AGUA PARA LA ILUSIÓN

   ¡Hola!
   Escucha cómo la saluda y, aunque lleva un rato mirándolo con disimulo, intenta aparentar sorpresa al darse cuenta de que no podrá escabullirse entre el gentío, tras haber preferido mantenerse algo alejada de los grupos que charlan animadamente. Alberto camina hacia ella con esa sonrisa que ya se adivinaba atractiva en su adolescencia, pero que ahora, pasados ya unos buenos veinte años, es sencillamente arrebatadora. Trata por todos  los  medios de controlar los nervios que siente revolotear en su estómago. Finge calma componiendo un tímido gesto de bienvenida y aprieta fuerte los dedos alrededor de la copa, mientras se pregunta en qué momento de locura se le ocurrió hacer clic en el «Asistiré» cuando recibió la noticia de evento por Facebook.
   —Hola —responde.
   —¡Cuánto tiempo! —exclama al llegar junto a ella.
   Apenas recordaba ya lo alto que era, e inclina ligeramente la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos: gris muy oscuro, como una tormenta de verano.
   —Sí, mucho. Es difícil reconocer a algunos —comenta.
   —Es cierto. Aunque otros no han perdido las costumbres de entonces —ríe mientras le hace un gesto señalando a Pedro, el que fuera el más gamberro de la clase y que, por lo que podía ver, continuaba comportándose de una forma un tanto traviesa—. Sin embargo, tú estás genial —añade.
    —Bueno, gracias —acierta a decir, sintiendo alarmada que el rubor acude a sus mejillas.
     —Ven. Sentémonos y cuéntame qué ha sido de tu vida.
    Únicamente con un movimiento de la mano de Alberto se ve arrastrada hasta la esquina opuesta, donde hay un par de sillones libres. Tras los cristales, el sol avanza hacia el ocaso y otorga un bello tono dorado a su masculino rostro. La invita a que elija asiento. Decide dejar el vaso sobre la pequeña mesa de cristal y escoge el sillón más pequeño para acomodarse.
    —Bueno, cuéntame, ¿qué ha conseguido la niña más inteligente del curso? —pregunta con otra de esas sonrisas que consigue bloquearla.
    Carla coge el bolso que aún no ha descolgado de su hombro y lo lleva hasta el regazo para tener algo que hacer con las manos sin que se le note demasiado el nerviosismo.
     —Pues…
     —¡Oye, Alberto! —alguien lo llama y ambos atienden—. ¡Ven un momento,  mira quién ha llegado!
     Mira hacia el lugar en concreto y se da cuenta que el «quién» corresponde a «una quién». Claro, no podía ser de otro modo, es imposible que Sara, la más guapa de la clase,  ahora convertida en toda una beldad, falte a la reunión. Todos los chicos la rodean y ella está encantada con esa atención. Comprueba con fastidio que Alberto sonríe y sus ojos incluso brillan.
     —Discúlpame, enseguida vuelvo —dice.
     Se queda allí sentada mirando al grupo, inmóvil, como una de las plantas que decoran las esquinas junto a las ventanas. Se siente transportada a una edad pasada en la que su vida transcurría del mismo modo: sentada en una esquina de la estancia viendo, oculta detrás del lápiz, cómo otros disfrutaban de cada minuto. ¿Qué esperaba? Hay cosas que nunca cambian. Debería estar contenta, al menos ya ha obtenido algo más de lo que esperaba de aquel encuentro. Se encoge de hombros, toma su copa y da un pequeño sorbo. Necesita centrar la atención en otro lugar, no está bien mirar hacia ellos, se siente como una fisgona estúpida. Abre el bolso buscando algo, cualquier cosa que le permita pasar unos minutos entretenida. No encuentra nada, maldice la poca capacidad del bolso y opta por probar en el monedero para  localizar aunque sea un ticket de la compra.
      Siente la presencia de alguien que se agacha a su lado y las puntas de unos cabellos negros se cuelan en su ángulo de visión. Da un respingo y oculta el monedero acercándoselo al pecho, antes de darse cuenta de que es él. Alberto ha vuelto, se yergue y deja un par de copas más sobre la mesa antes de volver a ocupar el asiento. Sin entender bien qué ha ocurrido para que haya dejado a la espectacular Sara, mira hacia el lugar y comprueba que la escena sigue siendo la misma, pero sin él entre los que intentan acaparar su atención.
      —No sé qué tomas, pero me he permitido traerte un San Francisco.
       —¡Oh! Está bien, gracias —dice nerviosa.
      —¿Qué tienes ahí? ¿Son fotos? —pregunta travieso, acercando el rostro hacia ella para intentar entrever algo—. Déjame verlas.
      Carla maldice su suerte. Probablemente él no recuerde sus rasgos de entonces con exactitud y mostrarle las fotografías únicamente servirá para traer alguna mofa a sus  labios. Sin embargo, no encuentra una excusa con el suficiente peso para esconderlas y se la entrega.
      —¡Vaya! —Exclama divertido, y ella se encoge para recibir el dardo—. No estaba equivocado: estás genial.
       —Gracias —acierta a balbucear recogiendo la fotografía de entre sus dedos, evitando tocarlos—. Tú también. Siempre fuiste muy…
      Alberto levanta una ceja esperando oír el final de la frase y Carla vuelve a maldecir los nervios que traicionan su lengua aliándola con sus pensamientos. Enrojece y calla.
      —¿Muy qué? –sonríe.
      —No sé…, ¿guapo? —intenta, acompañando las palabras con una risita idiota que pretende quitar importancia a la metedura de pata.
      Alberto ríe y se acentúa en ella la sensación de estar fuera de lugar. Aquello es una auténtica pérdida de tiempo que únicamente sirve para reafirmar que no está hecha para reuniones sociales. Nunca ha salido bien parada de ellas y ésa no tiene por qué ser diferente. Mira de nuevo a su alrededor: todos siguen charlando y riendo como si nada hubiera pasado. Quizá es mejor que se marche, después de todo aún no ha ocurrido nada de lo que pueda arrepentirse al día siguiente. Está a tiempo de enmendar el error yéndose a casa, regresando a su realidad. Pasados unos días ya no recordará el mal rato pasado y continuará haciendo frente a sus problemas diarios sin tener que añadir uno más. Sujeta el bolso, ya con el monedero dentro, y se pone en pie dispuesta a marcharse.
      Alberto la mira sin comprender.
      —¿Qué ocurre?
      —Mira, esto es un error y… Me voy a casa.
      En su rostro se esfuma toda señal de buen humor y compone un semblante grave que le otorga un atractivo especialmente masculino. Agacha la cabeza y mete las manos en los bolsillos antes de volver a mirarla.
      —Adiós, me ha gustado volver a verte —se despide y encamina los pasos al exterior antes de que él pueda decir alguna cosa que consiga hacerla cambiar de parecer o la deje anclada al suelo con el poder de sus ojos grises.
     La carne es débil y el corazón aún más, piensa. Con toda probabilidad ese pequeño aspecto de la vida es el culpable de que resolviera acudir allí. Llevaba tanto tiempo desoyéndolo que seguramente gritó más de lo habitual para hacerse notar por encima del pensamiento racional. Pero ya tiene suficiente material para continuar otros veinte años volviendo la espalda a los pasados, a la solitaria e incomprendida infancia y adolescencia; para regresar a su aburrida pero práctica vida, oculta en el anonimato que ofrece una ciudad como Barcelona.
     En el exterior todo sigue su curso normal, nada ha cambiado. Los automóviles y las personas caminan de un lado a otro por la Gran Vía, unas solas y otras acompañadas. ¿Y qué más da? ¿Qué le importa? Levanta la mano al ver la luz verde de un taxi y se acerca rápidamente a la acera para abrir la puerta de los asientos traseros.
     —¡Carla, espera! —oye a su espalda—. ¡Carla!
     La insistencia consigue que gire el rostro para ver sorprendida que Alberto corre hacia ella. Los bajos de su americana vuelan tras él como si fuera la capa de un superhéroe salido de una fantasía absurda para salvarla de un peligro inexistente. Cuando llega junto a ella no es capaz de encontrar algo que decir, pero a él no parece importarle lo más mínimo. Le sujeta la puerta para que ella pueda entrar y, alucinada, comprueba que se acomoda a su lado.
     —¿Adónde vamos? —pregunta el taxista elevando la voz por encima de la de Alanis Morissette cantando Head over feet.
     —Ample, número veintiséis —responde él—. No puedo dejar que te vayas sin cenar —explica.
     —Pero…
     —No hay peros.
     —¿Y la fiesta?
     —¿Qué tiene de interesante esa fiesta? Conozco de sobra a todos los asistentes.
     —También me conoces a mí.
     —No del todo. No eras demasiado comunicativa, siempre metida entre tus libros y apuntes. Espero que eso haya cambiado algo con la edad.
     —¿Y qué esperas encontrar?
     —No espero nada. Me dejo llevar.
    El trayecto se le hace eterno, sobre todo porque no encuentra nada más que decir. Alberto se limita a charlar con el taxista sobre las noticias que emite la radio y de esa forma descubre que consiguió terminar sus estudios y realizar la carrera de periodismo. Todo un logro para el que fuera un negado en el colegio, piensa mirándolo reojo. ¿Cuántas sorpresas más esconde?
    Al llegar a destino paga la cuenta y sale del coche, esperando paciente con la puerta abierta a que ella lo siga. «Me dejo llevar», está bien, ella también puede hacerlo, por una vez.
     Dentro del restaurante, las paredes de piedra, la luz indirecta y el acogedor diseño se apoderan de ella, sintiéndose transportada a una de aquellas pequeñas pero lujosas casas rurales de la montaña con madera por todas partes. Los comensales hablan en voz baja y el camarero los acompaña hasta una mesa al final del salón. Servilletas rojas para vajilla negra y una pequeña velita creando un ambiente tranquilo al alcance de la mano.
     Como un perfecto caballero de brillante armadura, Alberto retira la silla y espera a que ella la ocupe antes de dirigirse a la propia. El camarero deja las cartas sobre la mesa y desaparece discretamente.
     —Qué bonito es esto.
     Él no dice nada, deja que siga bebiendo de la belleza del lugar y, con una sonrisa indescifrable, mete la nariz en el menú.
     —¿Tienes hambre?
     —No demasiada.
     —Podemos elegir algunas tapas, si te apetece.
     Ella se encoge de hombros y asiente. El camarero se acerca y Alberto se encarga de pedir tres platos compuestos por cosas como pastel de pato, “chupa—chups” de queso y gambas a la plancha con salsa de menta, además de un vino recomendado por la casa.
     —Bien —dice, cruzando los brazos sobre la mesa y centrando toda su atención en ella, una vez que vuelven a ser dos—, ahora puedes contarme, con todo detalle y sin interrupciones, qué ha sido de ti en estos años.
     —¿Y a qué viene tanto interés? ¿Pretendes usar la información para uno de tus artículos? —responde Carla devolviéndole la sonrisa cuando él frunce el ceño—. Es broma. Estudié gestión de empresas y tengo mi propio negocio.
      —Qué interesante, ¿qué vendes?
      —Amor —él levanta ambas cejas—. Es una web de relaciones y contactos en internet. Como una red social para buscar pareja.
      —¿Y qué opina tu marido o novio de que dediques el tiempo a las relaciones de otros?
     —No tengo pareja.
     —No puedo creerlo —se muestra sorprendido—. ¿Dedicándote a eso te has olvidado de ti misma?
      —No exactamente —sonríe tímidamente—. Tuve mi propia historia, sólo que… no tuvo un final feliz.
      —¿No llevaba agua en el bolsillo? —pregunta, consiguiendo sacarla del malestar producido por los recuerdos.
      —¿Cómo? —Ríe.
      —¿Recuerdas aquellos ejercicios de redacción a los que nos sometía doña Antonia?
      Carla asiente divertida.
      —Los recogía y después los volvía a repartir para que nosotros mismos corrigiéramos a nuestros compañeros —apunta ella.
     —Pues una vez me tocó uno de los tuyos. Contabas la historia de una princesa codiciada por muchos príncipes y, agobiada por el problema, impuso como regla que únicamente aceptaría al hombre que pudiera llevarle agua en el bolsillo.
     Carla sonríe divertida y Alberto ríe con ella.
      —¿Cómo es posible que te acuerdes de eso? ¡Qué vergüenza!
      —No debes tenerla, también recuerdo que, para mi absoluta decepción, no encontré ni una sola falta que corregir en el texto.
      —Quizá las hubiera y no las viste.
      —Puede ser —acepta él—. Durante esa época hubo muchas cosas que me pasaron desapercibidas y, si les hubiera prestado la atención adecuada, quizá mi presente sería muy distinto.
      —¿Cómo cuáles? —pregunta interesada.
      —Tú.
      Baja la mirada para ocultar un nuevo sonrojo pero, antes de que pueda recuperarse, encuentra a Alberto de pie a su lado. Lo mira sin comprender qué se propone y observa cómo se lleva un dedo al rostro, bajo el gris de un ojo, para advertirla de que sigua sus movimientos. La misma mano se introduce en el bolsillo del pantalón y extrae de él un diminuto papel del que le hace entrega. Lo abre con manos temblorosas y lee: «agua».

    Abre los ojos y la imagen es la misma. No ha cambiado en absoluto, aunque calcula que su fantasía debe haber durado unos buenos diez minutos. Toma otro sorbo de la copa y cruza una pierna por delante de la otra mientras continúa apoyada contra la pared comprobando que, por mucho que su imaginación se dispare, la realidad es muy distinta; tanto que sigue siendo molesta. Baja los ojos hasta el suelo. Quizá deba marcharse ya. Total, nadie notará la falta puesto que no han reparado en ella aún.
     —¡Hola!
     El saludo la coloca en alerta y levanta el rostro para ver de quién procede. Alberto, muy parecido al aspecto que tuvo en su imaginación, se encuentra frente a ella.
      —Hola —responde.
      —¡Cuánto tiempo!
      —Sí, mucho. Es difícil reconocer a algunos —repite, completamente sumergida en aquel déjà vu.
      —Es cierto. Sin embargo, tú estás fantástica.
      —Gracias —acierta a decir.
       —Ven. Sentémonos y cuéntame qué ha sido de tu vida.

Jezz Burning.
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