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miércoles, 12 de diciembre de 2018

Conectando en preventa

Buenos días!!

Sí, sé que vuelvo a venir tarde!! La idea principal era hacer una entrada semanal los domingo, pero pocas veces puedo hacerlo. Y sí, ya sé que puedo escribirla en otro momento y programar la publicación pero... yo no programo ni el robot de cocina, la verdad.

Si me seguís en Facebook o Twitter os habréis podido beneficiar de la promo que hice durante el día de ayer, con motivo de mi cumpleaños, en la novela La raza número 4 y en la antología Trazos del corazón. Si no te enteraste ¿a qué esperas para contactar conmigo en las redes? Es fácil, a un lado del blog encontraréis los enlaces.

Pero quiero deciros además que ya tenéis en preventa hasta el 20 de diciembre "Conectando" la primera entrega de la Trilogía RNA 3.0. Puedes reservarlo haciendo click aquí

Tengo ya ganas de que podáis echarle mano y me contéis vuestro parecer pues, como os comenté, es un trabajo que lleva a cuestas bastante documentación y mucho tiempo. He estado pensando en preparar algo para que sepáis de qué va la historia sin revelar más de lo necesario, pero para un autor eso es bastante complicado (quizá por eso no se me da bien redactar sinopsis). El caso es que no se me ha ocurrido nada mejor que avanzaros el "antiprólogo" que ha escrito mi "archienemigo" Juan de Dios Garduño, escrito, guionista y director, así, además de revelaros cual es la razón por la que pasamos de ser amigos a ser enemigos sabréis un poco más acerca de la obra y sus personajes.


Antiprólogo:

Estimada Jezz Burning:
Te preguntarás por qué te escribo esta carta, alguien tan importante y ocupado como yo, y sin ningún motivo aparente. Una carta a mano, como ya no se hace hoy en día. Bueno, pronto quedará resuelta esta duda. Me regodeo en ella.
La respuesta es: te odio.
Sí, no me mires con esa cara de asombro, que seguro que has notado en esta última semana mis miradas fulminantes, mis respuestas secas hacia tus preguntas, mis desprecios hacia tus invitaciones a café. No, pues no te equivocabas, no. Y ahora te preguntarás, ¿pero qué le pasa a este si yo no le he hecho nada? ¿Qué está diciendo? ¡Si somos buenos amigos!
Pues mira, te lo voy a decir también, “amiga” Jezz. La semana pasada, por equivocación, me mandaste un email con el archivo adjunto de tu nueva novela. Sí, esa de “Conectando vol.1”, no sé a quién se la mandarías pero acabó en mi Hotmail. El caso es que ponías que la leyera para el tema del prólogo. En un principio quise avisarte de tu error, pero soy muy cotilla, ya lo sabes, y no pude evitar echarle un ojo a las primeras páginas (y eso que odio leer en el ordenador). Maldición, ¿por qué lo haría? Tuve que haberla borrado en cuanto vi que se trataba de una equivocación. Antes eras mi amiga y ahora te odio, y reconozco que es por pura envidia. Soy humano, perdóname.
Si yo tuviera que escribirte el prólogo, que jamás lo haría porque la envidia me lo impediría, diría que has escrito una gran novela de… de…
¡Mierda!, si es que va de tantas cosas y están todas tan bien hilvanadas que no podría decir que pertenece a un género en concreto. Que si tiene su toque de ciencia ficción, que si tiene misterio en las dosis justas, que si tiene amor (qué mal lo he pasado, peor que la protagonista), que si habla sobre la amistad, que si tiene tintes políticos, ¡no es justo! ¡Y encima una trilogía! ¿No te da vergüenza? Y lo peor de todo es que pienso que la puede leer desde un adolescente a un adulto y la disfrutarían igualmente, ¿pero cómo lo has hecho? ¿Cómo? ¡Dime el secreto ahora mismo!
Y si solo fuera el argumento, pero es que encima escribes bien (esto nunca lo reconoceré en público). Me ha encantado la prosa, ni simple ni barroca, el proceso de documentación que has llevado a cabo, ¡si pareciera que has ido al futuro en el que viven los protagonistas! el modo de darles vida y personalidad a tus personajes… ¡Ahhh, te odio, Jezz Burning, no sabes cuánto!
En fin, solo quiero que sepas, “amiga”, que pienso hacer campaña contra tu novela para que no se venda nada. Será un trabajo muy duro, porque la calidad de tu obra es poco cuestionable. Pero no me amedrento, lo conseguiré. Y espero que no salgan las continuaciones, porque de ser así las compraré solo para criticarte.
Deseándote un fracaso comercial, se despide tu antiguo amigo Juande Garduño.

Juan de Dios Garduño
Autor de "Y pese a todo", llevada al cine como "Extinction"

Guionista y director de los cortometrajes "Fe" y "Lobisome"


lunes, 26 de noviembre de 2018

Un poco de color para el martes

Buenas tardes de lunes!

Casi todo el mundo odia los lunes, ¿verdad? A mi personalmente me gustan menos los martes, porque no son nada... Están ahí... ¿para qué? ¿de relleno? A ver: los lunes es inicio de semana, los miércoles mitad de semana (laboral claro), los jueves... mucho se ha hablado de los "juernes" y los viernes está considerado como fin del periodo laboral e inicio de los días de descanso y fiestuqui. Pero, ¿qué leches son los martes? Me reafirmo: los martes no son nada! Son una piedra en el camino hacia la felicidad, un día perdido, un día que además si cae en 13.. pues ya sabéis, ¿no?

Por eso, para darle al martes un poco de protagonismo os animo a que os hagáis con una buena lectura y le demos un poco de color a lo mustio.

Y qué mejor color que el rojo pasión!! Ese rojo pasión del corazón de la portada de la antología de relatos que ya está a la venta en Amazon.

TRAZOS DEL CORAZÓN.



¿Sabéis que haciendo clic sobre la portada podéis leer las primera páginas? ¿Sí, verdad? Mola poder catar un poco antes de comprar, pero llevo mucho tiempo en la literatura romántica como para no saber que a vosotros lo que os va es lo duro y claro en las primeras páginas poca "dureza" aparece. Así que para tentaros os dejo un extracto de uno de los relatos que podréis encontrar.

(...) Prácticamente se sintió arrastrada a la silla objeto del espectáculo. Adrián no le dio apenas tiempo de reponerse cuando ya estaba delante de ella impidiendo que se levantara de allí. Ocultando el rostro al resto de las asistentes por un momento, éste le guiñó un ojo y le brindó una sonrisa llena de picardía que Mina no supo cómo interpretar.
Comenzó entonces el verdadero espectáculo. Adrián siguió en la tónica de movimientos lentos, sensuales y acompasados, hasta que la música llegó a sus tonos más altos y, frente a las invitadas, inclinó su cuerpo antes de arrancarse el pantalón de un ademán, dejando al descubierto sus fuertes piernas y quedando su trasero, cubierto por un trocito de tela del tanga negro, a tan sólo unos centímetros del rostro de Mina. Ésta no sabía adónde mirar pues todo su campo de visión lo cubría el musculoso cuerpo de Adrián que ahora reía internamente imaginando la incomodidad de Mina.
Había esperado que el hombre no disfrutara tanto del brete en que la había puesto pero una ligera mirada de sus ojos le bastó para advertir lo equivocada que estaba: aquel maldito estaba pasándolo en grande. Bien, pensó Mina, a esto podemos jugar los dos.
Las carcajadas que Adrián guardaba para sí, se vieron interrumpidas por el contacto de unas uñas que avanzaron desde su trasero hasta las corvas de sus piernas. Ladeando un poco la cabeza vio la sonrisa malévola de Mina. De acuerdo gatita, pensó, te gusta el riesgo... a ver hasta donde llegas.
Adrián aprovechó la posición para quitarse zapatos y calcetines y después volvió a erguirse en toda su estatura. Encarando ya a Mina, abrió su camisa rápidamente y colocando una pierna a cada lado de la silla, subió y bajó el tronco a escasos centímetros de ella. Ésta lo tomó por la cintura y sacó la punta de su lengua para acercarla al torso masculino aprovechando el vaivén de su cuerpo. La erección de Adrián fue automática y arrolladora. Jamás hubiese pensado que Mina fuera capaz de aquello pero sonrió interiormente con aprobación.
A Mina, la idea le pareció buena en un primer momento, pero pronto supo que resultaría un terrible error. Tan cerca de su cuerpo podía percibir el aroma dulzón del perfume que usaba y eso la afectó más allá de lo esperado: tensando sus músculos, alertando cada una de las terminaciones nerviosas y alterándole los nervios que intentaba por todos los medios mantener bajo control.
La respiración agitada y entrecortada de Mina, acabó con el poco autocontrol de Adrián. Olvidándose de la expectación a su espalda, en su mente tan solo existían ellos dos. Sus manos adquirieron vida propia y comenzaron a pasearse por su propio cuerpo, lenta y armoniosamente hasta sus rodillas, punto de unión con el maravilloso y anhelado cuerpo de ella. Como si de un dibujante se tratara, contoneó en el aire la figura de la mujer: los muslos, el vientre, los senos, el cuello...
Mina no sentía el contacto directo, pero sí su calor amenazando con derretirla, convirtiéndola en puro fuego. Por fin, los dedos de Adrián rozaron su mentón, a la vez que él mismo la rodeaba, para acercarse aún más a ella. Aunque no podía verle notaba su respiración, cálida y húmeda en el hueco del cuello. Mina cerró los ojos fuertemente, reprimiendo la sensación que recorría por su espalda. Se humedeció los labios sin apenas darse cuenta, preparándose para recibir los de él, un beso que su cuerpo clamaba como agua para calmar la sed. Pero aquella deseada caricia no llegó.
A los oídos de Adrián volvieron los compases de la música devolviéndolo a la realidad. Intentando por todos los medios terminar lo más rápidamente posible ya que peligraba su salud mental. El juego en el que habían entrado era extremadamente peligroso para ambos.
De un rápido movimiento terminó de arrancarse la camisa del cuerpo y sujetándola con su mano izquierda, desenganchó el pequeño broche que sujetaba el tanga en la espalda, dejándolo caer al suelo. Se acercó lentamente a la mesa y se encaramó a ella ágilmente para quedar de rodillas e inclinándose hacia atrás, derramó sobre sí mismo el contenido de la copa de cava mientras la música tocaba a su fin. (...)
Extracto de Trazos del Corazón. Jezz Burning. Todos los derechos reservados. 


domingo, 13 de mayo de 2012

Hablemos de La raza número 4

Muchos, casi todos, los que me leéis conocéis a Jezz Burning, la autora de novela romántica. Supongo que es normal ya que empecé a publicar con este nombre hace ya seis años. No obstante y aunque en los próximos días os aportaré algunos datos interesantes sobre la Saga Licos, tal como mencioné en mi anterior entrada, hoy quiero traeros algunos apuntes sobre esa otra parte que disfruta escribiendo thirller, la que firma con mi verdadero nombre: Raquel Barco.

Hablemos pues sobre "La raza número 4"

Sintetizar esta novela en unas pocas frases me resulta complejo y creo que las personas que la han leído tienen el mismo sentimiento o al menos es una tónica común en las reseñas y críticas que han hecho. No en vano lleva la carga de 3 años y pico de investigación y documentación entre sus páginas.

Sí porque aunque La raza número 4 es un thriller en toda regla, fantástico si queréis pero thriller, casi la mitad del libro responde a datos y ambientación histórica. Es ficción, de eso no cabe ninguna duda, pero es una ficción que nace directamente de la realidad: datos, lugares, cataclismos e incluso personajes.

La estructura de la novela es también complicada. Está dividida en tres partes: el cristal, la piedra y la tierra. Esta división responde a la necesidad de no descubrir el pastel hasta el final Y vosotros pensaréis: ¡toma, claro! Pero no es tan sencillo cuando ese pastel está supeditado a unos datos completamente reales.

Necesitaba hacer bloques temporales y colocar el primero de ellos al principio. A lo largo del libro descubriréis que los capítulos impares están construidos por una línea argumental contemporánea y continua;  y los pares, de varias históricas. Y era esa parte histórica la que me interesaba dividir.  De lo contrario, en lugar de un thriller, el resultado hubiera sido una tesis doctoral de Jiménez del Oso o Iker Jiménez.

A pesar de todo tenía documentación que era imposible novelar. Algo hay que dejar para la trama contemporánea… Quería facilitarlos de un modo ameno e interesante y qué mejor que los diálogos, pero para ello necesitaba un personaje entendido en el tema y otros que necesitaran saber. Así nacieron los protagonistas del libro: Eve, Abel, Bill y el teniente Nick Parker.

Además de toda la trama que volverá medio majaras a estos personajes de ficción y que, como digo se desarrolla en nuestros días, en la primera parte, El cristal, descubriréis de manos de ilustres personajes como; el Doctor Jason Manson Valentine, descubridor del Camino de Bimini; la increíble experiencia del submarinista Ray Brown, en las profundidades cercanas al triángulo de las Bermudas; y las peripecias de un cazador de tesoros de origen español siguiendo los pasos de la arqueóloga chilena Ana María Barón en el volcán Licancabur; un objeto que ha traído de cabeza a muchos investigadores y científicos por su semejanza a las tan famosas calaveras de cristal.

En la segunda, redescubriréis a un nuevo e inquietante, si es que se puede ser más, dirigente del III Reich en la búsqueda de una pieza que ha sido representada y llamada de mil formas distintas pero que es la piedra angular de muchas tradiciones y religiones, entre ellas la católica.

La trama general gira en torno a una leyenda muy antigua, ya narrada en escritos sumerios: la existencia de Mule, Thule, Lemuria, Hiperbórea, la Atlántida... Agartha. Ciudades y continentes perdidos.

Por todos es conocido, gracias a la ciencia, que nuestro planeta está en constante cambio. Gracias a la deriva continental sabemos que existió un supercontinente llamado Pangea. Pero quienes hayan querido ir más allá sabrán que antes de este, nuestro mundo ya había sufrido muchos más cambios, abriéndose y cerrándose de nuevo, formando nuevos dibujos en la corteza sobre la que vivimos. Sería fácil pensar que sí pudo existir un antiguo continente lleno de sabiduría y tragado por la aguas. Sería fácil pensar que por eso se encuentran rastros de aquella antigua civilización en puntos tan dispares de la tierra. O que quedara sepultada bajo un blanco manto nevado…

O que, efectivamente exista una civilización subterránea, una tierra hueca, teoría con la que jugaron eminencias como el gran matemático Euler o el mismísimo Edmundo Halley y de la cual ya nos hablaron Edgar Allan Poe en 1833 con “Las aventuras de Arthur Gordon Pym” y Julio Verne en 1864.

O quizá, sólo fueron las visiones del enigmático síquico Edgar Cayce, apodado “El profeta durmiente”, quien se adelantó a muchos momentos que el mundo ha vivido gracias a sus, como él las llamó: lecturas.

Como ya he dicho, La raza número 4, es un thirller fantástico pero que estoy segura conseguirá que os hagáis alguna que otra pregunta.
Fragmento:
—Abel— repitió en murmullos, abriendo la puerta lo suficiente para entrar.
—¡Joder, Eve! ¡Me has dado un susto de muerte! —exclamó a su lado, sobresaltado.
La mujer, con los ojos desorbitados, le tapó la boca para evitar que continuara gritando:
—Calla —exigió—. Alguien ha entrado en tu casa.
Las rectas cejas de Abel se juntaron sobre su nariz y se formaron arrugas entre ellas. Asintió en señal de comprensión y Eve dejó caer la mano a un costado.
—¿Quién es? —preguntó también en sususrros.
—¿Y cómo quieres que lo sepa? No me quedé para recibirlo. Por la forma en que ha forzado la entrada dudo que venga a presentarte sus respetos por la muerte de tu padre.
—¿Y qué hacemos?
—Voy a llamar a la Policía —respondió mostrándole el teléfono, pensando ya cómo explicar su presencia en casa del abogado que ejerció de acusación durante el proceso que terminó con sus huesos en la cárcel. Se dispuso a marcar—. ¡Joder! No hay cobertura —dijo con tanta frustración por ello como por no poder expresar su enfado en voz alta—. ¿En qué mierda estaba metido tu padre, tío?
—Eso mismo me he preguntado desde el instante en que lo asesinaron —respondió con sequedad antes de dirigirse al escritorio del fondo.
(…)
Abel tomó asiento ante la mesa atestada de papeles y tecleó algo en un portátil. Supuso que era lo que había estado haciendo hasta que la oyó llegar.
—¿Qué hacemos con ese de ahí arriba?
—¿Te ha visto? —preguntó Abel alzando la mirada.
—No. Conseguí entrar en el despacho antes de que abriera la puerta; rompió uno de los cristales de la entrada. Después, cerré la estantería detrás de mí.
Abel pareció meditar la respuesta durante unos segundos.
—Entonces dudo que nos encuentre. Me he criado aquí y jamás imaginé que existiera esta habitación.
—¿Cómo saldremos? No sabemos si hay un mecanismo de apertura.
—Tiene que haberlo. Daremos con él —dijo volviendo a prestar atención al ordenador.
Eve se envaró, no demasiado conforme con aquella respuesta. Quería salir de allí, irse a casa y olvidarse de aquella noche de locos para siempre.
—Destrozará la casa —aseguró.
—Lo sé— Abel mordió las dos palabras con evidente rabia.
—Mira, tío, tú puedes tener todo el tiempo del mundo, pero yo debo entrar a trabajar en menos de dos horas.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo pretendes salir sin saber si aún sigue ahí nuestro visitante inesperado? Quizá… No. Quizá no. Lo más probable es que vaya armado. Entonces, ¿qué? ¿Nos turnamos para hacerle de diana? —preguntó harto del constante mal humor y las imposiciones de la mujer. Respiró hondo para clamarse y trató, nuevamente, de ponerse en su lugar—. Mira, Eve, también yo tengo obligaciones, pero no podemos arriesgarnos a salir sin saber qué quiere. Podríamos ponernos en peligro sin necesidad. Tú misma has vuelto, contra tu propia voluntad.
—¿Y qué tienes planeado? ¿Quedarnos aquí encerrados hasta que el desierto se convierta en un vergel? —dijo golpeándose las caderas antes de dejarse caer sobre el sofá y cruzar las piernas y brazos en actitud infantil.
—Esperaremos un rato antes de subir para averiguar si se ha largado. Después yo te llevaré al trabajo, ¿de acuerdo? Nos dará tiempo —respondió con firmeza. Abel espero al menos un gesto de asentimiento, que no se produjo—. Dame un respiro, Eve. Intento llevar esto de la mejor forma posible, ¿vale?
—Odio los espacios cerrados —reconoció, y aunque trató de mantener un tono neutral, Abel percibió una pincelada de la ansiedad que debía de estar padeciendo.


viernes, 18 de noviembre de 2011

Extracto de Sucumbir a la noche (Vol V Saga Licos)

Ya podéis disfrutar del prólogo y el primer capítulo de Sucumbir a la noche en el enlace que os dejo a continuación: (haced clic sobre "ver dentro del libro")

http://www.terciopelo.net/novedades/sucumbir-a-la-noche-1132.htm


Y para celebrarlo aquí os dejo un marcapáginas para descargar para todos aquellos seguidores de la Saga Licos!!!



Para descarlarlas: haz clic sobre la imágen y "guardar" :D

viernes, 30 de enero de 2009

EXTRACTO - Noche de Ofrenda (3º Saga Lycos) - Salida Abril 2009

PRÓLOGO
Montañas Great Smoky (Carolina del Norte). Quince años atrás
—Ha quedado muy bien, ¿verdad? –le preguntó él mirando orgulloso hacia todos los lados y a ninguno en particular.
El pequeño fuego que habían encendido en la chimenea iluminaba las paredes de la cabaña aún por decorar.
—Sí, es muy bonita. Has hecho un buen trabajo.
—Hemos hecho un buen trabajo –la rectificó-. Juntos.
—Aunque aún se ve vacía —sentía no poder participar económicamente en aquella cabaña del mismo modo en que lo hacía Unole. A cambio, intentó ayudarle en su construcción de todas las formas posibles.
—Nos encargaremos de llenarla de niños —dijo antes de volver a besarla con renovada pasión.
Galilahi le rodeó el cuello con sus brazos y respondió a su beso entregándoselo todo. Unole se separó un poco de sus ardientes labios y suspiró.
—Es algo tarde, deberíamos marcharnos —su dedo índice vagó perezoso por el canal que formaban los pechos femeninos.
Galilahi compuso un mohín de disgusto.
—Otras veces hemos estado hasta bien entrada la noche —repuso.
—Lo sé. Pero precisamente por eso los viejos comienzan a murmurar y no quiero que nadie diga nada feo sobre mi preciosa futura esposa. Además, creo que Anitsutsa se huele algo. Vigila todos mis movimientos y si no me encuentra en la cama… —puso los ojos en blanco—. No quiero que descubra la existencia de la cabaña hasta que estemos a punto de casarnos.
—Tu hermana es increíble. Ya debería haberse dado cuenta de que lo nuestro va en serio. Estoy harta de oír lo de que sólo somos un par de niños.
—Déjala. No te preocupes, algún día acabará por aceptarlo. Lleva una temporada especialmente quisquillosa. Por lo visto las últimas noticias que le han llegado de ese Consejo, o como sea que ella lo llama, la han puesto más nerviosa de lo habitual —explicó. Unole dejó el lecho que hasta el momento habían compartido durante la última hora, sintiendo un acusado mareo —. Creo que hemos bebido demasiado —comentó sonriendo mientras se llevaba una mano a la frente como tratando de frenar así el bailoteo de su visión.
—Vuelve a la cama conmigo Unole, está lloviendo, ¿vas a cambiar el calor de mis brazos por la helada lluvia? —le tentó.
—No cambiaría por nada el calor de tus brazos, ni el de todo tu cuerpo —añadió acariciándola con la mirada—. Pero he de volver, lo sabes.
—Está bien —se dio por vencida y se levantó de la cama para tomar su ropa. La bebida ingerida también le jugó una mala pasada y perdió el equilibrio un par de veces en el proceso de vestirse.
—Además —añadió Unole abrazándola desde atrás—, pronto llegaré a la mayoría de edad y estaremos juntos para siempre. Ni los ancianos, ni Anitsutsa podrán oponerse.
Galilahi giró, encerrada entre los brazos de Unole, para recompensar sus palabras con un tierno beso.
—Venga, márchate —le dijo sin demasiada convicción mientras le propinaba un suave empujón en el pecho—. Tienes que descansar.
—Tú también deberías hacerlo ya.
—Y lo haré, pero primero quiero recoger un poco este desastre —señaló las botellas de cerveza, unas a medio consumir y otras vacías; restos moribundos de una tardía celebración por haber terminado la cabaña.
—Deberíamos haberla construido más cerca del poblado.
—¿Y tener que soportar las miradas furibundas de tu hermana mientras trabajábamos en ella? Ni hablar.
—De todos modos en algún momento tendremos que decírselo.
—Como has dicho prefiero hacerlo cuando quede poco para la boda —sugirió traviesa. Unole rió.
—Prométeme que no te matarás limpiando esto antes de dormir. La mañana llega pronto.
—No te preocupes, no me importa hacerlo. Después de todo, no tengo a nadie con quien entretenerme, esto me mantendrá ocupada unos minutos —respondió con un deje de tristeza en la voz.
Él le tomó por los hombros para que le mirara a los ojos. Aquellos profundos ojos negros que tanto amaba.
—En unos meses pondremos remedio a eso, ¿de acuerdo? —la sonrisa de Unole siempre conseguía hacerle olvidar cualquier cosa que no tuviera que ver con él.
—De acuerdo —aceptó con otra sonrisa como respuesta.
Se despidió de ella con un fugaz beso en los labios y haciéndose con el paraguas se marchó. Galilahi permaneció por espacio de unos segundos con la mirada aún clavada en la puerta cerrada. La sonrisa que mostraba su rostro fue decayendo poco a poco hasta convertirse en un ligero eco de la felicidad vivida.
Pronto cambiaría el hecho de tener que despedirse cada noche. Pronto no tendrían que esconder su relación a Anitsutsa. Pronto todos comprenderían que no tenían nada que hacer frente al amor que se profesaban.
Suspiró y centró su atención en el desorden que reinaba a su alrededor. Martillos y sierras se entremezclaban con botellas y migas de los pequeños bocadillos que habían devorado.
Se afanó en recogerlo todo lo mejor que pudo, bregando con los estragos que estaba realizando el alcohol en su visión y su cabeza, cuando entre la ropa de cama reconoció el colgante de Unole.
Su hermana se lo había entregado aquel mismo día, según le había explicado, para alejar de él las malas vibraciones que le rodeaban. ¡Maldita bruja!, pensó sabiendo que esas malas vibraciones a las que se refería no eran otra cosa que ella misma.
Su primer impulso fue lanzarlo a las llamas y dejar que éstas lo consumieran, pero eso podría meter en problemas a Unole.
No. Tenía que devolvérselo. Probablemente si llegaba a casa sin él y Anitsutsa lo notaba, volvería a tenerlo encerrado varios días como castigo. Cualquier excusa era buena para mantenerlo alejado de ella.
Con esa terrible idea en mente, se colocó el colgante en su propio cuello y salió al exterior sin pensarlo dos veces, con la intención de devolvérselo.
La insistente lluvia caía sobre ella pero no le importó en lo más mínimo. Unole le llevaba varios minutos de ventaja y no había tiempo que perder.
Dejó el camino que habían despejado de maleza, para ganar tiempo y terreno. Corrió sorteando árboles, tratando de abrirse paso por el bosque mientras la cabeza amenazaba con estallarle. La escasa iluminación, la pesadez que notaba en sus músculos y la visión borrosa, no la ayudaban demasiado.
—¡Unole! —le llamó con la respiración agitada.
Algunos metros por delante de donde se encontraba, un movimiento llamó su atención. Se retiró el pelo mojado que el agua se empeñaba en adherir a su rostro, tratando de enfocar en vano.
Esperó unos segundos y avanzó.
No recordaba con exactitud si alguna vez había oído hablar a los ancianos sobre osos que merodearan por aquella zona. Fuera como fuese, debía ir con cuidado.
De nuevo una sombra oscura se deslizó entre dos troncos y se detuvo.
—¿Unole?
Sólo obtuvo el repiqueteo de la lluvia como respuesta. El viento frío que se levantó de pronto para unirse al helado aguacero, consiguió que Galilahi temblara presa de incontrolables tiritones.
Con paso vacilante siguió caminando. Tenía que encontrarle. Llegó hasta los árboles que había estado observando. Allí la maleza era mucho más alta y le llegaba prácticamente hasta las caderas.
—¿Unole? —volvió a intentar.
Un rugido a su espalda le advirtió tarde del peligro. Lo que fuera que había atisbado momentos antes ahora se encontraba tras ella. El miedo tomó las riendas de sus reacciones y comenzó a correr alocadamente, el poblado ya no debía estar lejos. Pero apenas había dado dos o tres zancadas sus pies tropezaron con algo que la hizo caer de bruces.
Sus piernas quedaron sobre lo que creyó que debía ser una rama gruesa caída y su cuerpo sobre algo viscoso.
El terreno estaba completamente enlodado.
Y era lodo lo que esperó ver en sus manos cuando logró centrar la mirada al intentar levantarse para reanudar su carrera y escapar de lo que la perseguía. Pero no fue así. No era barro lo que cubría sus manos, sus brazos, y sus ropas. El terror recorrió su cuerpo cansado, añadiendo más dolor a todos sus huesos y paralizando sus músculos, cuando al fin pudo discernir un oscuro tono carmesí. Era sangre que resbalaba por su piel aún templada.
Miró al suelo irreflexivamente. Lo que había tomado como la rama que la había hecho tropezar no era otra cosa que una pierna, amputada, arrancada del tronco. El estómago se contrajo violentamente, amenazando con expulsar el contenido, mientras el cerebro intentaba procesar cuanto los ojos registraban. Hasta que alcanzó a vislumbrar la identidad de quién había encontrado la muerte aquella noche. Unole.
Las dos enormes garras que se cerraron entorno a sus brazos acallaron el grito que comenzó a emerger de su garganta, mientras sentía un fétido aliento sobre ella.
Con una fuerza que jamás podría ejercer un ser humano, la hizo girar para encararle.
Nunca había creído las historias que contaban en el poblado acerca de los skinwalkers, jamás creyó que un hombre pudiera convertirse en semejante monstruo. Pero en aquella noche no había cabida para leyendas sino más bien para pesadillas. Con los ojos inyectados en sangre y las amenazadoras fauces entreabiertas, la increíble y fiera bestia que estaba apunto de devorarla era aterradoramente real.
Fue entonces cuando ésta pareció reparar en algo que le hizo retroceder apenas unos centímetros. Algo que colgaba de su cuello.
El colosal monstruo resopló, volviendo a salir de entre aquella mortal mandíbula un pútrido olor a descomposición, y tras soltarla de un empujón que la hizo caer de nuevo, desapareció en la espesura.
Después todo se volvió negro. Negro como el monstruo. Negro como el destino que le aguardó aquella noche tras la puerta por la que desapareció Unole.

CAPITULO 1
Montañas Great Smoky (Carolina del Norte). En la actualidad.
Amarok respiró profundamente, llenando sus pulmones de aquel limpio y perfumado aire. El viento, como respondiendo a su necesidad, jugueteó entre las copas de los árboles para después enredarse en matorrales y diminutas flores y, finalmente, introducirse por su nariz ofreciéndole el añorado aroma que tantas veces había tratado de recordar. Pero un recuerdo nunca podía compararse con la realidad —pensó con una sonrisa. La luz del sol arrancaba brillantes destellos verdes de las hojas aún tímidamente salpicadas de rocío. En el cielo, las nubes vagabundeaban perezosamente como sutiles pinceladas de blanco sobre el azul intenso de la mañana.
El viaje había sido largo y tedioso, pero una vez puestos los pies en su amada tierra pensó que merecía la pena. Oír de nuevo el rumor de las aves y los pequeños animales que poblaban el bosque era maravilloso. Por un momento consiguieron que olvidara el poco tiempo del que disponía para disfrutarlo; Anitsutsa ya habría iniciado los preparativos tal y como acordaran por teléfono la última vez.
Los años pasados en Londres junto a Atrox no consiguieron disminuir su amor por las Shaconage , las Montañas Humeantes.
Algunas veces, envuelto en la espesa niebla de la noche inglesa había cerrado los ojos y casi podido sentir que dejaba su cuerpo en la concurrida ciudad y su espíritu transportado a la quietud y solaz de los bosques. Pero sólo eran deseos, espejismos de su mente producidos por el anhelo del alma.
Ahora que el Nunhyunuwi era el Alfa de Inglaterra y compartía su vida con Koralli, la hermosa Original una vez humana y periodista que había tratado de descubrir su verdad, ya nada le retenía allí. Saldada su deuda, ahora debía cumplir con el Pacto.
Pero, aún tenía algo importante que hacer. Un par de obligaciones requerían su atención y debía cumplirlas para sentirse en paz consigo mismo: La primera y más importante era para con su padre. La segunda, conseguir averiguar el secreto que guardaba el licántropo más extraño que jamás hubiera conocido. Y sabía cómo hacerlo.
Varulf, o el sueco como algunos lo conocían, era un ser de un único extremo y de un sólo principio; el suyo propio. Y el problema no era ese en realidad, muchos otros licos preferían mantenerse lejos de manadas lideradas por un Alfa, tal y como él hacía, pero éste en concreto parecía optar por aquellas en las que reinaba algún problema, alguna rencilla, algo que produjera luchas o simplemente diferencias entre bandas o incluso contra las normas del Consejo.
Era probable que si sólo eso hubiera llamado su atención, el interés le hubiera durado a lo sumo unos días, hasta destapar el porqué de aquella rebeldía y su tendencia por combatir, pero no sólo esto fue lo que descubrió. La marca, aquella marca que se dibujaba en su frente y que hablaba de la pureza del que la portaba fue en definitiva lo que le alarmó e impulsó a investigar más sobre él. Si Varulf era lo que sospechaba, debía informar al Consejo.
Caminó la distancia que le separaba de la tumba a paso tranquilo y sus ojos recayeron sobre el lugar con pesar. En aquel hermoso paraje, protegido por altos y ancianos árboles, dormían el sueño eterno aquellos que ya habían abandonado el mundo de los vivos.
Depositando la mochila en el suelo, extrajo de ella el regalo hecho con sus propias manos.
—Querido udoda… —escapó de sus labios mientras colgaba el colorido presente en las astas que marcaban el lugar de descanso de su progenitor —, he vuelto para cumplir el juramento que firmaste con tu propia sangre y honrar así tu nombre, una vez más.
Recordó el rostro de su padre con todo detalle aún teniendo como inconveniente el tiempo que había pasado desde su muerte. Attacullakulla fue un gran hombre, un héroe entre los suyos, pero le había dejado un legado terriblemente pesado. A diferencia de muchos otros cherokees que recibían como herencia negocios rentables, bienes inmuebles o buenas cuentas corrientes, Amarok no disfrutaría de riquezas ni bienestar, a él sólo le restaba cumplir con el horrible destino que le esperaba desde prácticamente su nacimiento como lico.
***
Qualla Boundary (Carolina del Norte)
—Creo que… Estoy casi seguro que era él.
—¿Crees? –preguntó Anitsutsa furiosa mirándole momentáneamente antes de volver a darle la espalda. —No me sirve que estés casi seguro.
El rostro del hombre mostró su disgusto ante la explosión de mal humor de la Guardiana.
—Debes comprender que muy pocos de nosotros le han visto en persona, y yo no soy uno de ellos.
Tenía razón. Odiaba reconocerlo pero Joseph tenía razón. Cerró los ojos con fuerza. El problema radicaba en que, si realmente era Amarok, no comprendía el porqué no se había dirigido directamente allí.
—Lo siento Joseph —le dijo cuando éste comenzaba a retirarse.
—Deberías descansar Anitsutsa —contestó desde el vano de la puerta.
Descansar. Una bonita ilusión. ¿Cuanto hacía que no se permitía descansar? A decir verdad, ¿alguna vez lo había hecho? Quizá sí, pero hacía tantísimo tiempo que apenas podía recordarlo.
Volvió a centrar su mirada en el exterior; a través de aquella ventana podían verse las prístinas montañas. En sus cimas ya se insinuaba tímidamente la blancura de la nieve. En unos meses llegaría el frío, pero por el momento y hasta que eso ocurriera, las cabañas para turistas estaban llenas a rebosar y gran parte de las Great Smoky eran un hervidero de grupos de personas con ojos sedientos de la verde y salvaje belleza de la tierra.
Por eso la palabra descanso quedaba fuera de su vocabulario. La temporada de otoño en el albergue estaba resultando agotadora, la afluencia de viajeros era continua. Esto, junto con sus obligaciones como la Guardiana del Pacto, le absorbía cada minuto del día.
Quizá si Unole aún estuviera con ella todo hubiera sido diferente.
Una tristeza infinita y que jamás tendría consuelo, se apoderó de su ser como siempre que recordaba su muerte.
Apretó los puños y respiró profundamente, intentando relajarse. Por su posición dentro de la tribu muchos la tomaban como ejemplo de persona dedicada al trabajo duro y con una templaza digna de admirar. No podía dejarse guiar por la emociones.
Con renovada energía nacida de la simple voluntad, abandonó la cabaña.
—¡Michell recoge al siguiente grupo de turistas y después reúnete conmigo para organizar el espectáculo de mañana para el área este!
El hombre dio un brinco y se puso en camino.
—¡De acuerdo jefa! —exclamó.
Giró sobre sus talones para dirigirse hacia el albergue y comprobar la buena marcha de la recepción de los nuevos clientes que llegarían en breve, pero de nuevo sus ojos volaron en busca de la montaña, consiguiendo incluso frenar su avance. Otorgaría a Amarok aquel día con su noche antes de comparecer frente a ella. Ni una hora más.
***
Galilahi permaneció sentada mientras Phillip, el chico del reparto, terminaba su trabajo. Ya había entrado y salido de la cabaña dos veces, así que adivinó que estaba acabando con el encargo.
Trató de recordar, mientras pasaba el dedo por la reciente quemadura, si estarían a la vista del joven las galletas que había terminado de hornear a mediodía. El amortiguado sonido del ocasional ladronzuelo que trataba por todos los medios no hacerse notar, le confirmó que así era, y sonrió para sí.
—Ya he terminado señora —dijo después de tragar con cierta dificultad para no delatarse.
—Está bien Phillip.
—También he rellenado los cuencos de cuentas, he visto que casi no le quedaban. Pero tranquila, he respetado el orden de los colores. He cambiado las agujas por unas nuevas y le he dejado un carrete de hilo nuevo.
—Gracias, eres un buen chico. Tu padre debe estar orgulloso de ti.
—Si lo está, no es a mi a quién se lo dice.
Galilahi sonrió ante los pensamientos del joven formulados en voz alta.
—Todo llegará Phillip. Recuerdo cuando todavía eras un niño y acompañabas a tu padre hasta aquí.
—Pero ya llevo meses realizando estos trabajos solo. Me gustaría que confiara un poco más en mí y me permitiera ayudarle con la tienda.
—Ya lo haces, le descargas de estas otras obligaciones.
—Pero ya soy un adulto —se quejó.
—Veamos cuanto has crecido —se acercó a él y posó las palmas de sus manos en el rostro del joven. —¡Oh, sí! Has crecido muchísimo, eres prácticamente un hombre. ¿Qué edad tienes?
—Diecisiete recién cumplidos. Soy un hombre —reafirmó.
Galilahi volvió a reír, esta vez más abiertamente.
—Lo eres, desde luego. Bueno, cuando Joseph venga a final del mes hablaré con él para decirle lo bien que realizas tu trabajo, quizá así considere aceptar tu ayuda también en la tienda.
—¿Hará eso por mí?
—Claro —le sonrió con ternura.
—Gracias.
Pensó que le hubiera encantado poder verle los ojos chispear. Por el tono de su voz estaba segura de que así había sido.
—He de irme ya.
—Lo sé. Ten cuidado con esa camioneta.
—Lo tendré.
Esperó hasta que los pasos de Phillip se dirigieron a la puerta. A continuación, decidió que ya era hora de que ir a buscar un poco de agua al pequeño riachuelo que pasaba detrás de la casa y fue a por el cubo.
—¿Olvidas algo? —preguntó al joven aún parado junto a la entrada abierta.
—¿Cómo sabe que aún no me he ido? ¿Cómo lo hace?
—Muy fácil, no he oído el motor de tu camioneta –rió.
—¡Oh! Claro —se carcajeó— Que tonto he sido —comentó mientras se alejaba.
Galilahi salió y apoyó la espalda en la cabaña mientras Phillip arrancaba su vehículo.
—¡Volveré mañana por la tarde para recoger las piezas de encargo!
—¡De acuerdo! —contestó y alzó una mano para despedirse de él. —¡Recuerda traerme la lona y los listones de madera que te pedí para cubrir el huerto! –Era importante protegerlo de la nieve que caería durante el invierno.
—¡Tranquila lo recordaré!
Cuando el rugido del motor se perdió en la lejanía, se permitió relajarse un instante.
Ya estaba avanzado el otoño y las visitas de Phillip probablemente serían menos asiduas. Le añoraría.
Su familia había hecho un buen trabajo con él. Era responsable y educado, aunque estaba de acuerdo con el padre en que aún le faltaba madurar un poco más. Su pequeño hurto hablaba del niño todavía escondido detrás de aquel rostro de hombre joven.
En cierto modo, sonrió traviesa, ella tenía la culpa por dejar a su alcance, de manera tan flagrante, la tentación en forma de galleta. Pero, ¿a quién le amargaba un dulce?
Sintió el sol en el rostro, aquel día había amanecido con una temperatura muy agradable. Quizá un paseo hasta el río, por el simple placer de caminar y abandonar unos minutos la cabaña, no le sentaría mal. Después de todo, pronto no podría hacerlo. Por su invidencia, en un par de meses tendría que obligarse a la casi total clausura en su hogar, la nieve significaba para ella un peligro mortal. Y aunque hacía muchos años que había aprendido a no temer a la muerte, tampoco tenía necesidad de buscarla gratuitamente.
Tomó su callado con la mano libre y buscó el camino que ya no volvería a usar hasta el siguiente verano.
***
No se equivocaron. Amarok ya estaba allí, tal y como ellos dijeron que estaría. El maldito imbécil había cumplido con sus planes a la perfección.
Era tiempo de que él también pusiera en marcha su parte del acuerdo.
Hacía pocos días, no le había parecido tan lejano el momento en que le ofrecieron aquel trato, y sin embargo habían pasado décadas. Después de todo, ¿quién hubiera pensado que hablaban en serio? Con todo el poder que manejaban, aún no comprendía el porqué de recurrir a una treta de semejante envergadura. ¿Pero quién era él para contradecirles? Saldría ganando con el intercambio. Ya había conseguido parte de su recompensa y el resto lo obtendría con la entrega de aquellos documentos.
Reconocía que el indio sabía como ocultar lo que no quería que fuera encontrado. Había indagado por prácticamente todo el bosque tratando de descubrir su guarida tal y como le sugirieron, sin conseguirlo.
Pero él había llegado y ya no podía volver a intentarlo, tomaría la alternativa más larga pero que no le traería problemas. Dejar, como le aconsejaron después de informar sobre la infructuosidad de sus pesquisas, que los acontecimientos discurrieran normalmente sin levantar sospechas. Al final, Amarok no tendría otra opción que revelarle de su propia boca, todos sus secretos.
***
Allí comenzaba el bosque. Paró su caminar y dejó que el cuerpo reposara su peso sobre las piernas ligeramente separadas.
El cabello suelto se meció al compás del viento.
Tomó unos segundos para aspirar el salvaje y fresco aroma que penetró en él como el mejor de los perfumes. Una, dos, tres… perdió la cuenta de cuantas veces dejó que el aire inundara sus pulmones hasta sentirlos arder. La bestia rugía en su interior y sonrió en el instante en que sus ojos cambiaban del negro profundo habitual, al color de las brasas incandescentes. Con cierto macabro placer pasó la lengua sobre los afilados colmillos que ya despuntaban del resto de la blanca y mortal dentadura. El poder del animal se inyectó en sus músculos humanos dotándolos de una nueva tensión y fuerza. Abrió las manos ante sí, inclinando la mirada hacia abajo para encontrar la imagen entre la de sus pies desnudos y observó cómo los dedos de sus cuatro extremidades se convertían en garras y la dureza del terreno se perdía por completo. Justo en ese estado de transformación, decidió que era suficiente y se concentró en dominar la invasión del alma maldita.
Apretó los puños y alzó el rostro al cielo, casi completamente oculto por el verdor de los árboles, reprimiendo un aullido.
Dejó que la sed de libertad se apoderara de cada fibra de su ser y se lanzó al corazón del bosque con el ansia del niño privado de su más preciado tesoro durante demasiado tiempo. Tanto que ya comenzaba a pensar que había imaginado disfrutarlo.
Corrió y corrió, alternando las potentes zancadas con saltos. Imprimiendo cada vez más velocidad en su avance hasta que tuvo que curvar la espalda para ayudarse con las garras. Lo que habían sido arbustos, troncos, o cualquier tipo de vegetación, se convirtió en un uniforme borrón verde esmeralda. En varias ocasiones sintió como la corteza de los árboles se desprendía en pequeñas astillas e incluso se clavaban en su carne. No le importaba, había soñado con aquellos segundos de bendita locura durante décadas, como para preocuparse por un poco de sangre o dolor.
Por primera vez en muchísimo tiempo, se sintió en comunión con la madre naturaleza. Él, su ser mismo, era parte de ella, y ésta lo acogía con amoroso arrullo, haciéndole saber cuanto lo había añorado y permitiéndole disfrutar de toda su magnánima grandeza.
Entre la densidad, atisbó su meta y de un último y descomunal salto llegó a un pequeño claro. Allí seguía, imperturbable, la piedra bajo el gran roble rojo donde acostumbraba a sentarse su padre, después de algún baño en el río cercano, para contarle retazos de su vida.
***
Attacullakulla, su padre, nació en plena colonización, allá por mil setecientos veintiuno, recién firmado un tratado para sistematizar el comercio y establecer fronteras entre el territorio indio y la colonia.
—Nosotros, los Yun’wiyá , éramos un pueblo tranquilo—, le explicó con voz profunda. La misma que aún recordándola, conseguía transmitirle la tranquilidad de antaño. —Mi padre fue el Jefe Blanco de la tribu. ¡Un gran hombre y un gran guerrero! Recuerdo que siendo un niño, como tú ahora Amarok, gustaba de deambular alrededor de la cabaña donde se reunía con sus ayudantes y su portavoz.
>>Jamás tomaron la llegada del hombre blanco como una amenaza. De niño, había jugado con los hijos de los elegantes colonos ingleses, y también con los del Fuerte Toulousse, cuando se asentaron los respetuosos franceses. Para nosotros, todos eran iguales, vinieran de donde vinieran.
>>El problema que trajeron no era el color de su piel. Fue el egoísmo, la envidia, la más insana avaricia… Y las armas de fuego —explicaba con pesar.
>>La primera de las guerras que tuvimos que enfrentar ocurrió antes de que yo naciera. Muchos fueron tomados como rehenes, tanto de una parte como de otra. Los más ancianos aún seguían esperando la vuelta de los jóvenes guerreros que habían sido apresados y esclavizados, y no veían con buenos ojos el intercambio de pieles por las armas y la munición que tantas vidas habían sesgado.
>>Fue un periodo de paz superficial sobre lo que más tarde sería el inicio de la decadencia y casi total exterminación de nuestra gente. Bajo la aparente tranquilidad comercial, se fraguaba una creciente inquietud por parte de los ingleses. A éstos no les gustaban nuestras transacciones con los franceses, a quienes ellos consideraban sus competidores más directos.
>>Contaría ya con 29 inviernos cuando un estirado inglés llamado Alexander Curning, llegó al poblado. Su llegada y modales agradaron a los jefes que tomaron la visita como un signo de deferencia con ellos. Y se organizó una gran celebración en su honor. Según explicó más tarde, había venido para buscar un representante. El elegido le acompañaría en un viaje junto con otros cinco Cherokees allende los mares.
>>El reino de Inglaterra deseaba estrechar los lazos comerciales y agradecer a los nativos su hospitalidad.
>>Mi padre, jefe Blanco de la tribu, y como tal, encargado del diálogo y la diplomacia, entendió la oferta como una gran oportunidad para que aquella paz que hasta entonces habían disfrutado fuera inquebrantable en el tiempo. Y ofreció a su único hijo, yo, como representante de sí mismo.
>>Fue quizá la primera y única equivocación que cometió en toda su vida.
***
Como siempre, pensar en su padre conseguía que para él se paralizara por completo todo lo que sucedía a su alrededor. Apenas se había dado cuenta del tiempo pasado y por la posición del sol, la tarde estaba avanzada.
Pero ya estaba muy cerca.
Sólo debía, como la última vez que estuvo allí, echar un vistazo a las trampas que rodeaban el perímetro y que preservaban la cueva de posibles intrusos.
Desde la última visita que realizó al poblado, hacía bastantes años, prácticamente dos décadas y viendo que la intensidad del turismo en aquella zona no hacía otra cosa que aumentar, proteger su guarida fue una necesidad prioritaria. Amarok escondía allí demasiados documentos y objetos relacionados con los licos: sus costumbres, antiguos manuscritos sobre la magia que originaba la maldición y su evolución, líneas de sangre, ceremonias, conjuros, así como otros rituales que habían sido prohibidos.
<>, pensó.
Mientras se acercaba al lugar donde estaba la primera de las trampas, intacta, repasó visualmente el mecanismo que la activaba. A primera vista, podría pensarse que su construcción era rudimentaria pero cumplían su cometido a la perfección.
Algunas de ellas no eran más que grandes socavones escavados y ocultos con una fina red sobre la que descansaba tierra, pequeñas ramas y hojas secas, con una profundidad de algo más que la altura de un hombre.
Cuando la presa caía en ellos, un cierre de ramas y hojarasca les impedía salir. Para un lico como él, este método no era efectivo, por eso y mientras las construía, añadió a éstas ciertas modificaciones. A base de plantas y venenos, elaboró una pócima con la que impregnó una serie de puntas que quedarían hacia abajo. Una vez cerrada la celda no había escapatoria. Si algún incauto tenía la mala fortuna de tan siguiera rozar una de ellas, su cuerpo se paralizaría en cuestión de unos minutos, y pasadas un par de horas desde la inoculación de la mezcla, moriría.
Por supuesto también había pensado en un buen antídoto, no podía permitirse el lujo de ser víctima de su propia creación tal y como la experiencia y sabiduría de su madre le enseñó.
Sabía que aquellas trampas podían ser mortales para los humanos y los animales del bosque, por ello se cuidó de escoger muy bien entre las plantas utilizadas. La mixtura resultante solía desprender un olor característico y nada agradable que no invitaba a acercarse al lugar.
Ningún camino transitable de las rutas del parque nacional se acercaba a ellas y nadie excepto él conocía el paradero exacto de la cueva. Así debía seguir siendo.
Continuó su camino en dirección a la siguiente. El entramado estaba cerrado, cubriendo el agujero. Algún desdichado animalillo habría caído.
Se acercó con cuidado y la abrió, asegurando de nuevo la trampa. Efectivamente en el fondo encontró el cuerpo de un mapache adulto. Saltó para poder recogerlo con cuidado y volvió a la superficie sin problemas. Para aquel pequeño ya no había vuelta atrás.
Lo depositó en el suelo. En cuanto terminara de extender de nuevo la red y cubrirla, se encargaría de darle sepultura. Probablemente el animal al verse encerrado había tratado de escapar, y en su huida, se había herido con una de las puntas envenenadas.
Nada más terminar de volver a dejar activa la trampa, una serie de improperios, con voz de mujer, llegó hasta sus oídos.
***
Galilahi maldecía una y otra vez su idiotez.
Estaba atrapada entre la tierra y lo que al tacto le parecían ramas. Desde el pecho y hacia la mitad inferior de su cuerpo pendía como de un precipicio.
<<¡Dios!>>. Rogaba por que no fuera precisamente eso.
Al principio, creyó poder levantarse pero después de largos minutos y de intentarlo varias veces consiguiendo sólo destrozarse las manos por el esfuerzo, lo dejó por imposible. Para colmo de males, un reguero caliente corría por su pantorrilla y un extraño hormigueo comenzaba en sus pies y se extendía rápidamente a lo largo de las piernas.
—Si es que no se puede ser más tonta. ¿Y ahora qué? ¿Cómo sales de aquí, Galilahi? ¿En qué demonios pensabas? ¡Mierda! —Golpeó la tierra con el puño, manifestando su creciente enfado—. No podías quedarte tranquila en la cabaña, no —prosiguió componiendo un mohín de disgusto que no iba dirigido sino a ella misma, mientras negaba repetidamente con la cabeza—. Tenías que dar un paseo.
Buscó de nuevo a tientas cualquier cosa que le sirviera para poder tener un punto de apoyo del que tirar y arrastrar su cuerpo hacia fuera. La punta de sus dedos rozó algo rugoso y duro como una rama o una raíz. Se estiró todo lo que su precaria situación le permitió, aplastando el rostro contra la tierra mientras los pequeños guijarros arañaban la fina piel de su antebrazo hasta que al fin sus dedos se cerraron entorno a lo encontrado. Esperanzada tiró con todas sus fuerzas.
—¡Vamos! —exclamó con los dientes apretados.
Pero lo que esperaba que fuera su salvación, lo que tanto le había costado agarrar, no fue más que su callado que, caído laso sobre el suelo, no le sirvió de ayuda.
—¡No! —Comenzó a gimotear desesperada—. No. No. No.
Tanta era la desdicha que sentía que sus sentidos no detectaron los pasos de alguien que se acercó a ella y la miraba en silencio.
Amarok no daba crédito a sus ojos.
No podía verle la cara, el largo y enredado pelo negro se la ocultaba. Sus brazos estaban extendidos sobre la tierra y en ella se veían surcos como arañazos provocados en un vano intento de salir de aquel cepo que le sujetaba con fuerza el cuerpo impidiéndole moverse. La miró sin saber bien qué hacer. Si la tomaba por los brazos y la arrastraba hasta afuera podía herirla aún más y si levantaba el cepo para dejar su cuerpo libre caería sin remisión hacia abajo. Calculó ambas posibilidades hasta que notó que el cuerpo quedaba completamente inmóvil, sólo entonces el recordatorio del veneno que impregnaba las puntas llenó por completo su cerebro.
Tenía que actuar deprisa.
Extrajo de la mochila una cuerda. Ató con destreza un lado alrededor del pecho de la mujer y lanzó el otro cabo hacia la rama del árbol más cercano. Sin perder ni un segundo anudó el extremo al tronco, tensándolo. Sólo cuando se aseguró que no cedería, corrió a levantar el cepo. Afirmó los pies sobre el terreno y tiró con fuerza del entrelazado ramaje.
Tras varios intentos consiguió su propósito y la trampa se abrió, liberando así a su presa.
Amarok sujetó el entramado para que no volviera a cerrarse y sin demora corrió a por la mujer. Cortó la cuerda con el cuchillo que siempre portaba en su bota y ella cayó en sus brazos como una muñeca de trapo.
Dejándola despacio, sobre un montón de hojas secas que el viento había acumulado en un recodo, le tomó el pulso colocando un par de dedos sobre el cuello, justo en la carótida. Sabía que debía estar viva aún, él mismo había visto cómo su cuerpo dejaba de moverse por lo que era imposible que hubiera pasado el tiempo suficiente para que el veneno terminara con ella.
Guardaba en su bolsa los ingredientes necesarios para preparar el antídoto, toda precaución era poca, pero necesitaba un lugar resguardado del viento y con un hogar para poder elaborarlo. Además, del cuerpo femenino comenzaba a perder temperatura rápidamente.
Se sentó a su lado. Con la espalda recta, las piernas cruzadas y el rostro levantado, cerró los ojos y se concentró. Dejó una vez más que el poder del lobo se adueñara de él. Bajo los párpados, y los ojos comenzaron a cambiar. Hizo acopio del control que le brindaba el amuleto y su posición como nagual, mientras recitaba las antiguas palabras que muy pocos conocían para restringir a la bestia que pugnaba por emerger completamente. Arañó sus entrañas con ferocidad tratando de obligarle a ceder, pero su voluntad fue más fuerte y al fin consiguió su propósito: la mente se abrió al cielo lanzando su demanda.
La respuesta de un águila calva no se hizo esperar. La imponente ave voló en grandes círculos por unos instantes antes de lanzarse en picado hacia ellos y posarse muy cerca.
Amarok le sonrió con afecto.
—La conoces, ¿verdad? —los grandes y amarillos ojos del animal se movieron nerviosos—. Muéstrame el camino.

EXTRACTO - El secreto de la noche (2º Saga Lycos)

PRÓLOGO
Londres - Pall Mall St.
Era noche cerrada. Sólo la luz que derramaban las negras farolas, a lo largo de toda la calle, ofrecía la suficiente iluminación para poder caminar sin chocar con nada. Aun así, los portales, todos con la misma decoración como en una serie de fotografías idénticas, permanecían en la penumbra, prácticamente sumergidos en la oscuridad.
La quietud que se respiraba contrastaba con la incesante actividad de Picadilly Circus, unos metros más arriba, donde la luz y el movimiento eran constantes a cualquier hora. Pero allí, aun hallándose al otro lado de la manzana, se le antojaba a kilómetros de distancia.
Ni siquiera el ruido del tráfico, que llegaba amortiguado, perturbaba el sosegado ambiente.
Por eso había elegido aquella particular zona de Westminster para su reunión de negocios, como prefería llamar a la transacción que se proponía realizar. Le gustaba aquella isla lle­na de silencio al lado de Saint James Park, que parecía que estuviera flotando, suave, en el bullicioso centro de la ciudad.
Un movimiento, pocos metros más adelante, llamó su atención y sus ojos se clavaron allí donde se había producido.
Mantuvo el ritmo al caminar. Calmo, cadencioso, per­mi­tien­do que el acompasado sonido de sus negros y brillantes zapatos de piel, hechos a mano, inundara sus oídos hasta llegar a aquel punto.
—¿Tienes fuego, guapo?
Una mujer de extremada delgadez, vulgar y escasamente ataviada, le salió al paso al tiempo que colocaba un pitillo entre sus labios. Le miró el rostro. Una bella cara femenina, arruinada por un excesivo maquillaje y una vida difícil. Sus brazos, sin broncear y levemente azulados por el frío cortante de la noche, mostraban señales evidentes de sus vicios.
—No. No fumo —contestó al tiempo que apretaba el puño alrededor del asa del maletín y echaba una rápida mirada alrededor.
—¿No? —repitió mientras sacaba ella misma un mechero. Se tomó el tiempo necesario para encender el cigarrillo y exha­ló una blanca bocanada—. Entonces, quizá te interese pasar un buen rato. Siempre es bueno descargar tensiones. —Se acercó aún más, al tiempo que acariciaba con sus dedos la solapa de su abrigo—. Mmmm, a juzgar por la calidad de tu ropa, diría que trabajas mucho.
Observó como las descuidadas uñas raspaban el tejido por un momento para, seguidamente, volver a mirarla a los ojos. Retrocedió un paso para evitar que siguiera tocándole.
Sin mostrar emoción alguna, la mujer apartó los ojos de él y acercó de nuevo el cigarro a sus labios. La punta incandescente brilló con más intensidad. Exhaló al aire la última calada, lanzó el cigarrillo contra el suelo y lo aplastó con saña. Sólo entonces volvió a mirarle.
—Robert, Robert, Robert. Ésas no son formas de tratar a una dama.
Lo sabía. Desde el momento en que se le había acercado, al­go en ella le había advertido que no era lo que aparentaba ser.
—Veo que no te sorprendes, chico listo —dijo mientras le guiñaba un ojo, sonriéndole—. Vamos, empieza a cantar, no ten­go toda la noche. ¿Qué llevas en ese maletín? —inquirió, esta vez con el semblante completamente serio.
—¿De verdad crees que esto es tan sencillo?
—¿Me tomas por tonta? Yo sola he conseguido averiguar quiénes sois y dónde os escondéis. Os he investigado durante mucho tiempo y te he seguido hasta confirmar mis sospechas. Reconozco que al principio no podía creerlo, pero ahora… aho­ra que conozco de vuestra existencia, esto me ayudará a conseguir lo que deseo.
—El caso es que hay algo en ti que me resulta familiar. —Volvió a mirarla, esta vez con otros ojos, tratando de recordar—. Sí. Ahora lo recuerdo. Fue hace algunos años.
—Vaya, creí que eras de los que no recuerdan a los que has arruinado la vida —aplaudió sin ganas.
—Y dime, ¿qué es lo que deseas? ¿Qué te ha prometido el inglés? ¿Dinero? ¿Posición? ¿Prestigio, quizá? O algo menos… ¿cómo lo diría?, material.
El silencio de la mujer le dio la respuesta.
—¡Ajá! Con que he dado en el clavo —dijo, permitiéndose una sonrisa de triunfo.
—Sí, ¿y qué? ¿Acaso tú no hiciste lo mismo? —contraata­có, escupiendo las palabras.
—Compruebo que tu investigación sobre nosotros no ha si­do tan exhaustiva como pregonas.
—¡A la mierda! —exclamó furiosa. Ya no quedaba nada de aquella sugerente sensualidad que había representado hacía unos minutos—. Sé que eres Rómulus y también sé quién es tu hermano. Dame todos los datos que quiero y te dejaré vivir.
—Desde luego, eres valiente —tuvo que reconocer Ró­mulus.
Lanzó el maletín a un lado mientras empezaba a notar co­mo la energía acudía a él desde lo más profundo de su ser, infundiendo poder en todo su cuerpo. En un instante, su aspecto se transformó por completo. La esencia humana quedó relegada a un segundo término, y dejó paso a una parte oscura y terrible.
Alertada ante la transformación, la mujer extrajo un afilado cuchillo, dispuesta a defenderse. Pero no fue lo suficientemente rápida. Antes de poder hacer algún movimiento más, las garras de Rómulus se habían clavado violentamente en su pecho y, mientras la mujer exhalaba su último suspiro, le arrancó con furia el corazón.
El cuerpo femenino cayó al suelo con un golpe seco, mientras el aún palpitante órgano yacía entre las afiladas zarpas del asesino.
—Lástima que seas tan tonta.
Devoró el corazón en un segundo, y se relamió los labios al terminar.
«Un problema solucionado», pensó. Ahora sólo debían adelantar el plan. Informaría a su hermano de ello y llamaría a su contacto para concertar una nueva cita. No podían permitirse ningún otro contratiempo.
Se volvió para recoger el maletín, el cual, en comparación con su nueva naturaleza, parecía más pequeño y ridículo que unos minutos atrás, y sin prestar más atención a su víctima, de un potente salto se encaramó sobre los tejados, desapareciendo así en la noche londinense.

CAPITULO 1
Caminar por la calle no le estaba resultando tan tranquilizador como esperaba, pero después de recibir la nota de manos de Thor, había sentido la necesidad de salir. Las paredes de su casa en Wilton Road se le habían antojado demasiado opresivas y el deseo de huir de allí había podido con él.
Los primeros minutos del nocturno paseo no le habían sentado mal del todo. El primer golpe de aire fresco del otoño había sido realmente bienvenido. Pero después de esa primera impresión, el húmedo clima, como siempre, le resultó desagradable, y el recuerdo de la amenaza recibida había vuelto a adueñarse de sus pensamientos.
No solamente tenía que lidiar con las acusaciones y el acoso al que le estaba sometiendo el Alfa de la manada inglesa sino que ahora, también, había que añadir un ingrediente más a la olla hirviendo.
No era la primera amenaza que había recibido. Sin embar­go, ésta era la única a la que se inclinaba a dar algo de credi­bi­lidad.
Impresa por algún equipo informático, era corta pero contundente. Le ordenaba que se presentara en un par de días, en un lugar concreto. Era ese mismo lugar a las afueras de Londres al que había acudido ya alguna vez, cuando el peso de su cul­pa le había resultado insoportable, en busca de algún tipo de respues­ta, o cualquier cosa a la que aferrarse, para no perder su cordura. Era ese mismo sitio donde, en el pasado, la bestia que cohabitaba con su lado humano, había tomado las riendas de su ser para ejecutar un acto atroz. El pajar donde había abusado y abandonado a Gea al haberla dado por muerta, recordó cerran­do los ojos con fuerza.
Sabía que algún día tendría que pagar por ello con su mis­ma sangre, y si ese día había llegado, desde luego no iba a ser él quien le diera la espalda.
Llegar a aquella determinación le hizo sentir mejor, y volvió a afrontar su paseo con la cabeza erguida y la mirada clavada en el horizonte, como retando al destino para que ese momento llegara.
Pero había un problema, y ese problema era conocido como Wild, el Alfa de Londres.
En cierto modo podía comprenderlo.
Poniéndose en su lugar, entendía que le creyera el responsable de todo cuanto acaecía en su ciudad, como él llamaba a su territorio, el cual en realidad, se extendía a toda Inglaterra. Y debía reconocer que, últimamente, la situación estaba que ardía.
Lo que hacía un par de meses había comenzado como algún que otro disturbio sin importancia por parte de algún Infectado, se había convertido en algo preocupante y difícil de controlar. A esas alturas, los ataques eran prácticamente diarios y, debido a su pasado y su reputación, tenía que soportar estoicamente la vigilancia a la que Wild le sometía.
El jefe de la manada pensaba que lo mejor era tener completamente controlado a aquel que pudiera ser un responsable potencial y, sin duda alguna, él era uno de ellos.
Jamás le había gustado tener que dar cuentas a nadie de adón­de iba o de dónde venía, y así se lo había hecho saber en incontables ocasiones. Y no sólo verbalmente, también sus acciones deberían habérselo dejado bien claro. No obstante, no se daba por vencido, y continuaba en su empeño de colocar un par de rastrea­dores tras él, cada vez que asomaba la nariz fuera de casa.
Incluso en aquel momento, sentía la presencia de dos licántropos que seguían sus pasos desde las azoteas de los edificios que se elevaban a su lado. Saltaban de tejado en tejado, ocultándose, a la menor oportunidad, tras algún saliente, creyéndo­le completamente ignorante del seguimiento al que le sometían. Era realmente exasperante a la vez que ofensivo, ya que el inglés tenía tendencia a usar siempre a novatos sin experiencia. ¿Tanto le subestimaba?
De todos modos, tanto daba. Lo único que tendría que hacer para despistarles era hablar con Thor para que se hiciera pasar por él mismo durante unos minutos y así darles esquinazo. No era de su agrado tener que echar mano de su segundo de abor­do, pero en aquellas circunstancias no le quedaba otra opción. Al menos, hasta que llegara la ayuda que había solicitado.
Tenía que acudir a la cita, y por supuesto, solo.
***
Aquella maldita lluvia ya estaba durando demasiados días, y el viento hacía prácticamente imposible que el uso del paraguas fuera efectivo. El aire, incluso había tomado la decisión de juguetear con los faldones de su gabardina, haciéndola bailar a su compás y abriéndola, consiguiendo dejar expuestos al agua los pantalones de fina lana que tanto le gustaban y que, erróneamente, había elegido ponerse aquella mañana.
Apretó el paso y, afortunadamente, cuando la lluvia comenzaba a ser más insistente, llegó al edificio que albergaba las oficinas del periódico para el que trabajaba. Refugiada por el saliente de la entrada, cerró su paraguas, agitándolo suavemente para que se desprendieran del tejido las gotas adheridas, y entró resuelta.
—Buenos días, Agatha —dijo con una sonrisa a la recepcionista.
Atrincherada tras el mostrador, armada con una diadema telefónica provista de auricular y micrófono que le permitía tener las manos libres sobre el teclado del ordenador, Agatha parloteaba sin cesar.
—Buenos días, señor Smith… no se retire por favor, enseguida le paso… —Apretó un par de teclas y continuó mientras le dirigía una mirada de disculpa—. The Lamppost, buenos días… no, señora Carlton, Madeleine aún no ha llegado… Sí, no se preocupe, se lo haré saber nada más llegue… —De nue­vo, sus dedos volaron sobre las teclas y la miró con una sonrisa, se levantó de la silla y retiró los auriculares de su cabeza—. Buenos días, Corliss.
—¿Ha llegado ya el tirano?
—Sí y, por lo que he oído, hoy parece estar de un humor de perros. Así que cuando me fui a desayunar, me tomé la libertad de traerte esto —dijo mientras le ofrecía un café en uno de esos vasos térmicos.
—Gracias, no sé qué haría sin ti.
—De nada, mujer, tú lo mereces —le sonrió mientras retomaba sus auriculares—, siento no poder charlar más contigo pero ya sabes…
—Sí, tranquila, los lunes son sencillamente horribles.
—Cierto.
—Te veo a la hora de comer.
—Genial.
Con el maletín y el paraguas en una mano, y el café en la otra, dirigió sus pasos hacia las escaleras, mientras el rumor de la retahíla de Agatha la acompañaba de nuevo, solapado por otro tipo de sonido, a medida que ascendía a la primera planta.
El ruido de conversaciones, tecleos e impresoras de la sección de redacción formaba parte del encanto y la decoración. Fue­ra la hora que fuese, aquella cacofonía reinaba en el ambiente con eterna monotonía. La enorme habitación, que ocupaba la planta entera, estaba salpicada de mesas repletas de documentación, expedientes, y toda clase de material de escritura, e iluminada por innumerables fluorescentes y lamparillas de mesa, que contrarrestaban, así, la escasa luz que lograba entrar por los diminutos ventanucos.
«Verdaderamente deprimente», se dijo a sí misma. Sin du­da, por eso prefería pasar el menor tiempo posible en aquel lugar.
Avanzó, saludando con un desganado movimiento de cabe­za a los compañeros que salían a su paso.
Su lugar de trabajo se encontraba a la mitad del pasillo central, el cual terminaba en la oficina de James, su jefe, que estaba delimitada del resto por un cristal transparente con persianas laminadas y permanentemente abiertas.
Se suponía que aquellas persianas debían usarse para resguardar la privacidad de ciertas reuniones, pero, lamentable­men­te, y para bochorno de muchos de sus compañeros, e inclu­so algunas veces de ella misma, jamás se usaban, convirtiendo aquella pequeña jaula acristalada en un televisor inmenso de un único y desmoralizante canal.
Como por ejemplo, en aquel preciso momento. Incluso des­­de el lugar donde ahora se encontraba, frente a su mesa, a varios metros de dicho compartimento, podía observarse per­fec­tamen­te como un furibundo James lanzaba improperios a la nueva becaria que, cada vez más encogida sobre sí misma, afirmaba categóricamente con la cabeza sin emitir ni un solo sonido.
Sintiendo como los primeros síntomas de un inminente enfado se adueñaban de ella, dejó su paraguas en la papelera y se deshizo de su húmeda gabardina, colocándola en el perchero, del cual colgaban otra serie de abrigos igualmente mojados.
Abrió su maletín y extrajo el abultado expediente del último encargo que había realizado a petición de James. Como siempre, una insulsa investigación, esta vez sobre un supuesto fraude a una compañía de seguros.
Mientras que el grado de relevancia de las investigaciones encargadas a sus compañeros masculinos había ido aumentan­do en importancia, ella, y otras colegas del sexo femenino, tenían que seguir lidiando con trabajos de aquel tipo. Amaba su trabajo por encima de todo, pero odiaba profundamente el mo­do de proceder misógino con el que su jefe las trataba.
¡Ya estaba más que harta de tener que soportar aquella injusticia! Firmó el informe con más fuerza de la necesaria, consiguiendo que la punta del bolígrafo se clavara en el papel dejan­do un marcado surco a su paso. Alguien tenía que hacer al­go; algo para que la posición femenina en aquella empresa pudiera tener las mismas posibilidades que los compañeros del sexo opuesto, y, si era necesario que ella enseñara sus dientes, que así fuera.
James parecía haber terminado de vilipendiar a la joven ya que ésta, con la mirada clavada en el suelo y la cabeza hundida entre los hombros, salió de su despacho para perderse entre la jungla de mesas. Era su turno.
Tomó el informe y caminó resuelta hacia la «jaula», en este caso sustituidos los barrotes por cristales, para enfrentarse al león. Dispuesta incluso a colocar la cabeza entre las fauces si con ello conseguía lo que deseaba.
Era el momento de demostrar coraje.
Entró en el despacho, y clavó la vista directamente en el rostro de su jefe, que en ese momento parecía absorto leyendo un texto y reía con humor. Aquel tipo no tenía ni una pizca de humanidad, ¿acaso había olvidado ya el trato vejatorio al que había sometido a su compañera hacía un instante? Desde lue­go, así parecía.
—Buenos días, James —le saludó Corliss, secamente, para hacerle saber que estaba allí, pero aquel cafre maleducado seguía en su empeño de ignorarla—. ¡Buenos días, James!
Con el segundo intento consiguió llamar su atención, y con una mirada de pocos amigos, éste le indicó que tomara asiento.
Decidida a no ceder ni un milímetro, declinó la oferta y siguió de pie frente a él.
—Caso terminado, aquí tienes el informe —le dijo.
—Le echaré un vistazo —le indicó James, sin dignarse siquiera a mirarla.
—¿Tienes algún caso más para mí?
Había oído hablar a sus compañeros de una nueva investigación, uno de aquellos encargos que todo el mundo perseguía, y que por lo general su jefe usaba para tratar de chupar aún más la sangre a sus trabajadores, con la promesa de una buena recompensa. Aquel que lo consiguiera habría sudado tinta antes de poder poner sus manos sobre el premio.
Pero claro, como siempre sucedía, las mujeres tenían el acceso prácticamente vetado. Él mismo se encargaba de que así fuera.
—No, por ahora no, veremos qué entra a lo largo de la mañana.
La esperada respuesta hizo que Corliss rompiera en carcajadas. Su reacción captó el interés de su jefe, quien clavó sus ojos de un descolorido azul sobre ella.
—¿Qué te hace tanta gracia, Corliss?
—El descaro con el que mientes, ¿acaso en tu facultad no os enseñaron que un periodista, ante todo, debe ser objetivo? —espetó antes de darse cuenta de lo que había dicho.
Estaba claro que semejante insulto le iba a costar su empleo y, aunque desde luego necesitaba el bajo salario que recibía mensualmente, se sorprendió a sí misma por lo relajada y magníficamente bien que se sentía al haber dicho lo que pensaba sin ningún tipo de tapujos. Sostuvo con valentía la violenta mirada de James. Si sus ojos hubieran estado armados con misiles en lugar de con dos negras pupilas, ya tendría la cabeza reventada, y esparcidos sus sesos por aquellos limpios y traslúcidos cris­tales.
—No puedo negar que tienes agallas, Corliss, pero también has de admitir que eres realmente estúpida. Imagino que has oído algo sobre el asunto de la desaparición, y si deseabas obtener ese trabajo, desde luego ésta no es la forma de conseguir­lo. Las buenas investigaciones están reservadas para los que las merecen, para aquellos que trabajan duro y demuestran día a día su valía.
—¡Yo trabajo como el que más! Desde que entré en esta redacción he realizado más trabajos con éxito que cualquiera del resto de tus trabajadores. ¡Me merezco, al menos, la oportunidad de una buena historia!
—¡Éste no es un trabajo para…!
—¿Mujeres? —le cortó Corliss. Puestos a llevar las cosas hasta el extremo bien podía permitirse echar toda la carne en el asador, aunque aquella carne estuviera podrida.
La ira de su jefe pareció llegar al límite máximo, o así lo decían los nudillos desprovistos de color; que mantenía cerrados en dos puños sobre el reposabrazos del sillón donde estaba sentado.
Durante unos instantes, Corliss aguantó la respiración, preparándose para el estallido final de James, pero éste no llegó.
El hombre cerró los ojos con fuerza y respiró profundamen­te, relajándose. Después la miró de nuevo. Esta vez, con una astuta chispa, incomprensible para ella, como consideran­do la posibilidad de pasarle el informe y demostrarle así que no estaba cualificada para llevarlo a cabo, o, por el contrario, despedirla inmediatamente.
—Bien, Corliss, si eso es lo que quieres, aquí lo tienes —di­jo mientras extraía el dosier de uno de los cajones de su mesa y se lo tendía con mano firme.
Corliss alargó el brazo para tomarlo. Por fin algo interesante. Pero justo cuando la punta de sus dedos rozó la cartulina verde, James lo apartó unos centímetros de ella.
—Te doy un mes para que me des resultados. Si en ese pla­zo no has conseguido nada, deberás devolverlo, acompañado de una carta de dimisión. ¿Has entendido?
El muy cabrón de mierda le sonreía, sabedor de lo que esta­ba haciendo. Aquello no era justo, ni siquiera le daba la oportunidad de ojear el expediente para valorar si lo que le proponía tenía alguna viabilidad, o por el contrario, era un precipicio sin fondo por el que debería saltar sin cuerda.
—De acuerdo —respondió con firmeza, agarrando la documentación en un vuelo rasante de la mano—. Pero, si lo consigo, me darás el ascenso que merezco.
—Trato hecho. Y ahora, lárgate de mi despacho antes de que lo piense mejor y te desee suerte en la cola del paro.
Con la carpeta entre sus manos, salió de la asfixiante atmósfera de aquella oficina para comprobar que su discusión había sido seguida con interés por la mayor parte de la plantilla presente aquella mañana. Varias decenas de ojos, llenos de sorpre­sa e incredulidad, y algún par con evidente envidia, la siguieron hasta su mesa.
Se sentó en ella y trató de trabajar en su nuevo encargo, ignorando los rostros que seguían cada uno de sus movimientos. Colocó el expediente frente a ella. En la cubierta, con gruesas letras en negrita y subrayado, rezaba: Gea Morrison. Desaparición.
Al cabo de unos minutos, y tras leer repetidamente el mis­mo documento sin conseguir comprenderlo, decidió que lo mejor sería trabajar a solas. El cuchicheo permanente y las miraditas impertinentes de los presentes impedían que lograra concentrarse. Furiosa por el comportamiento poco profesional de los que se hacían llamar sus compañeros, se levantó, tomó su abrigo y su maletín con resolución, y se dirigió a la salida. Dispuesta a cambiar aquel ambiente por uno mucho más tranquilo y apacible, donde poder estudiar el material que tenía, y sobre el que comenzar a indagar: su propia casa.

EXTRACTO - Al llegar la noche (1º Saga Lycos)

PRÓLOGO
Una mezcla de tierra, sangre y agua formaba el manto sobre el que reposaban los cuerpos inertes y sin vida de aquellos que habían luchado con ferocidad, pero que habían caído bajo la superioridad del bando contrario. Torsos desnudos y con el pecho destrozado, abierto hasta mostrar las vísceras, cubrían el campo de batalla. El único sonido que podía apreciarse era el de la torrencial lluvia que seguía con su incesante repiqueteo, como si, ni siquiera el cielo, quisiera ser testigo de la terrible matanza, y deseara eliminar con ella el abominable panorama de destrucción.
Sólo uno de los derrotados seguía con vida.
Había sido sujetado fuertemente por las muñecas con sendas cadenas para evitar que atacara a los que tiraban de su cuerpo. Encadenado, lo arrastraron hasta donde se encontraba el jefe de los vencedores. Gritó de dolor al sentir cómo sus captores le pisoteaban con saña para mantenerlo en aquella humillante posición.
Con los cabellos cubiertos de viscoso lodo y el rostro manchado y demudado por el odio, levantó el mentón para clavar su dorada mirada en los ojos grises del que, hasta hacía poco, había sido su amigo. Jamás le daría la satisfacción de mostrarse sumiso, ni ante él ni ante nadie.
—Has cometido la peor falta que puede cometerse contra los de tu propia especie. Incluso la muerte sería un castigo demasiado benevolente.
—¿Y qué harás? ¿Azotarme? —preguntó con una sonrisa irónica y una negra ceja arqueada sobre aquellos ojos del color del oro—. Otros ya lo intentaron antes que tú.
—Jamás volverás a pisar estas tierras. Serás desterrado para siempre. ¡Lleváoslo!
Dos pares de manos acudieron prestas a cumplir las órdenes, lo sujetaron por los codos y lo levantaron con fuerza del suelo.
—¡No podrás impedirme volver! ¡Te estaré vigilando! ¿Me oyes, Lycaon? ¡Jamás te librarás de mí!
El estallido de un colosal trueno le despertó jadeando de la agonizante pesadilla que le consumía el descanso.
Levantó su mano derecha y la sostuvo en el aire durante unos segundos. Las marcas y heridas hacía siglos que habían desaparecido. Observó el lugar donde debería descansar su anillo, sin encontrarlo.
Desde aquel terrible día, su amuleto había dejado de protegerle. Lo había perdido y con él, toda esperanza de poder volver a ser dueño de sí mismo. Sólo tenía la certeza de que nadie lo había encontrado todavía. Si así hubiera sido, sin duda lo hubiera sabido, pero el dictamen del que le había vencido en la lucha le impedía regresar a buscarlo.
Curvó los dedos y los cerró formando un puño que apretó con vehemencia. El desprecio que sentía en las entrañas le hacía arder la sangre.
Rugió furibundo y sus ojos chispearon con el fuego de la ira, envolviendo el dorado iris con una aureola de un rojo intenso. Su cuerpo comenzó a cambiar dando paso a su otra naturaleza, una mucho más poderosa y mortífera. No lo impidió. Lo deseaba. Deseaba que aquella parte oscura y terrible se adueñara de él y lanzó la cabeza hacia atrás aullando enérgicamente, proclamando así su dolor y su rabia.

CAPITULO 1
El gorgoteo que emitía la cafetera se había silenciado. El café estaba listo. Despegó los ojos del informe médico que recibía mensualmente y, antes de dejarlo de nuevo sobre el mármol, lo leyó por segunda vez: «Estado de la paciente interna: estable y controlado. Buena disposición».
Tomó una taza del pequeño armario, donde las guardaba junto con unos pocos vasos. Se sirvió una buena dosis del humeante y oscuro brebaje, al que añadió una cucharadita de azúcar. Con cuidado colocó su desayuno, consistente únicamente en aquella taza, sobre la repisa cerca de la ventana. Comenzó a mover el caliente líquido sin poner demasiado empeño en el gesto y bebió pequeños sorbos, siempre después de soplar para evitar quemarse.
Con los ojos clavados de nuevo en el informe, dejó la taza vacía sobre la mesa. Qué distinta era aquella valoración de la anterior que había recibido hacía un mes. Ahora por fin podría ir a verla, pensó aliviada. Debía hablar con la compañía para solicitar unos días a cuenta de sus vacaciones y poder viajar a Los Ángeles, en California, y visitar a su madre. Desde luego, todo era mucho más fácil cuando estaba interna en el hospital de Distrito Federal de México.
A su memoria acudió el momento en que se dejó seducir por los avances de aquella nueva clínica dirigida por norteamericanos y decidió que lo mejor sería trasladarla allí. Debía reconocer que, efectivamente, estaba muchísimo mejor atendida, pero el simple hecho de saberla tan lejos de ella le dolía en lo más profundo. El sentimiento que albergaba hacia su verdadera madre era entendido por muy pocos. Saber que estaba pasando de nuevo por uno de aquellos ataques de ansiedad descontrolada y que, debido a eso, no le dejaban visitarla, le entristecía y conseguía que su humor se tornara más agrio de lo normal, hasta el punto de hacer funambulismo sobre la delgada línea de la depresión. Una situación de la que tan sólo conseguía aislarla el amor por su trabajo.
Abrió una de las hojas de la ventana para que el aire fresco de aquella mañana de primavera entrara en la «pequeña cueva», como le gustaba llamar a su casa. Recordó el día en que la había comprado, hacía ya catorce años, unos pocos días antes de cumplir los dieciocho y de independizarse de su familia adoptiva. No es que tuviera prisa por marcharse, Jarold y Marie jamás la trataron mal, ni siquiera habían ocultado el hecho de su adopción, habían sido muy correctos con ella, pero tampoco la habían comprendido del todo. Sin duda, «correcta» era la palabra que definía su relación con ellos. No es que se lo echara en cara, nunca le faltó nada, su padre siempre se encargó de que tuviera todo aquello que deseaba, pero siempre había encontrado una carencia afectiva importante. Incluso entre ellos mismos, nunca vio que Jarold ofreciera ninguna clase de demostración de cariño hacia su madre, aunque respeto y algo parecido al compañerismo sí, desde luego.
Cuando se comparaba con sus compañeras de escuela, Manon siempre había sentido que le faltaba algo que no conseguía discernir. Aun así, sus padres legales, él inglés y ella francesa de nacimiento, habían ofrecido la oportunidad de una vida acomodada a aquella pequeña que habían acogido como parte de su propia familia y a la que bautizaron como Manon, María en francés, en consideración, suponía, a la memoria de su abuela postiza.
No obstante, desde que supo el lugar donde su madre biológica estaba internada, la visitaba regularmente, e incluso a la edad de ocho años había solicitado que le dieran todas sus pertenencias. Necesitaba saber de sus verdaderos orígenes. Quizá todo aquello fue la mixtura necesaria que la impulsó a visitarla con más asiduidad y a mirarla con otros ojos. Consiguió conocerla a través de pequeños detalles como unas pocas cartas y algunas fotografías viejas y desgastadas. También supo del gran parecido físico que compartían, podría decirse que ella era prácticamente una réplica de su madre. Más de una vez había llorado al borde de la cama en la que pasaba los días postrada, y otras muchas veces se había devanado los sesos tratando de imaginar qué terrible hecho había conseguido que la bella mujer acabara de aquella forma, con la mirada perdida, encerrada en sí misma en algún recóndito lugar de su mente y sin comunicarse con nadie.
Años más tarde, con el dinero que había podido ahorrar a pesar de los mal pagados salarios de sus trabajos temporales de verano, y algún dinero más por parte de sus padres —los cuales al principio se sintieron muy reacios a tenerla lejos de la capital y por ende de la casa familiar, pero a los que supo convencer debido a la cercanía de las universidades a las que quería optar—, pudo comprarse aquella desvencijada casita a las afueras de Durango, de dos habitaciones, donde el comedor era también el dormitorio y la cocina. Era lo único que se había podido permitir. Dividiendo su tiempo entre jornadas laborales mal retribuidas y los estudios universitarios, se esforzó muchísimo por recomponer la belleza implícita, aunque según sus conocidos, inexistente, de su propiedad. Por eso había decidido conservarla aún cuando, azuzada de nuevo, esta vez por su madre adoptiva, adquirió un apartamento más amplio y equipado en la ciudad de México, muy cerca de ellos.
Debido a su trabajo, que la obligaba a viajar a menudo y por largos espacios de tiempo, muy pocas veces había podido disfrutar de aquel lugar. Pero ahora sí podía hacerlo, gracias al sorprendente hallazgo en la Sierra Madre Occidental, en el que su grupo estaba poniendo todo el esfuerzo y empeño que podían, pensó con satisfacción.
Dobló cuidadosamente el informe y lo introdujo en la carpeta donde archivaba cada una de las comunicaciones de la clínica. Tomó su agenda y anotó la futura llamada telefónica a la compañía para solicitar unos días para el viaje. En realidad, no eran necesarios demasiados, el trayecto hasta California en avión era corto, pero quería aprovechar el viaje para disfrutar de unas pequeñas vacaciones y ocupar su mente en tareas cotidianas que normalmente le estaban vetadas por el tiempo que requerían, como por ejemplo ir de compras.
Sí, pensó con una sonrisa, un productivo paseo por el bulevar le sentaría bien. Quizá hasta aquel ejercicio conseguiría que su mente se deshiciera por una temporada de aquellas terribles pesadillas. Por lo general, siempre había funcionado.
Tomó de nuevo la taza para dejarla en el fregadero y se encaminó directamente hacia el aseo. Un lavamanos provisto de un pequeño espejo, un inodoro y una ducha componían el reducido espacio al que llamaba cuarto de baño. ¡Cuantas veces se había reído pensando en lo gracioso de aquella idea! Llamar cuarto de baño a aquel cuchitril era pedir demasiado a una simple frase.
Accionó el interruptor de la luz y, automáticamente, su reflejo apareció frente a ella. El rostro de una mujer de largo pelo castaño, labios generosos y ojos marrones, con las señales que ofrece un mal descanso nocturno, le devolvió la mirada. Con la yema del dedo índice recorrió la marca ligeramente coloreada de las ojeras.
Durante toda su vida había padecido crisis a causa de aquellos malditos sueños, pero desde hacía unos meses atrás, se habían convertido en algo asiduo. No había noche que no aparecieran para robarle el descanso que necesitaba.
Frunció el ceño intentando recordar, sin conseguirlo, cuándo habían comenzado. Lo que estaba claro es que habían empezado como rápidas imágenes repetitivas y sin sentido alguno, que conseguían despertarla en mitad de la noche sudando y con la respiración agitada. Imágenes que olvidaba prácticamente después de abrir los ojos, y que la dejaban con más ansiedad por intentar recordarlas que por el sólo hecho de haberlas tenido. A medida que había ido creciendo, aquellos oscuros sueños le habían acompañado en los momentos de más tensión, e incluso había conseguido retener en la memoria algunos fragmentos, a los que no encontraba explicación ni significado, sobre todo cuando su madre sufría alguna de sus recaídas, por lo que jamás pensó en acudir a un especialista y los achacó directamente a su preocupación por ella.
Pero esta vez era distinto, pensó mientras se acercaba un poco más al espejo y pasaba nuevamente la yema del dedo sobre la zona afectada. No podía concretar el porqué de aquella aseveración, pero lo que sí estaba claro era que las nuevas pesadillas que venía padeciendo desde hacía algo más de un mes habían tomado un alarmante cariz.
Esperanzada, suspiró llenando los pulmones del aire de un nuevo día y trató de convencerse de que todo volvería a la normalidad. Su madre ya había mejorado por lo que, como casi siempre ocurría, sus pesadillas desaparecerían. Volvería a disfrutar de un sueño reparador en pocos días. No cabía ninguna duda, resolvió mientras se retiraba del espejo.
Se desprendió del reloj de pulsera que dejó sobre el pequeño lavamanos y procedió a quitarse la ropa para tomar una buena ducha antes de dirigirse al trabajo.
Abrió el grifo, y después de algún que otro ruido de cañerías que hacía pensar que jamás llegaría a salir agua de allí, comenzó a manar agua caliente y abundante. Antes de dejarse llevar por aquel placer matutino, echó un rápido vistazo para comprobar que la toalla estaba en su lugar. Efectivamente, allí estaba. Aunque en su pequeña casa todo estaba cerca jamás le había gustado tener que salir completamente mojada para buscar una. Ese simple hecho le restaba satisfacción al baño.
Justo en el momento en que tocaba con el pie la superficie blanca de la plataforma de ducha, el teléfono comenzó a sonar insistentemente.
—¡Maldita sea! —exclamó con un mohín de disgusto.
Por un momento cruzó por su mente la idea de no correr a cogerlo y dejar que el contestador hiciera su trabajo, pero ¿y si era una llamada importante? Sabía que Aixa y Jacob comenzaban a trabajar muy temprano. Sin pensar nada más, su cuerpo reaccionó al instante, alargó la mano para tomar una toalla y se lanzó a la carrera para levantar el auricular.
—¿Diga?
—Manon, tienes que venir lo antes posible —le dijo Aixa. Por su voz no supo deducir si aquella urgencia era para bien o para mal.
—¿Ha ocurrido algo malo?
—No, no, pero me gustaría que vinieras antes de que lleguen todos para que puedas tener una vista completa. Hemos terminado el despeje de la zona sur.
—Eso es una magnífica noticia —comentó Manon con una sonrisa—. En menos de una hora estaré ahí.
—Estupendo —respondió antes de cortar la comunicación.
«Genial», pensó. Durante las dos semanas que se había ausentado de la excavación —para sondear museos en busca del apropiado para la exposición—, habían conseguido limpiar una buena porción del área de trabajo y por fin obtendrían algunos resultados. La compañía a la que representaba en aquel momento estaría satisfecha, y eso desembocaría en buenos ingresos para todos y magníficas recomendaciones para próximos estudios y trabajos. Muchísimo más animada volvió a dirigir sus pasos hacia el aseo.
Unos minutos más tarde y después del baño, ya se sentía una mujer nueva. No se molestó en secarse el cabello; unas cuantas pasadas con la toalla y luego el cepillo bastó para estar presentable. El precioso sol, que ya brillaba alto, haría el resto. Pensó maquillarse para dar algo de color a su rostro, mientras volvía a mirar su reflejo en el espejo. Se conformó con aplicar algo de corrector sobre las ojeras y un poco de lápiz negro para eliminar visualmente la pequeña cicatriz en forma de media luna que partía su ceja izquierda. Siempre había odiado aquel defecto, pero jamás supo cómo se lo había hecho. Un misterio más que añadir a su extraña existencia, pensó con un encogimiento de hombros.
Tomó del armario un desgastado tejano y una sencilla camiseta blanca y se vistió rápidamente, cubriendo convenientemente el cuerpo del que jamás se había sentido especialmente orgullosa.
Cogió del perchero su bolso con una mano al tiempo que con la otra se hacía con el juego de llaves que tintinearon por un momento. Aseguró las ventanas y salió echando un último vistazo a todo antes de cerrar la puerta.
De nuevo, el sol de la mañana la saludó consiguiendo que parpadeara repetidamente para eludir aquellos brillantes rayos, hasta que llegó a su viejo Jeep y tomó las gafas de sol que siempre dejaba en la guantera. Introdujo las llaves en el contacto y cruzó los dedos mientras giraba la muñeca para que arrancara. Aquel trasto cualquier día le daría una sorpresa dejándola tirada. Aunque bien pensado, tampoco debía extrañarle que el pobre vehículo diera evidentes señales de vejez.
Durante unos segundos que parecieron interminables, el motor sonó agonizante, tratando por todos los medios de ejecutar la orden que aquella pequeña llave metálica demandaba.
—Vamos, amiguito, no me falles ahora —murmuró.
Como si aquel deseo hubiera sido la frase mágica que permitiera a Ali Baba penetrar en la cueva de los ladrones, el motor comenzó a rugir y Manon pisó ligeramente el acelerador para bombear algo de gasolina y evitar que volviera a pararse.
Por fin pudo ponerse en camino y una vez recorridos los primeros metros se olvidó del coche y sus achaques para disfrutar del paisaje como siempre hacía.
A aquella hora de la mañana el sol incidía directamente con sus luminosos rayos en los picos rocosos y prácticamente calizos de las montañas que la rodeaban, consiguiendo arrancar bellos matices al verdor del bosque que despertaba de la quietud de la noche. Dejó que sus oídos se llenaran con el cántico de las aves, que volaban buscando el alimento matutino para sus familias, y el sonido de la vida que comenzaba a desarrollarse a su alrededor.
Completamente distraída, dejó que la parte de su cerebro que trabajaba por inercia se encargara de la conducción, mientras la otra parte, la que no cesaba de procesar, se llenaba con la noticia que Aixa le había dado por teléfono.
El área sur había sido una incógnita desde el principio. Lo único que hasta el momento habían conseguido descubrir habían sido restos de cuerpos desperdigados sin ton ni son. Sus trabajadores habían ido desenterrando los huesos de lo que, en un primer momento, habían pensado que era un cementerio un tanto extraño por la disposición. Debía repasar sus datos, pero recordaba vagamente que al menos tenía registrados unos veinticinco cuerpos, a éstos habría que sumar los encontrados los dos últimos días. Esperaba que, al menos, el haber terminado la limpieza del área arrojara un poco de luz sobre qué secreto exactamente guardaba la tierra.
Completamente sumida en sus pensamientos apenas le dio tiempo a reaccionar cuando, lo que comenzó siendo un bulto oscuro y sin forma, adquirió las proporciones de un animal parado en medio de la carretera.
Dando un brusco volantazo consiguió esquivarlo y, nada más pasar a su lado, pisó a fondo el pedal del freno. Los neumáticos, privados en seco de su normal movimiento rotatorio, emitieron un sonoro y estridente ruido dejando a su paso oscuras marcas en el asfalto. Necesitaba asegurarse de que el animal estaba sano y salvo.
En cuestión de un segundo se deshizo del amarre del cinturón de seguridad y bajó del vehículo de un salto. Unos metros atrás, un lobo de un hermoso tono miel estaba tumbado tranquilamente en la calzada mientras clavaba sus ojos en ella. ¡Dios, un lobo! No podía ser un inofensivo conejito, no, ella tenía que encontrarse precisamente con un lobo.
El animal no dejó ni por un momento que sus ojos se despegaran de ella y, siguiendo sus movimientos, se irguió enfrentándola. Manon paró su avance. Sabía muy poco sobre ellos, pero la razón le advertía que cualquier animal salvaje hubiera salido huyendo si no presentaba heridas y, por lo que podía ver desde aquella distancia, se encontraba perfectamente. ¿Debería avanzar un poco más para asegurarse del todo?
No se dio tiempo para buscar la respuesta. Adelantó un paso más su posición, y esperó a que el lobo hiciera algún movimiento.
Efectivamente, aquel animal no estaba dispuesto a que ella se acercara a él pues, nada más notar que reanudaba su caminar, agachó la cabeza mostrándole el lomo sin dejar de mirarla, como preparándose a saltar. Un profundo y gutural gruñido llegó hasta sus oídos. Los cánticos y sonidos de otros habitantes del bosque, que hasta aquel instante habían inundado el ambiente, parecían haber cesado para ceder protagonismo al enorme animal que la miraba como considerando la posibilidad de devorarla viva.
Durante segundos que se le antojaron horas, siguieron en aquella atípica guerra de voluntades, hasta que el lobo, levantando la parte superior del morro, le mostró amenazador su legendaria mandíbula. Justo en ese momento su corazón necesitó desesperadamente hacer patente que se encontraba allí, en algún lugar dentro de su pecho, y que deseaba emigrar hasta su garganta.
Sin apartar la vista de su contrincante, comenzó a recular tratando de llegar hasta su Jeep.
Dados los primeros pasos, el animal retomó de nuevo su primera posición y se recostó tranquilamente sobre la caliente carretera, pero aún manteniéndola vigilada. Manon tomó aire sonoramente, deseando templar sus nervios con aquel sencillo gesto. Siguió retrocediendo poco a poco y despacio, tanteando con las manos a su espalda, buscando la parte de atrás de su automóvil, y tratando de no realizar movimientos bruscos que pudieran alertarlo.
Por su cerebro pasaron mil y una situaciones en las que no lograba su propósito de salir de allí. En las que el animal reconsideraba su opción de no atacarla y se lanzaba en la búsqueda de su garganta.
Por fin, algo duro y metálico chocó contra sus uñas. Buscó con los dedos el punto de referencia necesario para tratar de dibujar en su mente la situación del Jeep. Poco a poco consiguió llegar a la puerta y abrirla. «Bien —pensó—, ahora necesito un par de segundos para poder subir, segundos en los que lo perderé de vista. Trata de hacerlo lo más rápido posible.»
Fue el giro más rápido y ejecutado con mayor precisión de su vida. En un parpadeo se encontró sentada al volante y con los ojos clavados en el retrovisor. El espejo le devolvió la imagen de la calzada. Lo movió ligeramente, tratando de encontrar al animal sin conseguirlo. ¿Dónde se había metido? De nuevo, su mente y su corazón se aliaron para conjurar cientos de imágenes en las que la sorprendía para acabar con ella. Necesitaba echar un vistazo, verificar que efectivamente el lobo no se encontraba donde lo había dejado. Respiró profundamente, reteniendo el aire en los pulmones y giró el rostro.
Cualquier rastro del animal había desaparecido en el instante que ella había necesitado para subir al Jeep. El lobo no estaba allí.