a la jornada laboral por lo general larga y tediosa, se le añadió también el desasosiego, hasta el punto de ganarse una mirada extrañada de María al pasar por delante del puesto cuando regresaba del almuerzo al que Paula no asistió.
    La vuelta a casa fue distinta, pero aún así no dejó de mirar los rostros de todo aquel con el que se cruzaba temiendo encontrar el de Carlos. Incluso sus nervios la traicionaron y se encontró dando un respingo, sobresaltada, en el momento en que un coche de los Mossos pasó junto a ella y conectó la sirena. Se enfadó consigo misma al darse cuenta que no podía seguir así. ¿Qué iba a hacer? ¿Encerrarse en casa de por vida? ¿Seguir viviendo con miedo? Pero su otro lado, el oscuro y temeroso, respondía con vehemencia: ¿a qué persona conoces que haya pasado dos veces por un intento de asalto en días consecutivos? Y una larga serie de preguntas similares transcurrieron una tras otra, mientras intentaba encontrar algo de solaz entre las cuatro paredes de su casa.
Sentada desde que llegó en el pequeño sofá del salón, su mirada recayó por enésima vez sobre el intermitente y rojo chivato del contestador.
    —Idiota cobarde—se dijo a sí misma mientras se levantaba y en dos zancadas se acercaba al aparato.
    ¿Qué pretendía? ¿Aislarse del mundo? Apretó el botón y la risueña voz de Encarna emergió a buen volumen preguntándole divertida sobre cómo había terminado la noche con el poli buenorro, regañándola también por no haber asistido a la cita diaria en el bar. Antes de permitirse el tiempo para decidir si llamarla o no, marcó su número y pronto la tuvo al otro lado de la línea:
    —¡Vaya! Creí que no ibas a dignarte a hablar con nosotras. Hay que ver lo que cambia a las amigas salir con las fuerzas de seguridad.
    —Sí, sí cambia. Si todos son como éste, estamos jodidos —le dijo.
    —¿Qué pasa, cariño? —preguntó Encarna quien conociéndola supo enseguida que algo no iba bien.
Paula explicó a su amiga lo sucedido y, como era de esperar, Encarna no dio crédito a cuanto escuchó.
     —¿Qué intentó forzarte?
     —Intentó besarme —la corrigió—, pero la verdad no sé qué habría pasado de no encontrar la llave.
    —Tienes que denunciarlo.
    —¿Estás loca? No tengo su número de placa y, ¿de verdad crees que sus compañeros moverían un solo dedo? Sólo conseguiría que se rieran de mí a mis espaldas.
    —Eso no lo sabes, Paula.
    —Sí lo sé. No estaba de servicio y sólo puedo alegar que trató de propasarse, de robarme un beso. Además, no tengo ningún testigo.
    —Nosotras podemos dar fe de que se marchó después de ti.
    —Pero no de que lo hiciera conmigo. No insistas, Encarna. No hay nada que hacer.
    —Bueno, tú verás. Pero prométeme que vendrás a verme, ¿de acuerdo? Un poco de compañía te hará bien.
    —Vale, pero mañana. Hoy no quiero pensar más en ello o me volveré loca. Necesito estar sola, sin darle vueltas a la cabeza.
    —Como quieras. Cuídate, cariño. Y para cualquier cosa ya sabes dónde estoy.
    —Sí, gracias. Un beso —se despidió antes de colgar.
    Respiró profundamente. Hablarlo le había ayudado a exorcizar sus miedos en gran medida. Era cierto que necesitaba estar sola y no pensar más. Volver una y otra vez sobre lo mismo no la ayudaría a continuar adelante. Resuelta encaminó sus pasos hacia la habitación y sustituyó su ropa y calzado por algo más ligero y cómodo. Conocía la mejor fórmula para conseguir esa paz que tanto necesitaba y nada impediría que saliera en su busca. No podía dejar que lo ocurrido terminara con sus actividades diarias. No podía ni quería vivir encerrada. Como siempre correr le sentaría de maravilla, su mejor terapia contra neuras y temores. Y aquella hora era perfecta.
     Tal como pensó el nuevo paseo del río se encontraba lleno de personas y vecinos que elegían aquella zona, llana y libre de tráfico, para hacer ejercicio o pasar un rato en familia paseando e incluso realizando cualquier otra actividad lúdica. Provista de su pequeño mp3, estiró los músculos para calentarlos y se permitió la primera sonrisa del día, quizá más tímida y breve de lo habitual pero una después de todo. Cuando estuvo lista comenzó a trotar, primero más lentamente para ir acelerando el paso poco a poco, a la vez que dejaba que los acordes de su música preferida relajaran su mente, llenándola y expulsando a un tiempo aquellos oscuros y pérfidos pensamientos que la habían ocupado hasta hacía unos minutos. Fue entonces cuando recibió un ligero toque de un corredor que iba en dirección contraria.
    —¡Eh! —gritó—, ¡ten más cuidado!
    Sin darle más importancia continuó con su ejercicio hasta que, pasados varios minutos, otro golpe la hizo trastabillar hacia un lado. Resollando, estabilizó su cuerpo apuntalándolo con una mano contra la pared y miró hacia el tipo en cuestión. Éste seguía corriendo, ni siquiera se había molestado en girarse.
    —Maldita sea —masculló.
    Aun permaneció unos minutos más allí, mirando al rostro a todo aquel que pasaba cerca. No encontró nada extraño en sus comportamientos, todo el mundo pasaba de largo concentrado en el deporte sin reparar en ella ni un segundo. Negando varias veces con la cabeza reanudó la carrera, tras extraer los pequeños auriculares de sus oídos. Volvió a recuperar la velocidad en poco tiempo centrando toda su atención en la respiración pero sin dejar de mirar a la cara a todo aquel que cruzaba su camino. Pasaron algo más de diez minutos y ya se decía a sí misma que se estaba volviendo completamente paranoica cuando un nuevo empellón, esta vez por la espalda, la empujó hacia adelante con tal fuerza que casi lograr hacerla caer.
    —Por el amor de Dios, esto no es normal —murmuró asustada.
    De inmediato cambió el rumbo para regresar sobre sus pasos, convencida de que quizá no debiera desechar el consejo de Encarna tan a la ligera. Iría a casa para cambiase de ropa e inmediatamente después se presentaría en el cuartel para interponer la denuncia.
    —Hola.
    Su corazón se paró por un instante a la vez que sus pulmones tomaron aire de pronto para quedar automáticamente paralizados, igual que el resto de su cuerpo, al ver a Carlos frente a ella sonriéndole. Cuando logró reponerse trató de esquivarlo y continuar.
    —Espera, Paula, por favor.
    —No tengo nada que hablar contigo.
    —Quiero disculparme, anoche no era yo. Lo siento, de veras. Abusé de la bebida más de la cuenta y… —dijo caminando a su lado.
    —Abusaste de más cosas.
    —Sí, lo sé y te pido disculpas —reiteró interfiriendo en su camino.
    Paula se detuvo en seco al comprobar que no la dejaría en paz hasta que no consiguiera lo que se proponía.
    —Lo siento, de todo corazón. Sé que me comporté como un animal y llevo todo el día odiándome por ello.
    —Está bien. Disculpas aceptadas. Ahora, si no te importa quiero marcharme.
    —Vale. De acuerdo. ¿Te enfadarás si te acompaño? —intentó, componiendo un gesto amable.
    Paula lo obsequió con una dura mirada.
    —Ok, ok. No se hable más. Me marcho —reculó dejándola libre al fin.
    Con los nervios a flor de piel y la cabeza a punto de explotar, Paula recorrió el camino de vuelta hasta su casa a sin pararse siquiera a mirar por dónde iba. No podía despegar la mirada del suelo mientras que en su mente se reproducía una y otra vez lo acontecido. Abrió la pequeña mochila mucho antes de llegar a la portería y extrajo la llave para no tener que perder demasiado tiempo en entrar, sujetándola ente el pulgar y la segunda falange del índice, lista para introducirla en la cerradura. Únicamente cuando se encontró tras la seguridad de la puerta cerrada del edificio se permitió respirar y se tomó unos segundos para recuperar el pulso, recostando la espalda contra la fresca pared de azulejos. Cerró los ojos un instante para tomar aire.
    —Paula.
    El miedo volvió a sacudir su cuerpo y levantó los párpados, aterrorizada. El tipo alto y extraño de la gabardina la miraba, frente a frente, apoyado contra la pared opuesta. Sus ojos, de un clarísimo azul, parecían taladrarla como si pudiera ver más allá de sus pensamientos.
    —No tengas miedo. No voy a moverme de aquí para que no te sientas amenazada, pero quiero que me escuches con atención. Mi nombre es Lucas y estoy aquí para ayudarte. ¿Entendido?
Intentó hablar pero la voz no emergió de su garganta atenazada por el pánico, limitándola a un simple gesto de asentimiento.
    —Ese que se hace llamar Carlos no es quien tú crees. Estás en peligro. No vuelvas a quedarte a solas con él bajo ningún concepto.
    Y sin añadir ni una sola palabra más, el hombre dirigió sus pasos a la salida y se marchó.

Domingo.

    Paula se removió entre las sábanas de su cama una vez más, buscando la posición que le permitiera conciliar el sueño.
    Necesitaba un poco de descanso, ése que había estado jugando con ella al gato y al ratón durante toda la noche. Cuando parecía que por fin se rendía al sopor, el mínimo ruido conseguía arrancarla de él con violenta saña, dejándola aún más aterrorizada y exhausta. Durante horas, cientos de preguntas sin respuesta atosigaron su mente, miles de terribles sensaciones constriñeron su valor y otras tantas inquietantes pesadillas se aliaron contra ella, aniquilándola, arrastrando sus pensamientos hacia una oscuridad en la que no deseaba penetrar pero a la que se veía empujada una y otra vez, dejándola sin fuerzas para oponer resistencia.
     Cuando el sol salió de nuevo, reunió el coraje suficiente para levantarse y apagar las luces que había mantenido encendidas toda la noche. Regresó a la cama creyendo que, con el astro rey  levantado para borrar del mapa cualquier negra sombra que rápidamente su imaginación convertía en amenazante, conseguiría dormir.
     Nada más lejos de la realidad. Cierto que pudo templar de alguna forma los nervios, sin embargo, seguía sin encontrar la voluntad para calmarse completamente. Y el día terminaría, disminuiría su claridad bajo la presión del obturador nocturno.
     ¿Qué hacer? ¿Cómo afrontar algo así?
     Jamás había obviado un problema, siempre había preferido plantarle cara. Sin embargo, el miedo la paralizaba tanto que le era imposible enfrentarse a éste. ¿Quién era ese Carlos? ¿Y el misterioso Lucas? ¡No! No quería pensar en ellos, se dijo mientras se tapaba la cabeza con la sábana tontamente.
El teléfono sonó consiguiendo que volviera a emerger de las entrañas de la cama y frunciera el ceño buscando los dígitos del reloj. El mediodía había pasado ya y se encontraba al borde de las primeras horas de la tarde. Decidió no hacer caso y dejarlo sonar. Sin embargo, terminados los tonos, el aparato emprendió de nuevo su batalla por hacerse notar, arremetiendo sin compasión contra su agotamiento. Maldiciéndose, por no haber vuelto a conectar el contestador, se levantó para atenderlo.
    —¿Diga? —dijo con voz ronca.
    —¿Paula? ¿Te acabas de levantar? —preguntó extrañada Encarna.
    —Algo así. He pasado mala noche —respondió aunque desde luego aquello no lo resumía demasiado bien.
    —Me tenías preocupada. Ayer quedamos en que vendrías a verme, ¿recuerdas?
    Hizo memoria justo en el momento en que Encarna lo mencionaba. Pero no pudo encontrar las palabras necesarias para excusarse.
    —¿Paula? ¿Estás bien?
    —No —confesó.
    —Ahora mismo voy para allá —resolvió su amiga.
    —No. No, vengas.
    —Desde luego que sí. En quince minutos estoy ahí —y colgó antes de que pudiera insistir.
    Tal como Encarna prometió en apenas un cuarto de hora Paula le abría la puerta.
    —Por el amor de Dios, ¿tú has visto qué cara tienes?
    —De no haber pegado ojo.
    —No puedes dejar que lo ocurrido con ese poli…
    —No lo sabes todo, Encarna —la cortó mientras la invitaba a acomodarse en el sofá.
    Narró a su compañera lo ocurrido en el paseo junto al río y el encuentro en su propia escalera con aquel extraño de la gabardina, sin poder remediar sentir escalofríos al recordarlo.
    —Si ayer te dije que debías denunciarlo, hoy ya es una obligación. Ese tipo te lo ha dicho: estás en peligro.
    —Pero, ¿cómo? ¿Qué demonios voy a poner en la denuncia?
    —Todo lo que me has contado.
    —No va a servir de nada.
    —De menos servirá si no lo haces. Venga, vamos al juzgado de guardia, después te invito a comer.
    No hubo forma de convencer a Encarna de la inutilidad de aquella acción legal. Aunque debía reconocer que salir con ella y sentir un poco de aire fresco en el rostro la animó en gran medida. Tras un par de horas, Encarna volvió a dejarla al pie del edificio donde vivía.
    —Llámame cuando lo necesites, ¿de acuerdo? Sea la hora que sea —le dijo desde el coche—. Vamos entra, no me iré hasta que lo hagas.
    Paula asintió y subió a su casa con el ánimo mejorado, algo más tranquila. Al cerrar la puerta, la placa que le recordaba la limpieza de la escalera tintineó.
    —Mierda —masculló—. Lo había olvidado.
     Echó un vistazo a su reloj. Aún tenía tiempo de cumplir con el deber vecinal antes de que oscureciera y regresaran sus miedos.
     Sin pensarlo dos veces, se cambió de ropa y se hizo con los inevitables bártulos. En el rellano se aseguró de llevar las llaves en el bolsillo y cerró de un tirón. Bajó los dos tramos de escaleras bregando entre el palo de escoba, el de la fregona, el cubo con agua y algunos trapos y limpiacristales que le dificultaban el paso por la estrechez de los pasillos. Superado el bache, pronto se entregó a limpiar mientras expulsaba de su mente cualquier otra idea, pero sin poder evitar echar rápidas miradas hacia la puerta cerrada de la calle. No pensaba abrirla hasta que fuera estrictamente necesario.
    Pero ese instante llegó cuando apenas quedaba un metro para terminar de fregar la portería. Como venidos del mismo cielo, oyó unos pasos que descendían poco a poco y pensó que sería un buen momento, de ese modo no estaría sola si ocurría algún contratiempo. Acababa de pasar la fregona cuando un vecino apareció al pie de último escalón.
    —Vaya, lo siento, pero voy a pisar el suelo.
    —No pasa nada, adelante —sonrió antes de volverle la espalda.
    Cogió el asa del cubo con rapidez y vertió el sucio contenido en la alcantarilla cercana. Regresando al interior justo cuando el hombre lo abandonaba.
    —Repasaré las pisadas mientras subo —respondió a la sonrisa de disculpa del hombre mientras ya manejaba el palo caminando de espaldas hacia la escalera.
    —Dejo abierto para que se seque —la informó antes de marcharse.
    —No… —pero las palabras murieron en sus labios al levantar la mirada para encontrar a Carlos en el hueco de la puerta.
    —Hola, Paula —dijo.
     Sus brazos perdieron fuerza y cuanto cargaba se escurrió de entre sus dedos causando un gran estruendo al caer. El terror que había conseguido esquivar durante unas horas regresó a ella con más intensidad, hasta el punto de sentirlo como una gran alimaña cerniéndose sobre ella para alimentarse de sus energías.
     —¿Qué haces aquí? —logró decir.
     —Ayer no me dejaste disculparme como es debido. Bueno, en realidad sí lo hiciste, pero no como me hubiese gustado. Creo necesaria una compensación por mi comportamiento y quiero invitarte a cenar.
     —No quiero cenar contigo —dijo—. Márchate.
     —Por favor, Paula…
     —Hazlo o llamaré a la policía.
     —¡Yo soy la policía! —ironizó sonriendo.
     Olvidando los utensilios de limpieza giró sobre sus talones con intención de subir hasta su casa, pero al oír que Carlos abandonaba la entrada para ir tras ella, corrió exprimiendo la voluntad en un arranque vital por encontrarse a salvo. Nunca los dos pisos que la separaban de su apartamento se le hicieron tan largos ni los pasillos tan estrechos. Con la pericia que le proporcionó el peligro, consiguió dar con la llave y colarla en la cerradura en un abrir y cerrar de ojos. Entró y atrancó la puerta en el momento justo en que Carlos llegaba a ella.
     —Paula, ¿por qué haces esto? No quiero hacerte daño —le dijo desde el otro lado.
     —¡Lárgate! ¡Me han advertido sobre ti! —gritó y sintió arder su garganta.
     —¿Cómo?
     —¡Que te marches! ¡Sé que no eres quien dices ser! —lágrimas de pánico e impotencia anegaron sus ojos.
     —¡Por todos los Santos! ¡Paula! ¡Abre! ¡Te lo contaré todo!
     —¡Vete o llamaré a la policía! —exclamó con la voz rota.
     Un fuerte golpe acalló las súplicas de Carlos antes de que el silencio más profundo se hiciera dueño del exterior.
     —¿Paula? Ya pasó —aquélla era la voz del otro tipo.
     Dudó si contestar pero su lengua la traicionó antes de que pudiera frenarla.
    —¿De verdad?
    —Sí.
    Con dedos temblorosos consiguió levantar la pestaña que ocultaba la mirilla. Al otro lado, los ojos azul claro de Lucas la miraban como si pudiesen verla.
    —Vamos, recojamos tus cosas —dijo antes de comprobar que se daba la vuelta para bajar de nuevo, llevando consigo el cuerpo inconsciente de Carlos—. Después hablaremos.

Lunes.

   Aunque para el común de los mortales el lunes es el día odiado por excelencia, aquella séptima porción de semana para ella suponía por lo general un día libre que empleaba para comprar lo necesario y descansar antes de comenzar otra dura consecución de jornadas laborales. Sin embargo, aquél en concreto no se parecía en absoluto a los anteriores que hubiese vivido a lo largo de su vida.
   El teléfono la había despertado del duermevela en el que cayó pocas horas atrás, debido al cansancio acumulado. Después de atender a Encarna y asegurarle que se encontraba en perfectas condiciones, pero sin querer ahondar en lo sucedido el día anterior a pesar de su insistencia, le prometió encontrarse con ella por la tarde.
   Ya en la cocina y ante un café bien cargado, optó por darse una ducha. Mientras dejaba que el agua eliminara por completo los miedos que aún consumían sus nervios, rememoró la breve conversación con Lucas en la portería cuando regresó a recoger cubo y escobas que dejó abandonados al huir.
   —No te preocupes —había asegurado—, yo me encargaré de atrapar a ese tipo.
   —Pero, ¿qué quiere? ¿Qué pretende?
   —Es mejor que no sepas nada más. Sólo confía en mí. Llevo tiempo vigilándolo y sé cómo actúa, puedo adelantarme a sus movimientos con facilidad.
   La verdad es que su aseveración la tranquilizó sólo a medias pues, aunque Lucas había llegado a tiempo la noche anterior y noqueó a Carlos, éste logró escapar.
   —Debes seguir como si nada hubiese ocurrido. Ahora que sabe que estoy aquí, se lo pensará dos veces antes de volver a atacarte, pero no debes hablarle de mí a nadie, ¿entendido? No queremos que nada salga mal, ¿verdad?
   «Como si nada hubiese ocurrido», repitió para sí. No era tan sencillo fingirlo después de haber llegado a sentir el calor de las llamas del mismísimo Infierno.
   De regreso en la cocina echó un vistazo al interior de la nevera y volvió a cerrarla de igual forma. El hastío que la embargó llegaba incluso a afectar su apetito. Se sentó en el sofá y encendió la radio, pero le fue imposible sintonizar una cadena sin interferencias. Sólo faltaba que se estropeara, pensó antes de apagarla de nuevo. Echó mano del libro que llevaba semanas sobre la mesita auxiliar reclamando su atención y que tantas veces había dejado para más tarde sin llegar a cumplir esa promesa. Trató de centrar la atención en la lectura pero,  pasados diez minutos y tras regresar varias veces al inicio de la página para lograr comprender el texto, lo dejó por imposible.
   Abandonó la comodidad del asiento notando que necesitaba actividad. En realidad sabía que lo que el cuerpo le pedía era ir al exterior, pero se empeñó en desoírlo durante casi una hora. Cuando se le antojó que las paredes comenzaban a combarse para atraparla bajo ellas, cambió el calzado por uno de calle y salió. Una vez fuera, respiró profundamente hasta sustituir por aire libre el opresivo y viciado de su apartamento que, hasta el momento, había llenado sus pulmones. El ejercicio de relajación consiguió animarla en gran medida y, tras mirar a un lado y a otro, echó a caminar sin rumbo fijo. No sabía si estaba haciendo bien, o si entraba dentro de  la normalidad que mencionara Lucas, pero desde luego le estaba sentando de maravilla. En cierto modo, saberse protegida por alguien ya conseguía que lo viera todo de forma distinta.
   Llevaba caminando unos buenos veinte minutos, sin pensar en nada más, cuando al levantar la vista observó la fachada de ladrillo visto de la pequeña parroquia de Sant Josep Oriol. No recordaba cuando fue la última vez que entrara en una iglesia y, de alguna forma, pensó que quizá fuera una ofensa hacerlo en aquel momento. No lo sabía con certeza. Nunca había sido una buena católica. En su casa jamás nadie lo fue del todo. De cualquier modo, estaba pisando uno de los terrenos más antiguos de la ciudad, uno que se remontaba a tiempos romanos y, sin saber muy bien cómo, se encontró pensando que, a pesar de todo, ocurriera lo que ocurriese con sus habitantes, otros tomarían el relevo para que la ciudad continuara adelante, traspasando el tiempo. Quizá por ello la hermana de su compañera eligiera aquella iglesia para contraer matrimonio. Se encogió de hombros y, antes de continuar su camino, concluyó que la boda sí sería una buena excusa para visitarla.
   Dejándose llevar por sus pensamientos, echó mano del teléfono móvil y llamó a Encarna.
   —¿Sí? —respondió ella al otro lado.
   —Soy yo.
   —¡Ah! Hola Paula. ¿Qué? ¿Qué hay? —Paula se extrañó de que su amiga respondiera al teléfono de aquella forma, apresurada e incómoda, como cuando en el trabajo cogía por sorpresa a algún niño hincando la uña en alguna de las piezas de fruta.
   —Estoy cerca de tu casa y me preguntaba si te apetece adelantar un poco nuestra cita.
   —Pues la verdad es que… —Encarna hizo una pausa—. Sí, sí, está bien —respondió finalmente.
   —Si ya tienes planes, podemos…
   —No. No, no, no —la cortó de pronto—. ¿Vienes aquí o nos vemos en algún sitio?
   —Estoy a dos minutos de tu portería.
   —Ah, genial. Pues bajo enseguida —dijo antes de colgar.
   Aun antes de llegar a su edificio ya vio que Encarna caminaba hacia ella alzando un brazo a modo de saludo.
   —Qué rápida has sido.
   —Ya estaba arreglada —respondió quitándole importancia—. Bien, ¿qué te parece si nos sentamos en una de las terrazas de la Pallaresa? Allí nos dará el aire y si luego nos apetece podemos dar un paseo por el parque.
   Sin esperar respuesta Encarna tomó del brazo a Paula, encaminándose hacia allí.
   —¿Estás bien? —se atrevió a preguntar a su amiga cuando ya se encontraban sentadas frente a un refresco.
   —Sí, claro que sí. ¿Por qué no iba a estarlo?
   —No sé, Encarna. Te noto rarísima y se supone que soy yo quien debería estarlo.
   —Y a propósito de eso —dijo sonriendo con torpeza—, ¿qué ha conseguido que hayas salido de tu casa cuando ayer tuve que arrancarte casi por la fuerza?
Paula no supo cómo responder a la pregunta sin faltar a la advertencia que le había hecho Lucas. Cogió el vaso y dio un sorbo para darse tiempo a encontrar la forma de salir de aquel atolladero, pero Encarna continuaba mirándola esperando a que se pronunciara.
   —Hay alguien ayudándome —confió al fin, no podía mentir a la mujer que tanto se preocupaba por ella—. Pero no puedo decirte nada más.
   La reacción de Encarna fue aún más asombrosa. Si la conocía como creía, debía de haber insistido en que le explicara más, sin embargo sus ojos  se abrieron desmesuradamente y el rostro se le descompuso solo durante un breve segundo, antes de tomar el control de sus emociones y sustituir todo ello por una tensa sonrisa.
   —Quizá por la denuncia que pusimos ayer, ¿no? —acertó a decir al notar que la evaluaba.
   —Sí, seguramente.
   El silencio, ese que jamás se hacía presente entre ellas, se impuso por primera vez desde que se conocieran. Paula miró de reojo a su amiga, que intentaba por todos los medios parecer la mujer tranquila y positiva que conocía, sin conseguirlo.
   —Oye –dijo al darse cuenta de que la observaba de nuevo—, ¿qué te parece si comemos algo aquí y después acompañamos a la futura novia a la última prueba del vestido? Seguro que a Lola le encanta la idea.
   —La verdad es que tenía pensado volver a casa y hacer algunas cosas. Mañana es día de cole.
   —¡Qué demonios! Una compañera no se casa todos los días. Venga, ahora mismo la llamo y la convenzo para que se apunte también a comer —dijo y marcó antes de que Paula pudiera decir nada más.
   Tal como augurara, Lola apareció en cuestión de quince minutos y, de algún modo, trajo la normalidad con ella. Volvieron a charlar animadamente de esto y de aquello, de lo divino y lo humano, de la boda y del trabajo. La prueba del vestido fue un momento conmovedor que compartieron junto con la hermana que se presentó en el último segundo, uniéndose a los aplausos y vítores hacia la deslumbrante novia. Al acto le siguió otra visita a una terraza, esta vez en plena Rambla, donde dieron cuenta de al menos tres rondas de cerveza bien fría.
   Cuando la tarde terminó y comenzaba el ocaso, empezaron las despedidas hasta el día siguiente, pero Encarna no permitió que regresara sola a su casa y ésta no puso impedimento alguno en que la acercara con el coche.
   —¿Quieres que te acompañe hasta arriba? —ofreció cuando detuvo el vehículo frente al edificio.
   La pregunta no dejó de suscitar ciertas dudas en Paula que poco tenían que ver con una respuesta afirmativa o negativa. Su amiga no sabía nada de lo ocurrido la noche anterior, ¿por qué entonces ofrecía algo así?
   —¿Lo crees necesario? —la tanteó.
   Tardó algo más de un segundo en responder.
   —¡No! —volvió a componer aquella tensa sonrisa—. Qué tontería, ¿verdad? Dudo mucho que ese tipo se atreva a asaltarte en la misma escalera de tu casa.
   La respuesta la dejó aún más desconcertada y sin saber muy bien cómo despedirse de Encarna, le agradeció su compañía y musitó un «hasta mañana».
   Sin embargo, antes de abrir por completo la puerta no pudo menos que echar un vistazo al interior para asegurarse que no había nadie dentro y subió los escalones de dos en dos. Cuando ya se felicitaba por la valentía y el arrojo que había supuesto atreverse a estar todo el día fuera de casa, unos dedos se cerraron, de pronto, sobre su hombro derecho. Dio un respingo y las llaves resbalaron del puño, precipitándose hasta el suelo donde se estrellaron originando un estruendoso y reverberante ruido. Sólo cuando se giró para ver quién era, logró llevarse una mano al pecho para tratar de calmar su corazón.
   —Lucas… —babució.
   —Te advertí que no hablaras con nadie —dijo—, ahora deberé cambiar mis planes. Y tendré que acompañarte allá donde vayas.

Martes.

    En otras circunstancias la advertencia de Lucas seguramente hubiese sido motivo de discusión y profunda indignación, sin embargo, después de lo acaecido en los últimos días, se tradujo en cierta tranquilidad. Saber que velaría por su seguridad incluso durante las horas que pasara fuera de casa consiguió que disfrutara de un completo y reparador descanso durante toda la noche.
    Tal como anunciara, lo encontró nada más abrir la puerta de casa, esperándola. No dijo palabra y se limitó a seguirla por las escaleras hasta llegar al exterior.
    —Espero que no hayas pasado ahí toda la noche —dijo, al notar cansancio en su rostro mientras caminaban.
    Lucas no respondió. Ni siquiera compuso gesto alguno del que pudiera extraer una respuesta.
    —Me sentiría mal si mi situación te estuviese privando del descanso —añadió pero su acompañante continuó en estoico silencio—. No eres muy hablador, ¿verdad? ¿A qué te dedicas? ¿Eres investigador privado o algo así? ¿O un poli de la secreta?
    Paula no pudo reprimir un ligero sobresalto cuando Lucas la miró de pronto con el ceño fruncido durante un breve instante, antes de volver la vista al frente y continuar andando. Quizá no le gustara responder preguntas, pensó, o acaso fuera posible que no pudiera hacerlo. ¿Quién sabía las órdenes que estuviese cumpliendo? En cualquier caso, si quería seguir en silencio, lo respetaría. Sentía que le debía al menos eso después de haber faltado a la petición de no hablar con nadie acerca de su intervención en el caso.
    La jornada laboral fue agotadora pero al menos recuperó el control de la situación. Pudo emplear los cinco sentidos en lo que estaba haciendo. Su jefe volvió a su acostumbrada actitud, ignorándola por completo. Algo que agradecer, sin duda. Trabajar con los ojos del jefe clavados en el cogote no era un buen augurio para su futuro laboral. Lo único que empañó brevemente la mañana fue la ausencia de Encarna. Al parecer su amiga había faltado al trabajo aquel día, alegando enfermedad. Mientras regresaba a casa, seguida por la silenciosa figura de Lucas, unos pasos por detrás, anotó que la llamaría nada más llegar.
    —¿Vas a continuar con la vigilancia? —preguntó a Lucas mientras buscaba sus llaves en el bolso.
    —Sólo hasta mañana. Te dije que tendría que cambiar de planes —respondió sin esconder la recriminación que merecía.
    Paula bajó los ojos avergonzada antes de entrar en casa. Cerró la puerta aún con la sensación de haberle faltado gravemente y apoyó la frente en la superficie de madera, preocupada por lo que pudiera significar ese cambio que había mencionado. Pero antes de que pudiera si quiera recuperarse, una mano se cerró fuertemente sobre su boca y se vio arrastrada hacia el interior del apartamento.
Mientras veía como sus talones resbalaban sobre las baldosas del suelo irremediablemente, todas las pesadillas sufridas durante las noches anteriores adquirieron una realidad pavorosa.
    —Shhh —oyó en su oído—. Tranquila, soy Carlos.
    Saber la identidad de quién se había atrevido a asaltarla en su propia casa aún la aterrorizó más. Su corazón latía a un ritmo frenético y las lágrimas empezaron a aflorar incontenibles. Allí, a pocos pasos, al otro lado de la puerta estaba su salvador, sólo necesitaba zafarse y llegar hasta ella. Intentó gritar pero el sello que formaban los dedos sobre sus labios se le antojó casi hermético, apenas dejó pasar un susurrante lamento. Forcejeó cuanto pudo pero Carlos se las arreglaba muy bien para evitar que escapara. Una masculina mano se cerraban en torno a sus muñecas, cual grillete de acero, y sintió como si le clavaran cristales en los hombros cuando el hombre tiró hacia atrás para intentar evitar las patadas que conseguía lanzarle. Todo su mundo se vino abajo cuando vio que entraban en su dormitorio, el lugar más alejado de la puerta que significaba su huída.
     Sintió el frío metal de unas esposas en la espalda, sustituyendo la mano que la mantenía presa, y cómo después, con más libertad de movimientos, se afanaba en aplicar una rápida mordaza. Cuando lo consiguió, solo tuvo que empujarla para hacerla caer sobre la cama.
    —Siento tener que hacerte pasar por esto, pero no puedo dejar que lo alertes.
Sus ojos estaban tan inundados que apenas lograba verlo con claridad. Tembló al sentir el peso de Carlos sobre el colchón al sentarse.
    —Joder, esto está resultando ser más complicado de lo que debería —dijo para sí mismo mientras enterraba el rostro entre las manos, en un gesto de agotamiento.
Aprovechando que Carlos no la miraba, Paula intentó recular despacio para no alertarlo, pero el enredo de las sábanas se lo impidió y se maldijo mil veces por no habérsela dejado hecha. Sólo podía probar una cosa más: levantar las piernas para tomar impulso e intentar realizar una voltereta sobre la cama. Si conseguía poner los pies en el otro lado quizá tuviera una oportunidad. Pero Carlos supo al instante lo que pretendía y le aprisionó las rodillas bajo el peso de sus muslos, sentándose a horcajadas sobre ella.
    —Te ha engañado, Paula. No debes confiar en él.
    Carlos comprobó que fruncía el ceño. Su rostro mostraba el pánico que debía estar sintiendo en aquel momento y se odió por ello. Pero era la única manera de mantenerla a salvo, se dijo para aquietar su espíritu.
    Paula se sirvió de aquel momento de vacilación en su captor para elevar la mitad superior de su cuerpo con extraordinaria rapidez e incrustó la frente sobre el puente de la nariz de Carlos con toda la potencia que pudo reunir. El hombre perdió el norte por un instante, inclinando el cuerpo ligeramente hacia la derecha, ventaja que Paula utilizó para alzar una rodilla y encajarla en la entrepierna. Con la adrenalina inundando sus venas consiguió levantarse y alcanzar el salón. Sus pies llegaron incluso a recorrer la mitad del pasillo en cuyo final estaba la puerta de salida.
     Gritó cuando Carlos la sujetó por el pelo, un grito que apenas duró una milésima de segundo ahogado de nuevo por aquella odiosa mano, y tuvo que echar el cuerpo hacia atrás para evitar el dolor. Cazada otra vez, desanduvieron el camino y pronto se encontró en el punto de partida, sentada sobre su cama.
    —Basta —dijo cuando intentó volver a levantarse colocando una pierna sobre las suyas para inmovilizarla.
    Una gota de sangre manaba de la pequeña brecha que había logrado hacerle en el hueso de la nariz y no pudo menos que sentir un lejano eco de satisfacción. Comprendió que Carlos había entendido aquella muestra de absurdo orgullo pero, para su completo asombro, el hombre sólo evidenció algo semejante a la aflicción.
    —No voy a hacerte daño. Te quitaré las esposas y la mordaza cuando esté seguro de que no vas a intentar escapar. Lucas no es tu salvador. No es el salvador de nadie. Está loco y puede ser muy peligroso. Llevamos bastante tiempo tras él, pero es escurridizo como una jodida anguila —hizo una pausa, comprobando que Paula giraba el rostro resistiéndose absurdamente a escucharle—. Lleva tiempo actuando tanto en Santa Coloma como en las ciudades colindantes. Aún no ha matado a nadie pero sí que ha provocado situaciones que podían haber terminado muy mal. Algunos de mis compañeros han comenzado a llamarlo “el azote de los polis”.
     Carlos la miró un segundo antes de continuar: ella seguía empeñada en clavar sus ojos en algún punto entre las sábanas. Trató de hacerle cambiar de parecer tomándola por el mentón para obligarla a que lo enfrentara, pero Paula se deshizo de sus dedos con un furioso gesto.
    —Supongo que se las ha ingeniado para hacerte creer que él es el bueno de la película. En realidad no le resulta difícil hacerse pasar por alguien de las fuerzas de seguridad. Sabemos que perteneció a ellas y que las abandonó cuando murió su hija. Corre el rumor de que la joven perdió la vida a causa de la negligencia de un policía y, desde entonces, se dedica a hacerle pagar a todo agente cualquier desliz en los protocolos que debemos cumplir. Por eso es tan difícil atraparlo, conoce a la perfección cada procedimiento, cómo trabajamos. Me ha resultado muy difícil lograr separarte de él el tiempo suficiente para mantener tus movimientos bajo control. Gracias a Dios tienes a gente que se preocupa mucho por ti.
     «Gente que se preocupa por ti». ¿Encarna? El día anterior su amiga se había comportado de una forma muy extraña, como si…
Paula se moría de ganas de realizar la pregunta que pugnaba por emerger de entre sus labios. Por fin volteó la cabeza con la incógnita reflejada en los ojos. El hombre entendió y su rostro se relajó visiblemente.
    —Si me prometes que no gritarás te quitaré la mordaza, ¿de acuerdo?
    Ella asintió. Carlos cambió ligeramente de postura, liberando las piernas de la mujer.
    —Está bien —dijo al comprobar que no se movía.
    Sólo entonces manipuló el nudo tras su cabeza y Paula se vio libre de aquella tortura.
    —¿Lo sabe Encarna? —inquirió.
    —Sí. Gracias a ella conseguí entrar en tu casa y colocar algunas escuchas —aclaró mientras también soltaba las esposas—. El día que nos vimos por primera vez, cuando te atracaron, regresé al mercado para intentar obtener de ese modo tu declaración y presentar el atestado correspondiente. Fue entonces cuando lo vi allí, vigilándote — Paula asintió mientras pasaba las manos alrededor de la piel enrojecida de sus muñecas—. Lo reconocí al instante a pesar de esas gafas de sol que llevaba, pero no podía arriesgarme a alertarlo, eso lo hubiera hecho huir. Era importante actuar con inteligencia y capturarlo de una vez por todas. Aunque tengo que reconocer que he cometido alguna que otra torpeza. En mi defensa diré que todo era por tu bien.
     —Pero no tiene nada contra mí. Yo no he hecho nada.
    —No. Y yo tampoco, en realidad. Pero es un enfermo mental y tú eras su modo de “castigarme”. El azar tiene a veces un humor de perros.
    —Imagino que nuestro encuentro en el bar, la noche de la despedida, no fue fortuito.
    —No. No lo fue. Desde el principio supe que tenía que mantenerte vigilada pero tampoco podía hacerlo de una forma convencional. Tengo que pedirte perdón otra vez por lo sucedido entonces. No fue mi intención hacértelo pasar mal pero tenía que retrasar tu llegada a casa para conseguir que un compañero colocara algunas escuchas y cámaras en tu apartamento. Los nervios me hicieron errar y actué como un novato… —resopló incómodo—. No conseguimos nada y además estropeé cualquier posibilidad de llevarte a mi terreno. Tuve esa certeza justo al día siguiente, cuando te seguimos hasta el paseo del rio. La noche que limpiabas la portería, sabía que Lucas estaba allí. Quería hacerte salir del edificio pero sabía que no me resultaría nada fácil. Para entonces Lucas ya sabía que yo había descubierto sus planes pero jugaba a su favor el que me temieras. Con mi torpeza él había ganado tu confianza, así que jugué mi última carta: tu amiga Encarna. Ella sí consiguió retenerte fuera  tiempo más que suficiente, a ti y a él siguiéndote.
    —Pero él te golpeó y…
    —Sí, lo hizo. Pero logré escapar aprovechando su necesidad de calmarte y asegurarte que todo estaba bien. Me libré por los pelos —añadió con gravedad.
    —¿Y qué vamos a hacer? —Paula continuaba retorciéndose las manos con ansiedad.
    —Obligarlo a que cometa un error, ahora cuento contigo. Pero, no debe sospechar que conoces la verdad. ¿Podrás hacerlo?
    —Yo también cometí un error —confesó—.  Ahora asegura que tendrá que cambiar sus planes, ha mencionado algo de mañana.
    —Tranquila, estamos preparados —aseguró, palmeándole los dedos suavemente.
Miércoles.

    La oscuridad se cernía sobre la ciudad mientras Paula ascendía por las precarias escaleras escavadas en la tierra. Salpicando el lugar podían verse los asalmonados haces de luz que derramaban las pocas farolas del Parque Forestal de La Bastida, pero aquella iluminación artificial no era, ni en sueños, suficiente.
    Lucas la condujo hasta la parte de arriba, junto a la carretera, sin quitarle los ojos de encima. Caminaba tras ella, con la mirada fija en su espalda pero sin dejar de vigilar también su propia retaguardia.
    Paula permaneció en silencio durante todo el trayecto: pensando y repitiéndose las premisas que Carlos le había dado por teléfono aquel mismo día: «conserva la calma, actúa como si continuaras confiando en él. Es imprescindible que no sospeche o nos encontraremos en graves problemas. No te preocupes, no hará nada hasta que no esté completamente seguro de que estoy presente, pero si lo haces bien, todo terminará antes de que te des cuenta». Pero aún con aquellas palabras resonando en su mente, le fue imposible reprimirse a la hora de echar un vistazo allá donde oía un mínimo ruido, buscando evidencias de la presencia de su salvador. «Estaremos preparados», le había prometido. Pero a aquellas alturas comenzaba a dudar a quién se refería: si a un grupo de operaciones o únicamente a ellos dos.
    Se apoyó en un lateral de las mesas de madera del merendero, calculando que quizá pudiera servirle de parapeto, metiéndose debajo en caso de problemas, y se cruzó de brazos, arrebujándose en su abrigo, buscando el calor que la ayudara a templar los nervios, sin conseguirlo. «¡Qué tontería!», se dijo, como si un resfriado fuera lo peor que pudiera pasarle.
    —No te preocupes —dijo Lucas sacándola de su ensimismamiento—, vendrá.
    Prefirió no decir nada para evitar que pudiera encontrar algo en su voz que la delatara y se limitó a asentir antes de volver a hundir la cabeza, sumiendo su rostro en la sombra. ¿Por qué demonios se había prestado a aquello? Simplemente podría haber denunciado lo sucedido, solicitando protección policial.
     Los faros de un vehículo que circulaba a gran velocidad, abrieron una brecha en la noche e iniciaron un incesante retumbar en su pecho. Sin embargo, pasó de largo, antes de que llegara al infarto. No podía saber, de ninguna forma, cómo terminaría todo pero tampoco imaginar cómo empezaría. Supuso que Carlos había preferido no decirle nada que pusiera en peligro la operación, pero la espera y la ignorancia le suponían también un letal tormento.
     Pasada una buena media hora sin que ocurriera ningún contratiempo, Lucas decidió cambiar de posición y se lo hizo saber sin necesidad de mediar palabra, limitándose a hacerle un gesto con la cabeza para que se pusiera en movimiento. Arrastrando los pasos, cruzaron la carretera y pronto estuvieron caminando por un lugar aún más oscuro que el primero, adentrándose en el camino que terminaba en el monasterio de San Jerónimo de la Murtra. ¿Sería allí donde había decidido terminar con ella? Desde luego sería mucho más sencillo esconder su cadáver.
     Recorrido el primer tramo, llegaron a una zona desbrozada de matorrales, apenas salpicada por un puñado de pinos, cuando un sonido, que jamás había oído en la vida real pero que reconoció al instante por las películas de acción, se abrió paso a través del silencio nocturno.
    —Deja el arma en el suelo y retírate —oyó la voz de Carlos.
     Su corazón volvió a adquirir protagonismo tanto en su pecho como en sus oídos.
    —Eres un estúpido, chico —respondió Lucas—, no tienes ninguna posibilidad. Te tengo encañonado desde hace un buen rato, mucho antes de que amartillaras tu pistola.
     Paula se giró entonces para verificar las palabras de Lucas y asintió hacia Carlos. Tras su larga gabardina y bajo su brazo, Lucas sostenía algo alargado y metálico. Sólo entonces el joven policía la miró brevemente antes de hablarle.
     —Ocúltate tras ese árbol.
     —Sí, Paula, hazlo —respondió Lucas—. No quiero que salgas herida y este cabrón tampoco quiere que una bala perdida estropee lo que tiene pensado hacer contigo. Pero no lo hagas ahí, donde puede encontrarte, aprovecha la oscuridad y refúgiate en algún sito más alejado.
     Aunque en un primer momento creyó que no podría moverse, porque sus músculos se resistirían a cumplir con la orden, logró salir de su parálisis y correr con torpeza hasta el lugar indicado por Carlos. Momento que aprovechó Lucas para girarse lentamente hasta mirar de frente a su adversario.
     —Deja ya de representar el papel de salvador. Paula ya sabe la verdad —dijo Carlos sin dejar de apuntarlo.
     —No, Paula sabe lo que a ti te interesa que ella crea. ¡Pero te ha engañado! —gritó hacia ella—. Imaginé que intentarías algo así, pero me ha sido imposible evitarlo. Además era la única manera de traerte hasta mí, la única manera de proteger a Paula. ¡Todo lo que te ha contado es mentira! ¡Él es el asesino!
    —¡Miente! ¡No le creas!
    —¡Piénsalo, Paula! ¿Cómo os conocisteis? Él fue quién lo orquestó todo para que aquella noche tu camino coincidiera con el suyo. Lo había calculado todo desde el principio, pactándolo de antemano con el asaltante, por eso logró escapar, lo tenía todo previsto.
    —Otra mentira, Paula. Sabes que no estaba solo y no fue a mí a quién se le escapó ese tipo, sino a mi compañero.
    —Alguien a quien compró, sin duda —rebatió—. Después estuvo siguiéndote, igual que yo. Se las ingenió para hablar contigo en ese local al que acudiste con tus amigas. Fue tras de ti cuando te marchaste, pero únicamente te alcanzó cuando te encontrabas lejos de los ojos de quienes te quieren y podrían dar una descripción en caso de que te ocurriera algo.
    —Ya te expliqué la verdad de lo que pasó, Paula. No le creas.
    —Intenté alertarte de que te seguía cuando corrías en el paseo del río. Organicé a algunos de mis hombres para que te obligaran a girarte y le vieras. ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas los empujones?
Sí, lo recordaba y si era sincera consigo misma, Carlos había dado respuestas a mucho de lo sucedido pero no a aquel episodio en concreto.
    —¿Crees que si yo fuera el asesino habría descubierto mi plan a otros? —añadió Lucas.
    —Sabes que tiene conocidos entre las fuerzas de seguridad.
    —¿Conocidos? Pertenezco a la DAI, el departamento de asuntos internos de los Mossos d’Escuadra. Llevamos tiempo tras Carlos, pero no podíamos hacer nada contra él hasta tener pruebas. Quizá mi error ha sido no decírtelo, pero no podía dejar que pusieras en riesgo esta operación, sin embargo he hecho todo cuanto ha estado en mi mano para protegerte. Jamás has estado sola del todo.
    —Miente, Paula. Está usando la historia real pero no es él el poli bueno y lo sabes.
    No sabía qué pensar. Por un lado Carlos le había explicado una realidad muy parecida pero era cierto que había alguna brecha como la mencionada por Lucas. Por otra parte si aquella operación era tan secreta, también era loable que Lucas no hablara acerca de ella. ¿A quién creer? Muchas veces en su vida se había encontrado en una disyuntiva similar pero nunca en la que se jugase la propia vida.
    —Vamos Paula —volvió a oír a Lucas—, si te equivocas, también Encarna estará en peligro.
    ¡Lo sabía! Lucas sabía que Carlos había involucrado a su amiga en todo aquello y sin embargo había acudido a su puerta aquella mañana.
    —Dijiste que tendrías que cambiar tus planes cuando…
    —Sí, en caso contrario Encarna hubiera muerto antes que tú —respondió Lucas sin dejar de apuntar a Carlos en ningún momento—. Si yo fuera quién crees que soy, ¿habría ido hoy a buscarte siendo consciente de meterme en una encerrona?
    —¿Cómo puedo saber que dices la verdad? ¿Cómo sé que no le has hecho nada ya?
Lucas sacó entonces un teléfono móvil del bolsillo de su gabardina y se lo lanzó a la mujer.
    —¡Llámala!
    Pero ese pequeño desliz sirvió a Carlos para apretar el gatillo, acertando a Lucas en el hombro del brazo con el que sostenía su arma. La fuerza del impacto hizo que el hombre se tambaleara hacia atrás quedando a varios metros de donde había caído la pistola. Carlos se acercó hasta él, sin dejar de encañonarlo.
     —¡Vamos, Paula, ya puedes salir! ¡Estás a salvo!
     —¡No! ¡No lo hagas! ¡Márchate! ¡Vete! ¡Encontrarás a los míos rodeando el perímetro! —gritó Lucas.
     Apretó el teléfono de Lucas entre los dedos, decidiendo si debía llamar a Encarna para verificar la historia, sintiéndose completamente estúpida a merced de circunstancias que le era imposible controlar.
     —¡Es mentira, Paula! ¡Continúa mintiendo porque cree que aún tiene alguna posibilidad!
    —Ése es su juego, Paula. Le gusta jugar con sus víctimas, hacerles creer que pueden confiar en él. ¡Mírame por el amor de Dios! ¡Estoy desarmado! ¿Por qué habría de pedirte que huyas?
    —¡Cállate, maldito hijo de puta! —espetó Carlos golpeándolo con la pistola en la sien.
    Sus dedos volaron sobre el teclado del móvil marcando el 088 justo cuando la siguiente detonación rasgó el silencio en la oscuridad. Las astillas del tronco tras al que se ocultaba saltaron muy cerca de ella. Se le congeló el aliento en la garganta mientras oía la voz de la policía al otro lado del teléfono.
    —¡Ayúdenme…! ¡Por favor…! —balbució a la carrera.
     Un nuevo disparo resonó en la noche y le siguió el sonido sordo de un cuerpo al caer. Las fuertes manos de un hombre la sujetaron por los brazos desde atrás y gritó aterrorizada, creyendo que sería lo último que saliera de su garganta antes de morir.
     —Tranquila, señorita. Ya terminó todo.

     —Acompáñeme.
     Siguió al policía por el pasillo hasta que se detuvo junto a una de las puertas. Éste se hizo a un lado a la vez que giraba el pomo para dejarla entrar. Al otro lado del escritorio encontró algo parecido al eco de una sonrisa. Miró los ojos del hombre y sólo leyó comprensión en ellos.
      —Siéntese, por favor —dijo él—. Celebro ver que se encuentra bien —añadió mientras acompañaba sus movimientos con la mirada y dejaba sobre la mesa los documentos que había sostenido entre las manos.
      No le fue difícil ver su nombre impreso bajo en el visor de la carpeta.
     —Aún tengo pesadillas.
     —Es normal, está todo muy reciente. Pero si se deja aconsejar desaparecerán muy pronto.
     —Después de lo ocurrido es difícil confiar en alguien. Ni siquiera me fío de mi misma.
     El hombre asintió mientras movía ligeramente el flexo y la luz incidió en el pequeño letrerito que descansaba sobre la superficie donde rezaba su nombre y el cargo de responsable del equipo de psicólogos que daban apoyo a las víctimas.
     —¿Cómo está él?
     —Recuperándose.
     —¿Podría ir a verle?
     —Es mejor que no lo haga. Al menos no de momento.
     —Creo que debería pedirle perdón —confesó Paula.
     —No debe sentirse responsable por lo ocurrido. No fue culpa suya.
     —Creí todo cuanto ese asesino me dijo. Sus ojos… Sus expresiones…
     —Era un buen actor, como la mayoría de los psicópatas.
     —No confié en él.
     —Contaba con ello. Quienes forman parte de una operación como ésta saben lo que se juegan y calculan todas las variables posibles. Además, conocía a su rival, eso le permitió obligarlo a hacer un movimiento que no estaba en sus planes. Lo puso contra las cuerdas.
     —Salió herido.
     —Pero usted está sana y salva. Esa es su recompensa. La de todo el cuerpo de policía, en realidad. Ese tipo ya no podrá hacer daño a nadie más.
     —¿Podría hacerle llegar esto? —preguntó extrayendo un sobre de su bolso y tendiéndoselo—. Sólo son unas letras para… Ya sabe…
     —Claro —respondió, recogiéndolo con una media sonrisa—. Le alegrará saber que se encuentra bien.
     —Gracias.
     —Bien, creo que por hoy es suficiente pero espero verla por aquí la semana que viene para evaluar su mejora.
     —Por supuesto —dijo poniéndose en pie—. Gracias de nuevo.
    Regresó sobre sus pasos hasta la puerta, pero antes de salir no pudo menos que volver la vista hasta el pequeño sobre blanco que reposaba a un lado del escritorio y las negras letras que componían el nombre de su destinatario: Lucas.

FIN